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Tribuna libre

Otro estilo con igual propósito: trienio de Raúl Castro

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Los cubanos echamos a volar la imaginación agobiados por tantas dificultades, carencias, criterios propios coartados, imposibilidad de iniciativa creadora y represión.

Cambios estructurales y de conceptos auguró Raúl Castro el 26 de julio de 2007. Los cubanos echamos a volar la imaginación agobiados por tantas dificultades, carencias, criterios propios coartados, imposibilidad de iniciativa creadora y represión. Había el consenso espontáneo de que se iniciarían por la economía, pero como la crisis en Cuba es tan abarcadora, progresarían a todos los sectores de la vida social, incluidos los derechos humanos y el avance hacia la democracia. 

Las ventas de ciertos artículos, y la autorización de teléfonos celulares y hospedaje en hoteles por divisas causaron una euforia tan pasajera como la euforia misma. El Presidente también prometió el cese de prohibiciones absurdas. Luego se comenzó a hablar de que Fidel Castro no permitía los cambios, de contradicciones en las esferas de poder, de intromisión de Hugo Chávez. España deslumbrada movió a la Unión Europea, pero no la conmocionó. Dignatarios y personalidades mundiales correspondieron a invitaciones del nuevo mandatario, entusiastas por el papel que jugaban en el novedoso rumbo del gobierno cubano y las posibilidades de negocios. Los mandatarios de América Latina y el Caribe pasearon por La Habana, se dieron codazos para despedirse de Fidel Castro y, sobre todo, correspondieron a los intereses isleños de ser acogidos en las instituciones continentales, machacar a la Organización de Estados Americanos (OEA) e inaugurar al Presidente Obama con exigencias de cambios respecto al gobierno cubano. Todos olvidaron las interferencias en los asuntos internos y la subversión de decenios pasados; en ningún momento se han escuchado demandas para que en Cuba se abra la sociedad a la participación ciudadana en la economía, y mucho menos al quehacer democrático. Aceptaron el rechazo de las autoridades cubanas a ingresar en la OEA, que en realidad no pueden, porque no cumple la Carta Democrática. De los prisioneros de conciencia y políticos pacíficos no han deseado enterarse.

Llegó en ese contexto, el momento cimero de cada año, el 26 de julio pasado. No obstante, el Presidente dilató la espera al discurso que pronunciaría una semana después, el 1 de agosto, en la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Merece análisis por temas, pero en su conjunto evidencia que Raúl Castro sí cumple sus promesas de cambios estructurales y de conceptos, sólo que no son los urgidos por el pueblo y los esperados por los dignatarios y analistas internacionales. La prioridad en Cuba no parece ser recomponer lo destruido durante 50 años, y eliminar la crisis abarcadora más profunda de su historia con la participación activa de sus ciudadanos para beneficio de todos. La prioridad es mantener el poder absoluto, apoyado por supuestos incondicionales.    Con estilo    distinto -quizás haya mayor trabajo de equipo- el objetivo es ganar tiempo y afianzar el totalitarismo.

Hasta ahora, los cambios estructurales y de conceptos radican en renovación del gobierno y el Consejo de Estado, iniciado con las remociones de los viceprimeros ministros y ministros, y la consolidación mediante nuevos miembros del Buró Político, el Secretariado y el Comité Central del Partido Comunista que efectuarán los asistentes a la Conferencia Nacional, que convocará esa última instancia por primera vez, según anunciara Raúl Castro. Indudablemente es un método ingenioso y posiblemente pensado durante los largos años de espera para cuando llegara la oportunidad.

No los designará el VI Congreso del Partido, pospuesto indefinidamente, sino que ellos configurarán los objetivos, análisis y decisiones del evento. Son muy complicados estos tiempos de “cambio” para dejar alguna posibilidad salirse del guión. En ese lapso, el avance será tortuoso porque la mayoría de los cubanos ha perdido las ilusiones y la confianza. Las penurias cotidianas se heredan por varias generaciones, que no conocieron el entusiasmo comprometido de los años heroicos; con un Fidel Castro que se siente pero no se ve, y un Raúl Castro con enigmáticas promesas, pidiendo mayores sacrificios y reconociendo que este será el último Congreso de la añosa “dirección histórica”. 

Parte de la población ha perdido valores éticos por la precariedad y la necesidad de “sobrevivir”. No son conceptos abstractos, sino desviaciones acendradas en la mente: robo, corrupción, desvalorización del trabajo. Las prohibiciones absurdas continúan vigentes; se coarta la iniciativa y la creatividad, mientras se llama al trabajo y autoriza el pluriempleo, pero los salarios no estimulan. Las familias viven hacinadas, y se presta un pedazo de tierra porque la producción de alimentos es un tema de seguridad nacional, pero nadie es propietario y se carece de zapatos, ropa, alimentos, machetes, y otros implementos, sin oferta ni créditos para adquirirlos.

Parece concebirse como cambios estructurales, movimientos más bien organizativos, y de conceptos como la eliminación de gratuidades e imposiciones incongruentes con el nivel de desarrollo y una mejor administración; de las batallas con proezas sin resultados reales; de las bondades desmedidas a ajenos, con lo necesario a los propios; del derroche de combustible y   horas de trabajo en movilizaciones para gritar al distante enemigo. A pesar de lo diestramente llevada que ha sido la transición de Fidel a Raúl Castro, la realidad no se configura con el control por los órganos de la Seguridad del Estado auxiliados por los Comités de Defensa de la Revolución, sino con la participación consciente de todos. En todo caso, es indispensable la motivación para incorporar al pueblo. Actualmente prevalece todo lo contrario.

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