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Tribuna libre

Por la boca… Entre tronadas y troneras

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Hay plumas romas que otrora fueron ilustres y que desde que se les murió la censura franquista, olvidaron todo su ingenio y donosura y cuya obsesión por la Iglesia Católica, pone de relieve su falta de ideas.

En este caso no por la boca si no por la pluma. Es decir, se puede tronar escribiendo desde cualquier tronera que haya por esos mundos y disparar contra algo o contra alguien sin correr el menor peligro.

Según el DRAE, tronerar es abrir troneras y tronera es una abertura en una fortaleza o en el costado de un barco que permite disparar un cañón con toda seguridad. Tronar, que no es tronerar, en su cuarta acepción es hablar escribir y pronunciar discursos violentos contra algo o alguien.

La impunidad de las troneras puede derivarse de la cobardía de quien dispara sin apenas arriesgar o bien de quien dispara y sus disparos no tienen la menor importancia y apenas son tenidos en cuenta. Su propia cualidad disparatada les mantiene al abrigo de cualquier respuesta.

Hay plumas romas que otrora fueron ilustres pero que con el paso del tiempo han perdido su lisura. Son plumas que desde que se les murieron la inquisición y la censura franquista olvidaron todo su ingenio y donosura y cuya obsesión enfermiza por lo católico y los católicos, por el Papa, Cristo y los cristianos, pone de relieve su falta de ideas. Plumas a las que ya no se les ocurre nada y que se asoman a las troneras siempre disparando en la misma dirección.

Plumas, eso sí, que están en los entresijos de la Iglesia Católica, a la que tanto denuestan, y saben de buena tinta que Juan Pablo II fingía creer en Fátima. Son plumas que están perfectamente enteradas de que la Iglesia ya no sabe qué hacer y hasta de la marca de la naftalina que usan en el Vaticano para mantenerse bien conservados.

Son plumas que conocen a la perfección quiénes y por qué asistieron a la JMJ. Eran los pocos cientos de Chueca y los no menos pocos cientos de ‘indignados’. Además, vinieron desde Chueca y desde la Puerta del Sol porque el viaje era gratis y ni una solo se ha convertido.

De aquel millón y medio de jóvenes la pluma escribe con conocimiento de causa y afirma que muy poquitos estaban allí de buena fe. Y, además, suponiendo que Dios exista, mandó el chaparrón para la inmensa mayoría que se aburría y que tampoco estaba de buena fe en Cuatro Vientos.

Está claro que esa pluma tampoco va de buena fe y le sobra el resentimiento de algún mal recuerdo de una posible represión en cualquier cenobio perdido por esos mundos de Dios. Si es que existe.

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