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Las decisiones de un juez

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Los intereses –más o menos confesables- de unos y de otros, politizan las decisiones de los jueces en vez de sopesarlas en su estricto ámbito jurídico.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Si constantemente las formaciones políticas cuestionan las decisiones judiciales, en el caso de Cataluña- y más ahora con unas elecciones a la vista-  las críticas,  han sobrepasado toda  lógica.

Naturalmente que los jueces están determinados por sus propias ideas, por el ambiente político, por las actitudes de los encausados y hasta por su propio futuro, pero eso siempre ha sido así en hombres de carne y hueso, sujetos al error y atados a sus propias circunstancias. Pero esa determinación previa y esas circunstancias no tienen por qué influir, de manera decisiva, en sus decisiones.

Con todos los determinantes que se quiera, la trayectoria profesional de la inmensa mayoría de los que han sido y son magistrados de los altos tribunales de la nación, merece el calificativo de imparcial.

Además hay casos- el de Cataluña lo es- palmarios en cuanto a la tipificación y calificación de los presuntos delitos.

Ocurre que los intereses -más o menos confesables- de unos y otros, politizan las decisiones de los jueces en vez de sopesarlas en su estricto ámbito jurídico. De la declaración reiterada de que en España hay una absoluta división de poderes, a las afirmaciones machaconas de la existencia de jueces al servicio del Gobierno de turno, hay una distancia enorme y en este caso, resulta evidente la necesidad de un término, sino medio, al menos más justo.

Lo que para unos ha sido un acierto procesal del magistrado Pablo Llanera, retirando la orden que abocaba el caso Puigdemont a la justicia belga, ha sido para otros una evidencia del fracaso y hasta del ridículo de la justicia española.

Ni lo uno ni lo otro. Es muy posible que el Magistrado haya contemplado la ineficacia y las pocas ganas de los tribunales belgas para poner al fugado a disposición de los tribunales en España, pero también es indudable el acierto de hurtar a Puigdemont unas posibilidades que no tienen sus antiguos cómplices y que, además, podrían haber dejado en agua de borrajas  la tipificación de algunos de los delitos que se le atribuyen.

En cualquier caso, que no sonría tanto el prófugo de la justicia porque objetivamente su situación ha empeorado.

Ni siquiera puede volver a su fantástica república, que sigue siendo España, sin que le detengan.

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