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Tribuna libre

El cielo por la celosía- Luz y devoción del beato Angélico

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La Anunciación aún muestra que la aprehensión de la belleza no es materia arcana ni limitada a espíritus selectos: antes al contrario, en los aspectos de las cosas creadas brilla el signo del Creador y por eso cualquier intelecto claro será capaz de la experiencia de belleza

Perduran los trabajos de la devoción. Hoy como ayer, la divina congruencia de dorados y azules del Angélico detiene el tiempo en el tiempo para que el paseante del Prado pueda entrever el cielo como por una celosía. La Anunciación del Beato Angélico aún muestra que la aprehensión de la belleza no es materia arcana ni limitada a espíritus selectos: antes al contrario, en los aspectos de las cosas creadas brilla el signo del Creador y por eso cualquier intelecto claro será capaz de la experiencia de belleza, de ser –como el monje que se quiso llamar Juan- ‘testigo de la luz’. Si la luz divina llena los ámbitos, el color no será la apariencia huidiza de las cosas sino que será uno con la luz, sustancia del espacio. 

En la Anunciación, el atenimiento a lo visible del Angélico recrea el diálogo entre la Virgen y el Arcángel como una coreografía de silencios significativos: en la loggia, la Virgen se inclina reverente ante el ángel genuflexo, en correspondencia gestual de expresión compleja –sorpresa, aceptación, humildad, acatamiento- tras la embajada angélica. María, según la tradición, rezaba con un libro de oraciones sobre el manto inconsútil, de color azul purísima. Estaba escrito: el sí es totalmente inmediato a la sorpresa. “He aquí la sierva del Señor”. El “hágase” de la Virgen, la aceptación de ojos pudorosamente inclinados, será una ostensión de la interioridad que subraya la distancia de hondura de la representación de la Virgen a la representación de una Venus susceptible de encarnar, quizá, el amor erótico, pero ni una vislumbre de su interioridad de afectos. Tampoco será lo mismo “la Virgen de la Humildad” con el Niño que Isis con Horus. Algo tuvieron que ver en esto el alma devota del Angélico y el cristianismo que alimentó su devoción como amor excelso, a la vez total y minucioso, dotado de pureza y de tan prolija estimación en la mirada.

Como sea, el Angélico pinta los movimientos del alma: el rey Mago se agacha para besar los pies del Niño, bajo un cielo nocturno de estrellas; los pretendientes rechazados amenazan con los puños a José; Simeón y el Niño se miran en el templo con la intensidad comunicativa del reconocimiento; Santo Domingo de Guzmán, arrodillado, abrazado al pie de la Cruz, se vuelve con los ojos enrojecidos al rostro del Salvador; las mujeres se asoman incrédulas al sepulcro vacío mientras el ángel indica que no está aquí,“non est hic”, sino que ha resucitado. En el Noli me tangere, María Magdalena extiende los brazos e inclina el cuerpo para abrazar al Resucitado, fija la mirada en el rostro del Señor. La viveza o la ilusión de la viveza, las mociones de la interioridad en la expresión, las palabras que se condensan en mirada: ahí están los dones de Fra Angélico, suma sin igual de narratividad y lirismo.

Hemos hablado del atenimiento a lo visible: en los descendimientos, el Jerusalén que aparece al fondo será la Florencia de su época. No es sólo naïveté. La anécdota tiene su calado: en realidad, el Beato Angélico ve la historia de los hombres como escenario del Gran Relato, de la historia de la salvación, en correlación perfecta con el dinamismo positivo que ve entre lo humano y lo divino. Hombre nuevo, Fra Angélico es miembro de esa Iglesia que considerará que, en ese momento de la historia, el humanismo es su papel. Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre: pregonero del paraíso, Fra Angélico sabe que sólo el paraíso queda extramuros de la historia cuando el mismo Hijo de Dios se abajó a la carne. De ahí la alegría –la beatitud- en la contemplación o el dolor a la vez con emotividad y altura. Los viejos maestros, como quería Auden, supieron mejor del sufrimiento humano que los nuevos.

En el siglo XIX, Lorenzo Gelati retrata a Fra Angelico en el refectorio de Fiesole, ahí mismo recogido en meditación ante una de sus Crucifixiones, el pintor que no tomó un pincel sin antes elevar una oración, el pintor más sujeto al sentido de misión y la obediencia interior que nutren al arte. La prédica pintada de Fra Angelico discurre por un venero más profundo que el compromiso o ‘engagement’: sería risible pensar que el Angélico es cristiano de la misma manera que Sartre es existencialista. Su pintura es una vía teológica o el latido de lo revelado como pregustación de lo sublime. En realidad, el sentido de misión se impone, es superior, a cada artista.

En 2005, la exposición de Fra Angelico en el Metropolitan se llenó de artistas que volvían y volvían: eran lo más audaz y radical, lo más nihilista y transgresor de Manhattan, presos finalmente de esa belleza esmaltada del Angélico de la que guardamos algún recuerdo original o –quizá- retumba en nosotros como una promesa. Fra Angelico está siempre a una distancia sin fin de la banalidad. Tal vez esos artistas constataban que, en la apreciación del Angélico por lo bello, lo bueno y lo puro, está también el mayor de nuestros dones.

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