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Tribuna libre

Por la boca…Silencios

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Los silencios dicen mucho. Por ejemplo en la radio se habla de los silencios ‘valorativos’ y con un silencio se pueden decir muchas cosas. Lo que pasa es que los silencios prolongados suelen dar lugar a demasiadas especulaciones y, si esas especulaciones, son en el terreno de la política no suelen ser buenas.

Prácticamente desde que fue nombrado candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy ha sido el hombre de los silencios.  Silencios que no siempre han sido bien comprendidos, incluso por gentes de su partido que le han reprochado el callar.

A nadie se le oculta que si hubiera hablado, esos mismos que le reprochan los silencios, le hubieran criticado la locuacidad, pero ese es el precio que pagan los políticos que están siempre en el escaparate.

Es cierto que Mariano Rajoy se ha empleado a fondo en la oposición y que ha dicho muchas cosas y, muchas de ellas, tan duras como acertadas. Hay asuntos en los que, por lógica se siente más cómodo y ahí se explaya más. Rajoy se siente más cómodo en una sesión parlamentaria que en un corro de periodistas rodeado de micrófonos y, desde luego, como parlamentario y como responsable de hacer oposición, se le pueden poner pocas pegas.

Ahora tiene en las manos una patata caliente, llamada Camps. Es una situación, cuando menos, incómoda y vidriosa y al Partido Socialista le ha faltado tiempo para pedir que Mariano Rajoy diga algo. Ha tenido varias oportunidades pero en ninguna se ha pronunciado sobre lo sucedido en Valencia. Es de suponer que la nueva situación procesal del presidente valenciano es un grano que le ha salido a Rajoy y hasta es muy posible que dude en el tratamiento del grano, pero de ahí a criticarle por un silencio -que además se puede romper en cualquier momento- va un abismo.

En el Partido Popular hay impaciencias, tanto electorales como de actuaciones en la oposición. Si Mariano Rajoy tiene una virtud política es precisamente la paciencia y es virtud que, hasta la fecha, no le ha dado malos resultados.

Pero tiene que medir sus silencios al igual que tiene que aquilatar sus palabras. Lo que nadie puede evitar es la crítica en uno u otro sentido y sobre todo la sospecha que pende siempre sobre el que calla:

Calla por prudencia, porque no tiene nada qué decir o porque no sabe qué decir.

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