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Tribuna libre

Sobre que la ciencia nos revela cómo lograr la felicidad. Comprometidos con el egoísmo

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El pasado día 26 de Septiembre leía una noticia que se hacía eco de los cuatro rituales que según la revista “Time” nos deben acompañar para aumentar nuestro grado de felicidad.


Un artículo de...

Santiago Ávila
Santiago Ávila

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La misma partía de un supuesto axiomático: todo el mundo quiere ser feliz. Colegía por ello que la Red estaba inundada de consejos para conseguirla. En su logro  apuntaba como hecho determinante preguntarse: ¿por qué debo estar agradecido? Para continuar, en plano posterior, con una serie de ritos tales como: etiquetar, y por ende, dar nombre específico a los sentimientos negativos; tomar decisiones y, por último,  entregarse al contacto físico a través del abrazo con nuestros seres queridos.

La base científica en la que se apalancan consejos tan bienintencionados se materializaría  con el hecho de que la gratitud y el abrazo (acciones liberadores de sustancias asociadas con estados de placer o de bienestar)  o el alivio  de la excitación sensitiva por un enfoque voluntario de la racionalidad -al centrarnos en el pensamiento racional (etiquetar o tomar decisiones) mitigamos la tensión emocional-, se conseguiría reducir el nivel de preocupación y ansiedad.

La propuesta vendría a ser: manejemos el síntoma  para de esa forma transitar hacia un estado anímico mejor.  Gratitud y abrazo a discreción (aunque sean impostados no importa) en compañía de un acto volitivo de la mente humana (etiquetado y decisión) como herramientas propiciadoras de un estado feliz en la persona.

El logro científico nunca garantiza de su correcta aplicación; con regularidad manifiesta, la prudencia y la reflexión se desvanecen conforme alejándonos del científico nos aproximamos a otros tipos de actores: el periodista, el divulgador científico o el motivador de turno.

Banalizada la felicidad, sustituida en su percepción por estar a gusto y satisfecho (hedonismo), solo nos queda evocarla a nuestro antojo. Tomemos soma[1], nos invitaría divertido   ”Aldous Huxley”.

¿Suprimida la fiebre se resolvió la enfermedad? Y no siendo así ¿Por qué situar nuestra felicidad en el manejo del síntoma? No es mi intención desmerecer la aplicación práctica de lo argumentado en la noticia, pero si tratar de resituarla, para no caer en manos de los prestidigitadores de la palabra, en su auténtica dimensión.

Sthepen Covey en su obra “Los siete hábitos de la gente efectiva” nos dice: No pretendo decir que los elementos de la ética de la personalidad (desarrollo de la personalidad, habilidades para la comunicación, estrategias de influencia y pensamiento positivo) no sean beneficiosos y algunas veces de hecho esenciales para el éxito. Sé que lo son. Pero se trata de rasgos secundarios no primarios…

Cuando trato de usar estrategias de influencia y tácticas para conseguir que los otros hagan lo que yo quiero, que trabajen mejor, que se sientan más motivados, que yo les agrade y se gusten entre ellos, nunca podré tener éxito a largo plazo si mi carácter es fundamentalmente imperfecto, y está marcado por la duplicidad y falta de sintonía…Solamente una bondad básica puede dar vida a la técnica”.

En el fondo subyace la idea de que lo que es adecuado  para nuestras relaciones con los demás también lo es para con nosotros mismos. El tratamiento de los síntomas (rasgos secundarios) no puede resolver el foco del problema (rasgo primario), a lo sumo conseguiremos dotarnos de tiempo expectante de solución.

Si la gratitud y el abrazo evocados no van acompañados de un sentimiento veraz de reconocimiento y amor por los demás seremos presos de nuestra hipocresía; en el fondo, tales muestras de comportamiento,  vendrían condicionadas por un deseo egoísta de “felicidad”. La eficacia de un viaje hacia la nada. La rapidez puesta al servicio de una dirección equivocada.

Resulta cuanto menos paradójico que la mayoría de recetas que presumiblemente persiguen la felicidad se basan en el deseo egoísta del yo quiero ser feliz, iniciándose con ello un camino que en todo caso lo único que logrará es que nos apartemos de ella.

De ahí que si no hacemos de la felicidad el centro de nuestros anhelos, si además nos entregamos generosos a quien tiene, por ser humano, la misma  condición que nosotros, será ella, en todo caso,  quien nos dé alcance.

La felicidad no es el objetivo, sino la consecuencia de la forma en la que elegimos vivir; he ahí lo paradójico de la cuestión.

 



[1] Droga que aparece en la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley y que garantiza un estado de ánimo agradable y constante.


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