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Un duro golpe para las esperanzas democráticas de Túnez

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Tras el terrible atentado de Túnez el pasado día 17, el Gobierno español hizo público un comunicado de condena: aparte de confirmar y lamentar la muerte de ciudadanos de España, reiteró su apoyo al “ejemplar proceso de la transición a la democracia protagonizado por el pueblo y las autoridades”.



Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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En estos duros momentos para el país norteafricano, se impone recordar la alegría y solidaridad con que el mundo vivió las elecciones del año pasado. Tras derrocar al dictador y celebrar las constituyentes de 2011, comenzó a consolidarse la que dio en llamarse primavera árabe, y que prácticamente sólo ha cuajado en Túnez. Fueron libres los comicios generales de octubre de 2014, así como la primera elección presidencial democrática del país en diciembre. Resulta evidente que ese modelo es incompatible para fundamentalistas y violentos islamistas de diverso signo: basta pensar en el más reciente y brutal atentado del Yemen, aunque las circunstancias de este país sean muy distintas.

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, triunfó al fin Beji Caid Essebsi, líder de una coalición contraria al islamismo político (Nidaa Tounes). Ganó por un margen estrecho, a un musulmán moderado, Moncef Marzouki, que condujo sabiamente la etapa de transición. Lo resumió en su día el ministro de exteriores francés, Laurent Fabius: "Túnez confirma su personalidad histórica. En el mundo árabe, no es un conglomerado de pozos de petróleo ni una reserva de gas natural. No es una potencia militar que busque algún tipo de dominio regional, ni una nación obsesionada con ningún mesianismo religioso. El caso es único. Túnez brilla por otro motivo: una aptitud especial para el compromiso político”. En este sentido, el líder saliente, del partido Ennahda (más bien nacionalista y pro-islámico, triunfador en las generales de 2011), ha dejado el poder con una actitud democrática que le honra, quizá muestra también de esa mayor tolerancia tunecina.

Los atentados podrían desestabilizar un país con muchos problemas pendientes, de modo particular en la lucha por el desarrollo económico y el empleo juvenil, la revisión de las políticas de subsidios sociales o, en fin, la erradicación de viejas corrupciones. En concreto, la decisión de algunas navieras de no hacer escala en Túnez en sus cruceros mediterráneos, puede ser el primer paso de la reducción de una de las principales fuentes económicas del país: el turismo.

Era uno de los objetivos del presidente Beji Caid Essebsi: lograr una estabilidad que permitiera impulsar esas visitas de extranjeros. El sector turístico supone más del 8% del PIB y aporta a la sociedad unos 400 000 puestos de trabajo. El retorno de la inversión extranjera directa es crucial. La caída en el índice Tunidex de la Bolsa de Túnez es otro mal presagio para la difícil situación económica tunecina. Los occidentales habrán de optar, para intentar superar lógicas cautelas en aras de una mayor solidaridad.

Por su parte, los gobiernos de Europa y de Estados Unidos no deberían aflojar en la cooperación para apoyar financieramente el desarrollo y la seguridad. En la sociedad tunecina, dentro del miedo y la cólera que acompaña a este tipo de atentados, prevalece el deseo de continuar en la línea democrática emprendida hace cuatro años. Hasta ahora, han logrado superar las consecuencias reales de las amenazas que provienen de sus fronteras con Argelia y Libia.

Como suele suceder en estos casos, tras el desconcierto inicial de ciudadanos acostumbrados ya a la normalidad, surgen las preguntas sobre las omisiones reales en la prevención del terrorismo. Se acentúa la facilidad con que los terroristas pudieron actuar en edificios de entidad, junto al Parlamento, carentes de la adecuada protección. El propio primer ministro ha reconocido los fallos, y promete depurar responsabilidades. Por su parte, el presidente Beji Caid Essebsi ha declarado formalmente la guerra del Estado contra el terrorismo.

A la vez, resulta inevitable que la magnitud del atentado reavive las tensiones políticas, con el recuerdo de posibles negligencias de gobiernos anteriores. De hecho, algunos acusan de algún modo a Ennahda de falta de firmeza con los grupos islamistas más radicales. Sin duda, las fuerzas políticas deben forjar una nueva estrategia antiterrorista. No es casual que el ataque se haya producido cuando diputados estaban reunidos para trabajar sobre un proyecto de ley en ese campo.

Pero, ante este grave acontecimiento, con repercusión en todo el mundo, los líderes apuestan por la unidad nacional. Tratan de fortalecer el actual equilibrio político, manifestado entre otros aspectos por la participación de Ennahda en el gobierno dirigido por Nidaa Tounes. Será garantía de estabilidad y de recuperación económica y social. Con la ayuda internacional, ya prometida por Obama en el plano económico y por Francia en el plano organizativo, con la presencia en Túnez del ministro del interior, Bernard Cazeneuve. Túnez merece esa cooperación, porque, como titulaba Le Monde su editorial del día 20, es “el país que inquieta a los yihadistas”.

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