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Tribuna libre

La emoción de un nuevo curso

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Día de mochilas, carpetas y libros nuevos; sonrisas, bostezos y alguna lagrimilla. Inicio de curso que pide enseñar el sosiego y el saber esperar.

Inicio de curso, con su reluciente trajín de llevar y traer criaturas, bullicio que anima la convivencia ciudadana y las relaciones sociales. Trenes, buses, caminatas, bicis y algún taxi. Puntos de encuentro de crecer juntos, de compartir ya un futuro en ciernes, de regarlo. Historias una y mil veces contadas, aventuras que se afirman al saberse comprendidos. Anécdotas, cómo es tal profesor de tal materia, esa nueva alumna que necesita algo de ayuda…

Nuevos horarios, tal vez nuevos amigos, entrañables colegas que intentan mimar el clima escolar; todos ellos nutrirán los recuerdos, infantiles y juveniles, de casi 8 millones de estudiantes de enseñanzas no universitarias. Y, por qué no decirlo, llenarán de afanes e ilusiones a más de 600 mil profesores que los van a atender.

Pero, no olvidemos que desde cualquier ocupación que tengamos en nuestra sociedad, todos educamos. ¡A ver si podemos de verdad ser un acicate motivador de relaciones sociales que impliquen a todos!

Apuntemos a un ideal de cooperación, base del verdadero desarrollo, personal y comunitario. Es en las escuelas y desde las escuelas, donde, con honradez intelectual, también se ha de impulsar un diálogo eficaz y fecundo. Ese que muestra soluciones reales y orientaciones claras ante los diversos conflictos, interrogantes y desafíos de este siglo XXI.

No olvidemos tampoco un objetivo crucial: la familia ha de ser defendida y promovida, no sólo por el Estado sino por toda la sociedad. Precisamos ponerla más en valor pues es a partir de la familia como se puede dar una respuesta integral a los retos del presente y a los riesgos del porvenir.

Y cabe recordar que es la familia la principal educadora, ha de ser referencia atractiva, eficaz y básica para el desarrollo social. Es la primera escuela de buena convivencia, donde encontramos ocasiones para ayudar y dejarnos ayudar. Que de verdad cada miembro de la familia sea querido por sí mismo, no por sus perfecciones, edad o capacidades. Así, todos mostrarán la alegría de ser comprendidos y crecen en las virtudes y valores que les sustentarán a lo largo de la vida. Ese es uno de los mayores soportes que precisan los profesores y profesoras de nuestros hijos.

Por otra parte, todo el mundo sabe que la tarea educativa no se reduce al conocimiento, sino que se trata de una preparación ética y cultural que nos capacita a todos para lanzar las propias propuestas de regeneración social y mejora de cada persona, sea quien sea, próxima o ajena. Y este reto resulta fascinante y asequible. Pues, ¡a por ello!

Un medio estupendo será el ejemplo mutuo, el buen humor, el ejercicio de una cultura cívica que nos aleje, tanto de los estatalismos agobiantes como de los órdenes económicos individualistas.

Es claro que toda buena educación humaniza y libera al hombre, llenándolo de amor: será una combinación artesana de confiar y exigir. Por eso, la única pedagogía que me parece eficaz, es la de la verdad y la claridad, acompañadas de una gran preocupación por las situaciones personales, llegando al corazón de quien dependa de nosotros. ¡Que en eso estemos todos!

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