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El chaval

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La Moncloa clama por un inquilino responsable, capaz de gestionar los problemas que asolan a la nación con seriedad.

Ahora los comentaristas deportivos emplean la expresión "el chaval" para referirse a cualquier futbolista menor de 60 años que sea capaz de driblar con acierto a dos rivales en una misma jugada sin tropezarse y romperse los dientes contra el césped. "El chaval es un crack". "Josito, el chaval, ha salido para revolucionar el encuentro". "Jordi, el chaval, tiene mucha calidad pero no acaba de concretarla en este equipo", lo que quiere decir que el chaval no tiene ningún futuro ni en este equipo, ni en ningún otro. Sea como sea, cuando oigan hablar de "el chaval" pueden estar seguros de que el comentarista está a punto de excederse en el elogio.

España, que está en ruinas se mira por donde se mire, necesita savia nueva -viva el tópico- al timón. Frescura. Los españoles necesitan un nuevo capitán. Un presidente joven, limpio, cuyo pasado esté impoluto. O al menos, con un CV que incluya menos de dos detenciones en los últimos tres años, y entre seis y ocho registros domiciliarios en los últimos diez meses. España necesita un tipo a estrenar, fiable, con cara de buena persona.

La Moncloa clama por un inquilino responsable, capaz de gestionar los problemas que asolan a la nación con seriedad. Que inspire confianza a los nuestros, a los mercados, y al mundo entero. Que sea capaz de actuar con valentía, siempre de frente contra el terror, la mentira y la injusticia. Sin trampa ni cartón.

Necesitamos un presidente sin pasado. Que no haya protagonizado guerras sucias, que no haya estado implicado en graves escándalos de estado, y que no se haya dedicado anteriormente a apuñar de madrugada a la oposición durante largas legislaturas. Un presidente, al fin, capaz de mirar al futuro con la conciencia tranquila, con la seguridad de quien se estrena en una nueva faceta profesional, sin ninguna cuenta pendiente con el pasado. Más aún: un completo desconocido, que nunca haya ocupado la primera línea política, y que su principal obsesión sea transmitir ilusión a las nuevas generaciones.

Uno de los grandes problemas de los españoles es la división. Después de casi una década de dura pugna política, plagada de traiciones y golpes bajos, los españoles necesita un presidente integrador, capaz de conseguir que todos los bandos ideológicos se alíen en los principios fundamentales, para sacar adelante al país. Un presidente adorable, querido por todos, como un bebé recién nacido al que todos se acercan sin temor, con ternura, y se disponen a darles besos sin miedo a pincharse con sus barbas, o a perder la billetera en el descuido.

El nuevo líder debe ser hombre de una sola pieza, incapaz de entregarse a la traición por dinero, por poder, o por pequeñas corruptelas. Alguien con la suficiente sensibilidad como para no traicionar a las víctimas del terrorismo, y que jamás sucumba a la tentación de utilizar a los servicios secretos para investigar a sus rivales políticos, o para amordazar a quienes le incomodan ideológicamente.

Un amante de la libertad de expresión, sin filiaciones sospechosas con los medios de comunicación, y sin intereses particulares en empresas que nada tengan que ver con su labor de gobierno. Un líder de verdad, de los de antes, joven y guapo, de personalidad admirable, capaz de despertar ilusiones nuevas en las izquierdas y derechas de esta España envejecida.

España necesita, en resumen, una cara completamente nueva. Alguien con el rostro suave y blanquecino, con el alma serena, con la mirada clara, con el pasado blanco. Alguien que desprenda juventud, honradez, un inmenso amor a la libertad individual, y un profundo respeto a la dignidad del ser humano. Un hombre que jamás haya ostentado cargo alguno en ningún gobierno anterior, y al que no se le pueda achacar hazaña turbia alguna en la historia política reciente de España.

Como sospecharán a estas alturas, sólo existen sobre la tierra dos personajes con este perfil: el Pato Donald y Alfredo Pérez Rubalcaba, el chaval. Y Donald ya me ha confirmado que se queda en Patolandia. Prepárense.

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