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En la cabeza de Vladimir Putin

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Un filósofo francés de origen ruso, Michel Eltchaninoff, ha publicado una obra con un título llamativo, En la cabeza de Vladimir Putin, con la que ha obtenido en 2015 un premio otorgado por la Revue des deux mondes, una publicación que lleva camino de ser bicentenaria.

Un artículo de...

Antonio Rubio
Antonio Rubio

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¿Podemos recomendar el libro a los analistas, y a los políticos, que quieren introducirse en la psicología del presidente ruso? Solamente hasta cierto punto, pues Putin puede ser previsible en sus discursos, aunque no tanto en sus acciones. No dejaba tener razón el novelista Iván Turgeniev, que solía repetir este proverbio ruso: “El alma ajena son tinieblas”.

Eltchaninoff cuenta en el libro una anécdota significativa: la presidencia rusa remitió a los gobernadores del país un regalo para el año nuevo de 2014, y que consistía en un compendio de las principales obras de los pensadores rusos del siglo XIX. No es precisamente Putin un modelo de “rey filósofo”, al estilo del idealizado por Platón en La República, pero ha ido llenando algunos discursos de sus últimos años de citas de pensadores rusos. Se trata, claro está, de intelectuales eslavófilos, y en absoluto pro-europeos. Entre ellos destacan Nikolai Danilevski (1822-1855) y Konstantin Leontiev (1831-1891), partidarios del paneslavismo y de la defensa de la identidad rusa frente a las intromisiones occidentales. En un discurso de 2012, Putin arremetía contra la globalización uniformadora, con la denuncia de “las tentativas para influir sobre la visión del mundo de pueblos enteros, el esfuerzo para someterlo a su voluntad, su sistema de valores y de conceptos”. Y en la misma dinámica, en una intervención del presidente ante la Asamblea Federal en 2013, recordaba que “en los momentos más críticos de nuestra historia, nuestro pueblo ha vuelto a las raíces, a sus fundamentos religiosos, sus valores religiosos…” Y es que, al igual, que los intelectuales citados, Putin está convencido de que Rusia es mucho más que un Estado: es una civilización cuyos fundamentos son el pueblo ruso, la lengua rusa, la cultura rusa, la Iglesia ortodoxa rusa…A partir de aquí se desarrolla un combate ideológico para salvar a una cultura rusa acosada por Occidente. No son argumentos para política exterior sino para consumo interno del pueblo ruso. El alma rusa, según la entendían ciertos filósofos de hace dos siglos, estaría hoy amenazada.

En tales planteamientos se rinde culto a la Historia (escrita siempre con mayúsculas) y a los líderes políticos que son su reencarnación. Lo del hombre providencial que construye la Historia puede tener cabida hoy en Rusia, y quizás todavía en Ucrania, pero no , desde luego, en los países de Europa Central y Oriental, que en su día pertenecieron al imperio comunista y que forman parte de la UE. Quizás esa diferencia entre vecinos se deba a que estos últimos contemplaron la caída del comunismo como una eclosión de libertad. Sin embargo, muchos rusos no vieron el final de la URSS de la misma manera: fue una derrota, una humillación para un país que durante siglos fue un imperio. En el fondo, nadie tiene nostalgia de las precariedades de la era comunista, pero lamentan la pérdida del imperio. Es bien conocida la cita de un discurso de Putin de hace unos años, en la que tachaba de “pérdida estratégica” el final de la URSS.

Solamente se puede comprender a Rusia desde el hecho de que no es un Estado posmoderno, como los Estados europeos. No renuncia a su Historia, a pesar de sus carencias demográficas y económicas, que pueden representar una amenaza a la larga para su seguridad e integridad territorial. Esto explica que la gran mayoría de los rusos estén satisfechos con la política exterior de Putin, el hombre que ha recuperado Crimea, y que está restaurando el prestigio de Rusia en Oriente Medio gracias a su intervención en Siria.

El libro de Eltchaninoff no nos anticipa las acciones futuras de Vladimir Putin, aunque nos ayuda a acercarnos a su mentalidad. Y también nos lleva a la siguiente conclusión, digna de ser meditada por los políticos occidentales: Después de Putin, Rusia no cambiará sustancialmente. Acaso el nacionalismo ruso sea también un arma de defensa frente al poder económico del gigante chino, al mismo tiempo rival y aliado de Rusia.

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