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Tribuna libre

Del entusiasmo a la decepción ante la Unión Europea

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El reciente referéndum en Holanda sobre el acuerdo de la Unión Europea con Ucrania no tendrá consecuencias jurídicas.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Primero, porque era sólo consultivo; sobre todo, porque no ha alcanzado el quorum necesario para ser válido. Pero el 61% contrario a la decisión de Bruselas –en uno de los países fundadores del proyecto europeo- recuerda aquella otra consulta negativa de Francia en 2005 respecto del tratado constitucional luego vigente. Y hace temer lo peor, a tres meses del escrutinio sobre el “brexit”, cuando los papeles de Panamá parecen reducir la popularidad de Cameron, tan partidario de la permanencia del Reino Unido en la comunidad europea, gracias también a las concesiones conseguidas para la autonomía británica.

Se ha olvidado demasiado pronto el justo galardón del Premio Nobel de la Paz en 2012. No corren ahora buenos tiempos para la UE, justamente cuando crisis internas y externas –como la económica, la de los refugiados o la participación en conflictos que puede atizar el terrorismo- exigirían políticas comunes atractivas y esperanzadoras. Pero falta un liderazgo efectivo, como el de los padres fundadores de Europa. En buena parte, Angela Merkel tiró del carro con fuerza, pero ahora vuelve a ser estrella vacilante.

Como he señalado en otras ocasiones, las tendencias populistas en países comunitarios –los resultados de Holanda muestran la influencia del partido antieuropeo de Geert Wilders-, suponen un paso atrás: el buen funcionamiento y el futuro de la UE exige una apuesta decidida a favor de la reducción de la soberanía de los Estados. No necesariamente se ha de llegar a unos Estados Unidos de configuración federal, pero un conjunto de casi treinta países no funcionará mientras siga habiendo asuntos necesitados de unanimidad para ciertas decisiones.

Por fortuna, señalaba en Aceprensa, 16-3-2016, Enrique Banús, presidente de la European Community Studies Association, existen instituciones propias –así el Tribunal de Justicia, con sede en Luxemburgo- que “deciden sobre la base de lo que han negociado los Estados pero que no dependen totalmente de ellos”. Refleja la profunda convicción de uno de los padres fundadores de Europa, Jean Monnet: “Nada es posible sin los hombres, nada es duradero sin instituciones. "

En cambio, el profesor Banús lamenta, además del déficit de liderazgo político, la falta de convicciones europeístas, por la tendencia a acostumbrarse fácilmente a las ventajas y ser demasiado sensible a los inconvenientes: “Aquí es donde entra en escena la mala comunicación. Bruselas insiste en la necesidad de (…) medidas económicas, pero no las presenta dentro de un proyecto más amplio, que como todo proyecto tiene aspectos positivos y negativos. Los líderes políticos no saben comunicar las ventajas del conjunto. Y los medios de comunicación tampoco ayudan: están más preocupados por encontrar piedras en el zapato que por hablar del zapato”.

Para el común de los ciudadanos, las instituciones europeas aparecen como algo lejano, frío, burocrático. Dudo mucho de que la solución vaya en la línea del editorial de Le Mondedel 9 de abril: una reforma que involucre directamente a los parlamentos nacionales en las grandes decisiones comunitarias. A mi juicio, lejos de frenar las tendencias populistas, podría fortalecerlas.

Más bien habría que revitalizar los valores éticos y políticos presentes en el nacimiento de la Unión. Se trataría de evitar el riesgo señalado por Pascal Lamy, director general de la organización mundial del comercio hasta 2013: “los valores europeos se disuelven en el gran mundo de mañana, perdemos nuestra identidad, que nos distingue de los rusos, estadounidenses o chinos. Cada civilización es una agregación de preferencias colectivas, de herencias. Se trata de una cuestión decisiva en el mundo del mañana, que será un mundo de elefantes, de grandes potencias, que deberán dar respuesta a preguntas esenciales sobre la salud, la tecnología, la ética”.

Además, sería preciso diseñar proyectos que tiendan a que la Eurocámara sea un auténtico parlamento democrático, y en Bruselas se puedan tomar decisiones colectivas, sin necesidad de tanta reunión, poco eficaz, de jefes de Estados y primeros ministros. En el fondo, más cesiones de soberanías nacionales, en favor de la efectiva unidad europea.

Al menos, la UE cumple uno de los sueños de Robert Schuman en 1950, cuando se ponía en marcha la aventura europea con la comunidad del carbón y el acero (CECA): cualquier conflicto armado resultaría “no sólo impensable, sino materialmente imposible". 


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