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Tribuna libre

En la calle

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Hay formaciones políticas que, tras el fiasco de su ilusoria llegada al poder, han vuelto a quedarse en la calle y quieren quedarse con ella.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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La zorra de la fábula cuando se percató de la imposibilidad de comerse las uvas, se dio media vuelta y dijo que no estaban maduras, pero ni machacó las uvas, ni derribó la parra, ni quemó el huerto.

Hay formaciones políticas y líderes de esas formaciones que, cuando vieron el poder a su alcance e incluso soñaron con vicepresidencias y ministerios concretos, se esforzaron por mostrar una imagen moderada que, aunque no respondía a la verdad de lo que había detrás, podía contribuir a afianzar una situación electoral, que sin ser demasiado boyante, si era aceptable para un partido joven.

Se piropeaba al valedor, se le tiraban los tejos y hasta se paseaba desenfadadamente por la Carrera de San Jerónimo del bracete de quién podía ser el ‘tonto útil’ de toda la vida, para aupar a las poltronas a quienes, de buenas a primeras, pasaron de estar en la calle o dependiendo de instancias internacionales no muy recomendables, a ocupar escaños y despachos que, no por apetecidos, estaban demasiado alejados de méritos reales.

Pero las situaciones cambian. La coyunda se hace imposible por impotencia de unos y desamores de otros. Entre Wendy y Campanilla, alejan a Garfio que ve como el tesoro se le escapa de las manos porque Peter se esfuma en viajes de nunca jamás y la maldad vuelve dónde solía. A la maldad solo le queda la calle y alguna que otra aula magna.

Y vuelven las amenazas populistas y todo se convierte en mascarada de caretas y capuchas, de carteles y algaradas ‘escañeras’ y retornan los puños amenazantes y los gestos crispados, por más que se disfracen de derechos humanos.

Hay formaciones políticas que, tras el fiasco de su llegada al poder, han vuelto a quedarse en la calle y quieren quedarse con ella.

La historia de Podemos y de Pablo Iglesias se parece mucho a la fábula de Esopo aunque es de esperar que, en bien de todos, no se cambie demasiado el final y la zorra se conforme con abandonar las uvas que sí están maduras en la democracia española y ni derribe la parra ni queme el huerto.

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