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Tribuna libre

Los debates a debate

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Aparece Felipe González con la aureola de estadista ciñéndole las sienes y reta a uno o a trescientos debates a José María Aznar.

Los debates son el recurrente habitual de las campañas electorales. Los equipos y estrategas de los candidatos comienzan a debatir sobre los debates como si en ello les fuera la vida. Son estrategas que se han enterado de que una vez hubo un debate en televisión entre Kennedy y Nixon. Se han enterado también que la victoria, pírrica pero victoria al fin, de Kennedy se debió al debate. Se han enterado, están en todo, de que el fallo de Nixon estuvo en la corbata más bien apagada de colorido; se han enterado también del acierto de la camisa azul de Kennedy y están encantados.

Se retan unos a otros y batallan por hacer el debate en la cadena que creen más favorable y con el moderador que les resulta más afín a sus intereses electorales y se quedan tan satisfechos.

Luego, o no hay debate o los resultados no dependen tanto del debate como los estrategas pensaban. Además hay que añadir las protestas de los pequeños partidos que se quedan fuera del debate. Y eso es todo. Bueno, casi todo, porque a lo anterior hay que añadir, de celebrase el debate, los medios del día siguiente que dicen quién ha ganado y quién ha perdido y hasta hacen encuestas callejeras como si se tratara de una quiniela sólo que a toro pasado.

En esas estamos. Y parece que habrá debate en la Academia de la Televisión entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba y la emisora que lo desee tendrá la señal de manera gratuita.

Hasta ahí todo normal dentro de la vacuidad que supone lo de los debates. Pero he aquí que aparece Felipe González –ahora en cuerpo y alma y por encima del bien y del mal- con la aureola de estadista ciñéndole las sienes y reta a un debate o a trescientos debates a José María Aznar y, cual pelea tabernaria, le reta dónde quiera, cuando quiera y a todos los debates que quiera.

Era lo que nos faltaba. Bien está que se tenga un respeto a los que fueron presidentes del Gobierno. Bien están sus sueldos, vitalicios o no. Bien están sus coches oficiales, sus secretarías y hasta sus gabinetes. Bien están sus fundaciones e incluso se puede aguantar que participen en las respectivas campañas de sus partidos. Pero lo de los debates de los ex, raya en la tortura a nivel nacional.

 

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