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Un caballero español

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Las relaciones entre sexos participan de una fricción tan creativa que de ahí nacen niños pero la corrupción de esa fuerza acaba incluso en muerte.

Abortos, parricidios, crueldad con los ancianos o los niños, profanación de ámbitos sagrados, violencia sexual: los delitos innombrables estarán por siempre en un sentido que nos es oscuro, caso por caso entre la vesania y la maldad. En ética, el rechazo de lo abominable se conoce ahora como ‘el factor puajh’, algo que afecta de modo tan radical a la conciencia del hombre medio que -sentimentalismo aparte- provoca movimientos de disgusto. Entre los delitos tradicionalmente peor considerados está el abandono de los hijos – las madres desnaturalizadas- y el pegar a una mujer. Según los genetistas, hay razones de naturaleza para pensar que los hombres tienen una instintividad de protección hacia las mujeres, paradigma valedero incluso en un tiempo en que abrir la puerta pasa por sexista. El heroísmo de Jesús Neira no le ha traído el porte de victoria del guerrero que gana una batalla sino meses y meses entre la UCI y la UVI, coma profundo, traqueotomía, pérdida de peso radical, radical desvalimiento: nada que no asegure un futuro incierto, nada que pueda compensar una medalla –tan merecida- al mérito civil. Hay indicios para pensar que, en circunstancias de peligro o de catástrofe, sólo algunas personas logran una inhibición racional y un impulso puramente benéfico de altruismo para arriesgar el todo. No se sabe quién es ‘capaz de no alzar la voz / y de jugarse la vida’ hasta que no se da la circunstancia, el incendio espantoso, el accidente de avión, la agresión –como en este caso- en plena calle. Jesús Neira, que es profesor de Derecho y no culturista, fue capaz. ‘Yo soy un caballero español’, dice una mazurka: Jesús Neira fue el caballero que compensó al bandido. Nada puede enturbiar esa pureza de acción del profesor Neira, ni siquiera el hecho de que la agredida haya definido al agresor -al agresor- como ‘una bellísima persona’. El médico Anthony Daniels sabe de los profundos nudos de dependencia de algunas relaciones de naturaleza violenta: eres mi vida y mi muerte, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Esas son zonas en sombra de la humanidad, algo constatable cuando el problema mayor de las agresiones es que todavía se denuncian poco. Apego enfermo, posesividad, celos, desequilibrio mental: eso se llamaba ‘crime passionel’ en el siglo XIX y se llama violencia de género en el XXI, entre las personas a las que –según Vauvenargues- las pasiones no les han enseñado la razón. Stendhal dijo que prefería que su mujer le intentara apuñalar una vez al año antes que recibirle cada tarde con cara de vinagre pero Stendhal nunca se casó. De los héroes como Neira no terminamos de saber si son imitables o sólo admirables. Las relaciones entre sexos participan de una fricción tan creativa que de ahí nacen niños pero la corrupción de esa fuerza acaba incluso en muerte. Connolly decía que, en la guerra de los sexos, las armas de ellos son la irreflexión y las de ellas la venganza. Es otra manera de decir que ellas envenenan y ellos golpean, salvo que se ponga un hombre –un héroe- de por medio. Jesús Neira, desde el hospital, dijo que ‘lo volvería a hacer, una y mil veces’. Nadie se arrepiente de haber sido un valiente.

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