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Tribuna libre

La difícil lucha contra la pobreza en los países más desarrollados

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Me voy a referir sobre todo al debate francés de estos días, que está horadando la popularidad del presidente Emmanuel Macron.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Pero refleja la realidad de la pervivencia, a pesar de tantos avances, de notorias franjas de pobreza en los países europeos.

Las discusiones del país vecino arrancan del planteamiento un tanto liberal del presidente ante peticiones de mayor gasto social. Cuestiona que ese incremento de prestaciones, más o menos asistenciales, contribuya verdaderamente a erradicar la pobreza. A su juicio, ésta disminuirá efectivamente en la medida en que se avance en temas de fondo, como la educación, la sanidad y el trabajo.

Emmanuel Macron se declara “orgulloso” del sistema francés de protección social, pero plantea una “revolución profunda”, una “revisión radical”. A pesar del dinero destinado a lograr mínimos sociales –a título de ejemplo, 25,4 miles de millones de euros en 2015-, mucha gente sigue siendo pobre. El Estado del bienestar en el siglo XXI habría de caracterizarse por la dignidad y la emancipación, y basarse en tres principios: la prevención, “que ataca las desigualdades antes de que sea demasiado tarde”; la universalidad, “que concede a todos los mismos derechos”; y el trabajo, como “clave de la emancipación”. “La solución”, subraya, “no es gastar cada vez más dinero”.

Muchas veces se ha hablado en los últimos tiempos de la necesidad del trabajo como salida de la pobreza: la llamada “activación de los pobres”. Gran Bretaña lo ensayó en 1997 con el New Deal de Tony Blair; Alemania, con la reforma de Hartz bajo Gerhard Schröder en 2004; la propia Comisión de Bruselas lanzó el plan 2020 en 2010. Pero la pobreza persiste e, incluso, aumenta: Eurostat estimaba en 2016 una tasa en el Reino Unido y en Alemania del 16,5% de la población.

Ese año, el número de beneficiarios de prestaciones sociales mínimas en Francia registró su primera disminución desde la crisis. Según una nota oficial, se redujo un 1,8%, hasta los 4,07 millones de personas. Se debe principalmente al número de beneficiarios de RSA (renta de solidaridad activa, a partir de 2009), que disminuyó un 4,3% en 2016 y un 0,5 en 2017. Se explica principalmente por la mejora del empleo en 2016, como consecuencia de la caída de la tasa de paro y del dinamismo en la creación de nuevos puestos de trabajo, señalan los autores de la nota.

Hace unos días, el sociólogo Julien Damon explicaba que el porcentaje de la población francesa que vive por debajo del umbral de la pobreza se mantiene estable -alrededor del 14% durante más de un cuarto de siglo-, aunque han cambiado sus rasgos demográficos: los pobres son más jóvenes, más urbanos –con zonas en que las tasas son hasta tres veces superiores a las del conjunto de la población-, reflejan el incremento de la monoparentalidad, y tienden a internacionalizarse.

De momento, el plan de lucha contra la pobreza se retrasa hasta septiembre, como algunas otras ambiciosas reformas de Macron. Tiene abiertos demasiados frentes, y dedica últimamente cada vez más tiempo a la política internacional. Aunque sea anecdótico, prometió acudir a Rusia si los Bleus llegaban a las semifinales del Mundial..., también para sondear a Vladimir Putin en tantas cuestiones decisivas. En el caso de las políticas sociales, influyen negativamente las actuales tensiones entre competencias del Estado y territoriales, muy amplias en este campo.

Macron tiene suficientes recursos dialécticos para presentar el lunes 9 al parlamento reunido en Congreso –diputados y senadores juntos en Versalles- su enfoque para sustituir la lógica de compasión por la de emancipación. Así lo espera, por ejemplo, la presidente de la Comisión de Asuntos Sociales de la Asamblea Nacional, Brigitte Bourguignon, del partido del gobierno, que rechaza la imagen de Macron como “presidente de los ricos”.

Un buen grupo de diputados de ese partido (LRM: la República en marcha) le apoya y habla con claridad de plantear al presidente un cambio de rumbo, que ponga mayor énfasis en objetivos de política social y de lucha contra la exclusión y la pobreza. Quieren salir al paso de la decepción del 75% de los franceses, que en una encuesta reciente consideran que la política de Macron es “injusta y que las cargas no se distribuyen equitativamente según las capacidades de cada uno”. El riesgo político es evidente: perder apoyo de los votantes provenientes de la izquierda.

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