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Tribuna libre

La felicidad no se apalanca en un sustantivo sino en la conjugación de un verbo

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Los sentimientos, como resultado de las emociones que son, se manifiestan susceptibles de verbalización  y, por tanto, capaces de informar sobre nuestros estados de ánimo. 

Un artículo de...

Santiago Ávila
Santiago Ávila

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El único inconveniente del hilo argumental anterior se basaría en la imposibilidad de dotar a cada una de las verbalizaciones citadas de una significación clara y precisa. La alegría o apatía de unos sería calificada  de ligero abatimiento o depresión por otros; incluso el término felicidad rara vez esconde tras de sí significados unívocos.

La tontuna y banalización de una sociedad que se expresa a través de un lenguaje carente de significación acaba incidiendo en una forma de pensar cada vez más insustancial. Y ya se sabe, las ideas -bien o mal fundamentadas- son la semilla que todo lo provoca.

Raro es el programa de radio o de televisión que, a su finalización, no se despida de su audiencia con un “que sean felices”; como habitual resulta también asociar placer y alegría con felicidad;  y qué decir -hablando de banalizar- del presentador estrella que tiene por norma abrazar a todos sus invitados, cuesta adivinar qué tipo de saludo reservará para el que siendo familiar o amigo íntimo salga a su encuentro. Y así, coqueteando con la superficialidad -institutos de la felicidad incluidos-, sembramos de potencial insatisfacción el futuro de nuestros jóvenes. Se rodea a la vida de un halo de buenismo del que la misma carece -la vida no es justa o injusta simplemente es-.

Martin Seligman, padre de la psicología positiva, califica de vulgares y faltos de todo rigor intelectual a  aquellos aspectos de la vida que, por placenteros y sonrientes,  la sociedad asocia con la felicidad (Aprendiendo a ser felices: capítulo 363 de REDES tve2). Y es ahí, que huyendo de la felicidad impostada se dirige hacia el compromiso y el sentido de la vida.

Es fácil establecer un paralelismo entre Seligman y Viktor Frankl.  Este último, y a través de su obra “El hombre en busca de sentido”, nos ofrece una serie de vías de plenitud que se me antojan como predecesoras e inspiradoras de lo que más tarde enunciará Seligman. 

Disfrutar de lo que la vida nos da, comprometerse con nuestros talentos y, sobre todo, con los demás, tratando a su vez de encontrar sentido al sinsentido en el sufrir, de Frankl, se presentan como caminos harto similares a los de Seligman.

Si hay un concepto que a modo de resumen pudiera sintetizar lo apuntado por ambos sería el del compromiso; compromiso con la vida y su sentido que, en su vertiente más operativa, se concretaría en la conjugación del verbo amar.

Para la ética, amar a los demás significa lo que para el  creyente  supone un tránsito obligado en la búsqueda de Dios. El prójimo como estación final o de paso necesario según sea el caso.

¿Por qué “amar” (verbo) y no “amor” (sustantivo)? En la relación de pareja, el sustantivo amor describe un sentimiento que en todo caso recoge el fruto de la emoción evocada por la activación de las redes neuronales del mismo (apego, cuidado, y sexo). El amor así tratado nos presenta como víctimas de las circunstancias, no podemos hacer nada al respecto, atrapados en sus “garras” languidecemos gozosos en su disfrute. No nos presentamos como señores sino como vasallos de él.

Por el contrario, cuando el amor como sustantivo alcanza un peldaño de excelencia superior muta por verbo y permite una conjugación que nos arroga el papel de amos y dueños  de nuestros actos.

Las personas proactivas, aquellas que tomando iniciativa se sienten responsables de las consecuencias de sus actos, se refieren al verbo “amar”; las reactivas, las que no inician nada por si, al sustantivo “amor”.

Las segundas, apelan al sentimiento, a lo irremediable en el disfrute de las sensaciones revividas por el sustantivo en cuestión. En cuanto a las primeras, su proactividad les invitará a la conjugación del verbo para de esa forma  hacerse dueñas del resultado de sus acciones; amar con mayúsculas no solo adquiere expresión en el sentir sino que además y fundamentalmente lo hará en el hacer.

Y ese hacer se concretará en actos de servicio y entrega desinteresada, en la búsqueda del bien ajeno sin esperar nada a cambio -ni siquiera de  la felicidad añorada por tantos egoístas de su propio estado de ánimo-.

Son muchas las personas que no reconocen en la felicidad el bien más preciado. Es cierto que quien más quien menos desea encontrarse alegre y satisfecho, pero de ahí a calificar tales circunstancias de felicidad hay un trecho significativamente grande. La conjugación del  verbo amar es la única palanca  cierta en la búsqueda de una vida lo más plena posible. La felicidad no se busca.

 

 


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