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Las enfermedades de la democracia

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Posiblemente Puigdemont tenga razón y la democracia española esté enferma. Una democracia que permite esperpentos como el del separatismo catalán, al menos, está pachucha.



Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Asistimos estos días a un acto más del proceso que, algunos catalanes, están llevando a cabo para separarse de España. Las comparecencias de Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau ante los tribunales, harían las delicias de don Jacinto Benavente y de los seguidores del teatro de uno de nuestros premios Nóbel. Los ‘Intereses creados’ y aquello de ‘el tinglado de la antigua farsa’, vienen al pelo para calificar lo que está ocurriendo estos días en Barcelona. Todos son intereses creados –o por crear- y todo es una farsa y además muy antigua.

Desde la media sonrisa de Mas, hasta los saludos -mano en el corazón- de las consejeras ante los manifestantes que acompañaron la comitiva a los tribunales, pasando por la chulería de Homs frente al fiscal, todo suena a mentira, a hueco y a nada de nada.

Faltaba por terciar el presidente catalán y Puigdemont no se ha hecho esperar. Se ha levantado de su escaño en el parlamento para afirmar que la democracia española está enferma por llevar al banquillo a quienes ‘pusieron las urnas’.

Pues no tiene razón Carles Puigdemont. Las urnas son una consecuencia de la democracia, pero no son la democracia y la democracia no es solamente ‘poner las urnas’. La democracia es algo más que votar. Mas, Rigau y Ortega no están siendo juzgados por poner las urnas, están siendo juzgados porque, el poner las urnas –sin ciertas premisas- es algo que la ley no contempla y que el Tribunal Constitucional prohibió expresamente.

En algo sí lleva razón Puigdemont. Una democracia que permite los acontecimientos del llamado proceso y que alguien pretenda separar a Cataluña de España de forma ilegal y desde un cargo en el que representa a España en Cataluña, del que cobra y del que recibe toda clase de prebendas; una democracia que tolera que se confunda -de mala fe- la opinión, muy respetable de una parte de los catalanes, con Cataluña; una democracia que admita que la cooficialidad de idiomas sea en realidad una persecución al español; una democracia que consienta que se tergiversen la historia de España y la historia de Cataluña… esa democracia, si no está enferma, por lo menos está algo pachucha.

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