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Al turista inteligente le cuesta entender por qué puede desplazarse y desenvolverse fácilmente por decenas de países de toda Europa con la única ayuda de un diccionario de la lengua principal de cada uno de ellos, y no puede hacer lo mismo en España.

Créanme, existe un turista más inteligente que esa especie, tan bien conocida en España, que disfruta enrojeciendo su piel al sol hasta el extremo y bebiendo barriles de cerveza de diez en diez. Existe y yo lo he visto en alguna ocasión, lejos de los focos turísticos habituales. Existe y quizá, debería ser nuestro objetivo de futuro, si realmente pretendemos reedificar el turismo en España. Algo más conveniente que nunca en estos tiempos de crisis. Al turista inteligente le indignan los extras que exige nuestro país. Para visitar España durante unas semanas y acercarse a algunas de sus principales ciudades hay que superar algo más que la barrera de un idioma. Al turista inteligente le cuesta entender por qué puede desplazarse y desenvolverse fácilmente por decenas de países de toda Europa con la única ayuda de un diccionario de la lengua principal de cada uno de ellos, y no puede hacer lo mismo en España. Recorre esos países y se encuentra que desde los letreros de las calles hasta las guías turísticas o las señales de tráfico, toda la información importante para un turista se encuentra en un solo idioma, aunque a veces sólo sea por razones prácticas. Pero aquí no. En esta España decadente, el extranjero que desee visitar Santiago de Compostela, Barcelona, Sevilla, Valencia y Bilbao, deberá enfrentarse a la friolera de cinco idiomas.

La incomodidad no es pequeña. No se trata sólo de los rótulos de las pastelerías, peluquerías, o tiendas de regalos. Es conocido el caso de David Makalov, turista ruso que decidió pasar unos días en nuestro país el verano pasado. Llegó a España en su caravana tras una larga peregrinación europea. Atravesando Francia le invadió una urgente necesidad de acudir al baño, tras haber ingerido muchos litros de agua durante el viaje. A la altura de Tolouse la necesidad era ya un clamor. Sin embargo, no encontraba en carretera el lugar adecuado para aliviar el apuro. Ya en España, poco después de cruzar la frontera, decidió que la situación era una emergencia y detuvo su caravana en un área de servicio. Se bajó a gran velocidad. Con su diccionario de español en la boca, entró apresurado en la zona de los baños, abriéndose por el pasillo el cinturón y la cremallera para ahorrar tiempo. Frente a sus ojos angustiados, dos puertas. ¿Cuál será el servicio de caballeros?, se preguntó. Ni rastro de “hombres” o “mujeres”. Ni rastro de dibujos o señales. Sobre las puertas, tan sólo unas palabras en euskera que buscó sin éxito en el diccionario de español durante varios minutos que fueron eternos. Trató de hacer más llevadero el trance pegando pequeños saltitos con los pies juntos frente al enigma de aquellas palabras. Finalmente, entre dudas e impotencia, vencido por el euskera, su emergencia se convirtió en tragedia, y la amenaza se consumó en el pasillo, a las puertas del baño, donde alivió involuntariamente su dolor. Además de la humillación, sufrió también los insultos y manotazos de quienes le rodeaban. Avergonzado y cabreado, maldijo a España, se cambió de ropa, y regresó a Rusia.

Makalov era un turista inteligente. El turista inteligente no tiene la culpa de nuestros complejos. No le importa que un porcentaje importante de la clase política española viva de contribuir diariamente a este estúpido guirigay. Lo mínimo que exige cuando viaja es entender algo, al menos lo básico. Ya de por sí, encontrarse en un país extranjero conlleva incomodidades y confusiones. Algo que se agrava hasta el extremo si aquel que a duras penas sabe algo de español debe enfrentarse también a imprecisas señalizaciones de ciudades en tres idiomas, a indicadores de tráfico en gallego o catalán, y a mapas de España en los que la división geográfica muestra las fronteras de tres países diferentes y todas las localidades aparecen traducidas a lenguas incomprensibles para un francés, un ruso o para un sueco.

Lo increíble es que los turistas inteligentes que, pese a todo, se atreven a venir a España, se sorprenden con la paradoja de nuestra hospitalidad. Por un lado se encuentran un país abierto, divertido y amable. Por otro lado se encuentran la hostilidad lingüística de las administraciones. Desde el gobierno central que lo permite y promociona, hasta las alocadas autonomías, pasando por los caprichos y mafias de cada ayuntamiento. Todos ellos trabajan todo el año para sembrar nuestras calles y mapas de trampas para turistas, que sobreviven de milagro en nuestra jungla. La jungla insoportable de tres, cuatro, cinco o diecisiete idiomas excluyentes y hostiles, que lejos de ser lo que deberían, historia viva, cultura y belleza, son hoy sólo el arma que emplean unos cuantos políticos para su propio beneficio, para justificar su sueldo. Para nuestra incomodidad y nuestra desgracia. Y para la incomodidad y desgracia de nuestros turistas.

Si la escalada de hostilidad lingüística sigue al alza, cuando la debacle del turismo sea crónica, espero que al menos no protesten quienes están haciendo de España un país incómodo en el que, cada vez más, todos nos sentimos extranjeros.

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