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Tribuna libre

Si la caja tonta se fijara en El Circo del Sol

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Una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicada el pasado mes de enero confirma la mala opinión que tienen los españoles de la televisión. El 68,9% de los ciudadanos asegura que los actuales canales ofrecen poca o ninguna calidad en su oferta.

Un artículo de...

Javier Fumero
Javier Fumero

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Ahora, un estudio que acaba de difundir Metroscopia ha confirmado que la televisión es el medio en el que menos confían los españoles. Los ciudadanos le otorgan un claro suspenso en credibilidad: 4,4 puntos sobre 10. Sólo un 2,1% considera que la televisión ofrece una programación digna.

¿Qué está sucediendo?

Una vez escuché que la sensación de crisis es propia de los seres humanos. Siempre estamos detectando insatisfacción, ocasión perdidas, alimentando una cierta decepción al comparar lo que nos encontramos en la realidad con un ideal con el medimos todo.

Si tenemos en cuenta que ver la televisión es la actividad a la que más tiempo le dedica el hombre nos ayudará a entender esa crítica constante a la caja tonta. También en España. De ahí que este fenómeno tenga una capacidad tan grande para generar debate. Máxime cuando algunos buscan el negocio (la audiencia) en la generación de la propia polémica.

Los canales son empresas, no hay que olvidarlo. Con un consejo de administración y unos accionistas que exigen beneficios, resultados, dividendos. Más audiencia, más éxito. ¿Con algún límite? Es difícil. Porque precisamente en los programas de Entretenimiento y Ficción el concepto de contenido digno o indigno es más difuso. Cuesta llegar a un consenso.

Mientras tanto, las televisiones compiten por generar más audiencia, atraer a más anunciantes y lograr mejores cuentas de resultados. ¿Hay solución a este dilema?

Buscar televisiones “azules”

Hace una semana, mi cuñado me habló de Chan Kim y Renée Mauborgne. Son los autores de un libro publicado hace siete años sobre un enfoque directivo basado en la “estrategia de los océanos azules” (blue ocean strategy).

La tesis de los autores es la siguiente. Las industrias existentes han marcado rígidas fronteras dentro de las cuales se funciona con pautas prefijadas de antemano. Ellas representan los “océanos rojos”. Se trata de compañías que se mueven en mares teñidos de ese color por la sangre que han vertido en la pugna con sus competidores, en la captación de más usuarios, compradores o clientes.

Cada empresa se afana en lanzar dentelladas a su rival para lograr crecer o, simplemente, sobrevivir. Se busca una mayor eficiencia, reducir costes al precio que sea, aplicar ligeras mejoras, descubrir otros nichos dentro del panorama establecido…

El problema es que se trata de aguas excesivamente pobladas y la supervivencia ahí se hace cada vez más difícil. No hay vuelta de hoja: en este escenario los beneficios tienden a disminuir. La vida se hace insoportable porque la oferta crece y crece sin parar. Por varios motivos. Porque las leyes se vuelven más permisivas con el paso del tiempo, porque el público adquiere una mayor instrucción y compara precios, porque (por culpa de ese estrecho margen de maniobra) los productos son cada vez más parecidos unos a otros…

Por el contrario, los “océanos azules” se caracterizan por configurar un espacio desconocido, sin claras fronteras ni modos de competir predeterminados. La demanda se crea o se intuye pero no está previamente identificada, existen grandes posibilidades de crecimiento y rentabilidad, porque los rivales siguen otras pautas o, simplemente, navegan por otras aguas.

Chan Kim y Mauborgne citan el ‘Cirque du Soleil’ como ejemplo de compañía capaz de encontrar un océano azul en un mar que parecía agotado. Esta empresa de Canadá, fundada en 1984, produce espectáculos circenses que cada año ven cuarenta millones de personas en noventa ciudades del mundo. En veinte años, ha conseguido ingresos que a los líderes del sector –Ringling Bros. y Barnum & Bailey- les costó alcanzar más de un siglo.

El espectacular crecimiento del Circo del Sol se ha producido curiosamente en un momento de declive del circo tradicional en casi todos los mercados: han aparecido otras formas de entretenimiento particularmente atractivas para los niños como los videojuegos, los parques de atracciones, la oferta de las grandes superficies, la generalización de la práctica deportiva…

Sin embargo, esta compañía descubrió que la magia del circo provenía de tres elementos: la carpa, los payasos y los acróbatas. Y decidió invertir en esos aspectos pero de una forma distinta, novedosa. Dejando a un lado los clichés preestablecidos, mejoró la belleza de las instalaciones, de las que desaparecieron los bancos (poco prácticos e incómodos); introdujo una música original y una historia en cada actuación; se apropió de las ideas clásicas de la danza y el teatro. Cambió de orientación, aumentó su atractivo, incrementó su público potencial… Y llegó el éxito sin apenas competencia.

La conclusión es que muchas compañías no encuentran “océanos azules” porque están demasiado ocupadas en sobrevivir en los “océanos rojos”: analizan una y otra vez a los competidores; revisan de arriba abajo sus operaciones con el fin de incrementar su eficiencia en unos milímetros; sacan las tijeras para recortar sus gastos un poco más; en definitiva, intentan que las aguas sangrientas no les enturbien los ojos y les impidan seguir avanzando, aunque sea unos pocos metros.

Pero no es eso. Se trata de cambiar de óptica, de romper con lo establecido.

Quizás este sea también el problema de nuestra televisión y la causa del hartazgo generalizado. Faltan ofertas diferentes. Mirar menos a los competidores y explorar nuevos océanos. Este es el desafío de las cadenas españolas.

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