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Ante las elecciones en Rusia, nuevas amenazas para la paz mundial

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En cierto modo se repite la historia, aunque en realidad Vladimir Putin no necesita dar más sustos a occidente para asegurar su reelección como presidente.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Será posible gracias a la triquiñuela jurídico-constitucional que aplicó a través de la alternancia con el primer ministro Dmitry Medvedev, para sortear la no elegibilidad tras dos mandatos. Está en la cúspide del poder desde el cambio de milenio, y no ha dejado de poner los medios para apartar a cuantos pudieran discutirle la supremacía política. Una ley ad hominem, aprobada en 2012, impedirá que se presente a las elecciones Alexeï Navalny, el único líder de la oposición que podría hacerle sombra. Y nadie se acuerda ya de Mijaíl Jodorkovski, gran oligarca del petróleo, y luego el más famoso prisionero político hasta su indulto por Putin en 2013. No se sabe ya si Xi Jinping es el Putin emperador de China, o éste, el nuevo zar de todos los rusos, lejos del comunismo, pero sin abandonar mentiras ni renunciar al primer plano de la política internacional.

No es necesario repetir que Putin ha jugado la carta de la identidad nacional rusa para afirmarse en el poder. Incluye, sin entrar en juicios de conciencia, su firme apoyo a la Iglesia ortodoxa rusa, que seguiría representando el alma rusa, a pesar de tantos años de militancia antiteísta del Kremlin. En la práctica, la ley sobre libertad religiosa recuerda demasiado la primera que se promulgó en España después del Concilio Vaticano II: juegos de palabras que ocultaban la realidad de seguir manteniendo en la sociedad criterios de arcaica tolerancia, no de auténtica libertad religiosa. Así lo han confirmado sentencias del Tribunal Supremo ruso en esta materia, por ejemplo, la ilegalización de los Testigos de Jehová.

A pesar de su importancia, la ausencia de libertad de religión o las limitaciones en materia de derecho de la información, no parecen inquietar mucho al pueblo ruso. Como tampoco la denuncia de la flagrante corrupción del Estado en materia de dopaje deportivo, que ha obligados a las instancias internacionales del deporte a adoptar severas medidas contra Rusia. Es otro aspecto de la exaltación de lo nacional, tan empleada en día por el sistema soviético. Tampoco hacen mella al poder las serias dificultades demográficas y económicas, que el gobierno de Putin no consigue enderezar.

Ciertamente, en las elecciones parlamentarias del 2016 Putin se aseguró una cómoda mayoría: 76% de escaños de Rusia Unida en la Duma, la cámara baja. Paradójicamente, el segundo partido fue el comunista, con el 13,5% de los votos y poco más del 9% de escaños. Pero la gran victoria fue para la apatía y la desesperanza de los ciudadanos: el 52% se abstuvo, con datos de participación mínima en las grandes ciudades, como Moscú y san Petersburgo, por debajo del 20%. Los datos que llegan de Rusia confirman esa tendencia, de la que seguirá beneficiándose la democratura putiniana, que se renovará el próximo 18 de marzo, sin necesidad –imagino- de segunda vuelta.

Pero nadie esperaba que el presidente ruso, en su discurso anual sobre el estado de la nación, anunciase un plan de rearme que choca con la evolución mundial hacia equilibrios bastante consolidados entre las grandes potencias. Algunos expertos dudan de que Rusia disponga –o pueda disponer a corto plazo- de los misiles anunciados por Putin, capaces de esquivar los actuales sistemas defensivos o con mayor capacidad de destrucción nuclear. Resulta inevitable evocar los tiempos de la guerra fría, antes de Reagan... A la recuperación armamentística se unirían las injerencias informáticas para influir en los procesos electores de occidente.

No se ve, sin embargo, cómo financiar la defensa, a falta de un efectivo crecimiento económico. Occidente confía más en la ineficacia de las estructuras rusas que en las promesas de no agresión por parte de Vladimir Putin, que sólo querría reforzar la potencia defensiva de su nación: “la creciente capacidad militar de Rusia no amenaza a nadie, nunca hemos planeado usar este potencial con fines ofensivos o agresivos. No pensamos atacar a nadie”.

Ese nacionalismo –admirado por diversos populistas europeos- tendrá consecuencias negativas para la comunidad internacional, como se advierte ya en el conflicto de Siria. A Moscú no le interesa tanto la solución de una contienda demasiado larga, como recuperar la posición dominante en Oriente Medio, perdida tras la demolición de la URSS. Su victoria el próximo 18 de marzo -al margen de su efectiva popularidad-, constituirá un mal para su pueblo, y una amenaza para la paz mundial.

Además, muchos temen que trate de mantenerse en el poder en 2024: podría incoar una reforma de la Constitución para gobernar indefinidamente, sin necesidad de acudir de nuevo al intermedio de ser primer ministro con otro presidente. Quizá se contente con repetir esta solución: la ley fundamental prohíbe un tercer mandato consecutivo, pero no establece el número total que puede desempeñar una persona a lo largo de su vida.

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