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Ahora que el español está en entredicho en algunas regiones, sería bueno que sus supuestos defensores se pararan a pensar qué está pasando con un idioma colonizado por palabras y denominaciones extranjeras.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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El español es, sin duda, de los idiomas universales, el peor tratado incluso dentro de su ámbito natural. Salvo en Hispanoamérica -con todas las excepciones que se quiera- los ataques a nuestro idioma no solamente vienen de comunidades que tienen otras lenguas cooficiales, sino también de su propio entorno habitual.

Ahora que el español está entredicho en algunas regiones, sería bueno que, sus supuestos defensores se pararan a pensar qué está pasando con un idioma colonizado por palabras y expresiones extranjeras.

La Academia, que está contribuyendo a esa colonización, no solamente no limpia, no fija y no da esplendor, sino que en aras de un mal entendido afán por ‘recoger el lenguaje de la calle’ -como si Quevedo, Lope, Galdós o Cela, no hubieran escrito lo que habla el común- se lava las manos con demasiada frecuencia.

Además del desdichado lenguaje inclusivo de las supuestas defensoras de los derechos de las mujeres y los ataques frontales en Valencia, Baleares o Cataluña, los españoles nos hacemos selfis, metemos el coche en el parquin, tomamos un cofi a media mañana, vamos de sopin, tenemos un coas, nos comunicamos por guasap o por feisbu o por tuiter, lo fasion nos encanta, descansamos el guikend, los días festivos tomamos un brans, en nuestros viajes hacemos el chekin y hasta los curas llevan clerisman, y ahora que la tapa va ser algo importante en el mundo, nosotros chateamos, o sea, nos vamos de vinos.

Y en eso ciframos nuestro progreso, nos consideramos modernos y hasta nos ufanamos de pronunciar perfectamente en inglis, aunque escribamos con faltas de ortografía en nuestro propio idioma. Y lo mejor de todo es que, en general, nuestro inglés es deplorable y lo de la escuela bilingüe es poco más que un reclamo publicitario.

Pero no hay problema… Como no podía ser de otra manera, más pronto que tarde, nuestros gobernantes implementarán, negro sobre blanco, iniciativas, consensuadas o no, que pondrán en valor nuestro idioma.

Pero, ¿de qué nos quejamos?

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