Martes 12/12/2017. Actualizado 13:33h

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Los días de hielo

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El frío es una de las mejores cosas que le han pasado al hombre. Embellece nuestras calles y nos hace más humanos.

Es posible que los miles de conductores que cada año se quedan atrapados por la nieve en carreteras heladas no piensen exactamente lo mismo. Pero son la excepción que confirma la regla. El frío nos hace mejores. Estos días de frío son aún más necesarios que el calentón veraniego de julio y agosto, que nos facilita el chapoteo y la tostadora playera. El frío es una sensación prodigiosa que despierta nuestros sentidos, ventila nuestra razón, y que nos hace valorar mucho más cada pequeña fuente de calor. No sucede lo mismo a la inversa. O al menos, no tanto. No encuentro tantas virtudes en las altas temperaturas.

Estos días, en el ocaso de otra Navidad, leo en la prensa que vuelve la nieve y el frío a toda España. Y me alegro. Nuestros pueblos y ciudades se vuelven preciosos cuando la estación del hielo decide golpear con intensidad. No hay ola de calor capaz de igualar la belleza de la nieve acumulada en un tejado, del carámbano grueso y cristalino que cuelga de una fuente, de un jardín helado tan estático como vivo. Pocas cosas más bellas que una noche de nieve intensa en la ciudad. Ese manto de copos heladas tumbándose sobre la acera, los marcos de las ventanas acumulando perlas blancas, y la luces amarillas de las farolas tostando los colores de la estampa invernal. Hasta los edificios más feos se vuelven atractivos bajo una capa de nieve.

El frío también nos vuelve más humanos. Cuando arrecia, cualquier fuente de calor es un punto de encuentro donde compartir con otros lo poco que tenemos. A lo largo de la historia, en torno a hogueras, cobertizos, chimeneas y calefacciones se han fraguado amistades, han nacido amores y se han derretido viejas rencillas. Los días de hielo invitan al abrazo, a la proximidad, e incluso a volver la vista atrás. El frío, que como muchas otras cosas de la naturaleza, no ha cambiado en absoluto, sigue trayendo a nuestra memoria a quienes nos precedieron, que pelearon con otros medios contra las mismas inclemencias del tiempo. Nos pone de nuevo en su lugar.

Las bajas temperaturas nos vuelven también más elegantes. Cuando el termómetro se vuelve negativo, no hay lugar para esas horribles concesiones de los meses veraniegos. Chicos y chicas, jóvenes y mayores, se entregan sin remedio a elegantes abrigos largos y bufandas, a camisas de invierno y poderosos jerseys, a zapatos oscuros y tímidamente brillantes. Pasear por la calle se convierte entonces un espectáculo reconfortante, que invita a confiar en que todavía queda algo de buen gusto por aquí. Que aún sabemos llevar un abrigo largo, portar un paraguas o caminar con zapatos con cordones sin pisarnos uno de ellos y partirnos la crisma contra un bolardo, y sin que parezca que vamos disfrazados de gángsters de los años 20. Quizá no está todo perdido.

Por eso, en estos días tan fríos, brota de las calles una lucecita de esperanza estética, como si aún quedara algo del verdadero sentido de la palabra elegancia, tal y como la entendían los nuestros tiempo atrás. Cuando el porte exterior formaba parte del lenguaje de las relaciones sociales y servía para proyectar algo a los demás, para mostrarles un cierto respeto a todos, incluso a nuestros enemigos. Cuando a nadie se le ocurría presentarse en chanclas a una entrevista de trabajo, entrar en un museo en bikini, o acudir a un funeral con pantalones gigantes caídos hasta el infinito, tras los que asoman alegres calzones fosforitos.

El frío no aconseja despedidas ni peleas. No invita a la soledad. No facilita la ordinariez. El frío embellece nuestras calles y las fotografías de nuestras navidades, años tras año. Es cierto que de vez en cuando nos tiende alguna trampa, pero el juego de la naturaleza siempre es así. Se pierde o se gana porque se arriesga. Y se arriesga porque no nos queda otra mientras estemos aquí. Al fin y al cabo, el frío es un caballero que nos contagia su porte, su elegancia y su belleza. Por eso el invierno no es sólo una estación desapacible. Es también una lección de estilo, algo así como un poema. Y cada invierno de nuestra vida, otra postal helada de lo que somos. De lo que estamos siendo. 

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