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Tribuna libre

La decadencia de las universidades en Europa

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El deterioro universitario se produce bajo el amparo nada menos que de Bolonia, aunque en realidad comenzó en la Sorbona.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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                        El consejo de ministros aprobó el viernes un decreto, que viene a ser la puntilla para el deterioro de las universidades. No se comprenden las prisas: no parece razonable introducir nuevas reformas, cuando no se han graduado aún las primeras promociones de los cambios precedentes. Lo comentaba por la sierra de Madrid el sábado, más o menos a la hora en que Podemos prometía más cambios en España. Desde un improbable poder ‑organizar manifestaciones en la exigua Puerta del Sol muestra nostalgias, no confianza de futuro‑, no tendrá oportunidad de destruir instituciones venerables que no hayan destrozado ya nuestros actuales gobernantes (o ellos mismos, cuando han tenido oportunidades, como en el deprimente campus de Somosaguas de la Complutense).

                        El deterioro universitario se produce bajo el amparo nada menos que de Bolonia, aunque en realidad comenzó en la Sorbona. Si el maestro Irnerio levantara la cabeza... Y no considero razonable que el gobierno justifique sus medidas para no alejarnos de Europa, porque, en este punto, Europa cada vez está más alejada de sí misma...

                        La grandeza de la universidad –tenía razón Álvaro D’Ors‑ está en no ser una “tercera enseñanza”, sino alma mater ligada al conocimiento y al servicio de la ciencia y de la sociedad. Con los grados que muchos rectorados se apresurarán a diseñar ‑para no seguir perdiendo alumnos de grado y aumentar ingresos con los máster‑, desaparecerá el resto de estilo universitario, fagocitado por la mera enseñanza profesional. Y, así, en España la FP tampoco alcanzará globalmente el prestigio de otros países.

                        La enseñanza universitaria ha cambiado mucho en Europa, por razones diversas, y son continuos los artículos que lo lamentan en diarios de nuestro entorno. Las reuniones internacionales que dieron lugar al “plan Bolonia”, poco se inspiraban en los criterios inspiradores de las grandes universidades históricas. Se fue imponiendo la primacía del pragmatismo, frente a valores humanísticos y científicos.

                        No es nada feliz la tendencia a acortar los estudios, con títulos adquiridos tres años después del bachillerato. Aparte de difuminar las fronteras con la formación profesional clásica, ampliará el déficit en el plano de la innovación, tradicionalmente más ligada a la Universidad que a la FP. Y la experiencia muestra que no son halagüeñas las expectativas laborales después del grado corto.

                        Menos mal que la formación gratuita abierta ‑los MOOC, el acrónimo inglés de Massive Online Open Courses‑, no está resultando la panacea que tantos anunciaron hace poco. En parte, porque la oferta de las universidades europeas es muy reducida; en parte, porque se confirma la tendencia de que menos del 10% de los alumnos matriculados en estos programas los terminan. Esa sí que habría sido la auténtica puntilla de la Universidad.

                        En cambio, sí avanza en Europa la globalización: uno de cada tres estudiantes de máster ha realizado estancias formativas fuera de su propio país. Entre éstas, las más importantes proceden de los programas Erasmus. Además, crecen las titulaciones conjuntas, que pueden obtenerse a través de estancias periódicas en los diversos campus. Esa apertura internacional se revela también en que el incremento de cursos impartidos en inglés. Pero, aunque parezca un contrasentido, el esfuerzo de tantos profesores para dominar esa lengua, ha deteriorado los contenidos científicos y académicos de los programas. Algo semejante sucede con la tendencia hacia una mayor interdisciplinaridad, especialmente beneficiosa para la investigación, que acaba condensándose en dobles y apresuradas licenciaturas no sólo en derecho y economía; también en derecho y lenguas, o en artes y letras.

                        A diferencia de las décadas precedentes, más orientadas a la ciencia, las convenciones internacionales de los últimos años sobre enseñanza universitaria se centran en objetivos tecnocráticos: se sintetizan en la “economía del conocimiento” (Lisboa, 2000), y en el plan Europa 2020 que promueve “un crecimiento inteligente, sostenible e integrador”.

                        No es fácil superar este estado de cosas, porque son muy distintas las grandes Universidades, como señalaba desde su experiencia Alfonso Sánchez-Tabernero, en un expresivo artículo en El País, quizá menos leído de lo que merecía por publicarse el 1 de enero: “unas universidades son públicas (Berkeley) y otras privadas (Columbia); unas destacan más por su grado (Princeton) y otras por su posgrado (Caltech); unas son omnicomprensivas (Oxford) y otras especializadas (MIT); unas son grandes (UCLA) y otras pequeñas (Yale)... Es decir, cada universidad sigue su propio camino, de acuerdo con su misión, su historia y sus recursos”. Pero todas coinciden en lo que se debe evitar –muy bien descrito en ese artículo‑, demasiado presente por desgracia hoy en Europa.

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