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Tribuna libre

¿El fin del fundamentalismo económico?

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Esta crisis muestra una tendencia a profundizarse, siendo muy difícil de prever cuando tiempo durará y los sustanciales desastres provocados.

El  2008 pasará a la histórica como el 1929,  años de inicio de serias convulsiones económicas globales, con influencias muy negativas en la vida de millones de seres humanos.  Esta crisis muestra una tendencia a profundizarse, siendo muy difícil de prever  cuando tiempo durará y los sustanciales desastres provocados.

Sin embargo, no todo es negativo. Al igual que ocurrió en los años de la Gran Depresión, originará cambios en las concepciones económicas, políticas y sociales, y acelerará transformaciones en otras esferas, incluida la tecnológica. En 2008 se ha evidenciado el fracaso del fundamentalismo económico neoliberal, teoría que ha basado sus doctrinas en un concepto del mercado como instrumento que automáticamente resuelve todos los problemas, valoración acompañada de llevar al mínimo la función del Estado mediante desregulaciones de la economía y la privatización como opción mágica para lograr el desarrollo.  Asimismo, ha  favorecido la desmedida ambición individual y una interpretación distorsionada de la  ¨mano invisible¨ de Adam Smith, a la vez de propugnar un maximalista Darwinismo social.

El mercado es una categoría económica objetiva y valiosa para el desarrollo. La propiedad privada enmarcada en determinadas regulaciones también ha coadyuvado al avance notable de la humanidad, y la competencia ha alentado el continuo progreso, sobre todo a partir del Siglo XIX, con el pleno desarrollo del capitalismo. Sin embargo, la descontrolada utilización de esos elementos, base de los preceptos neoliberales, ha demostrado su inviabilidad y la necesidad de una correcta regulación de la economía.

 Las complejas sociedades contemporáneas, al igual que las grandes ciudades, son inoperables sin determinadas reglas. Una gran urbe con un enorme tráfico sin semáforos y sin marcos precisos de convivencia, sería un caos infernal. Así tampoco es posible dirigir la economía de una nación, ni la del mundo actual,  sin determinadas regulaciones que impidan que las ambiciones excesivas lleven a las colectividades o el planeta al desastre. La propiedad privada en modo alguno está en contradicción con la propiedad pública. Ambas pueden complementarse en un marco de gestión flexible que reconozca las circunstancias nacionales e internacionales del momento, con prioridad a la iniciativa particular o social según las necesidades, sin ignorar las realidades, tradiciones y cultura de las naciones. 

La experiencia de países que han desarrollado sus economías y sociedades bajo esos conceptos, como son los Nórdicos (Noruega, Dinamarca, Suecia, Holanda, Finlandia) y otros europeos, durante años muestran éxitos notables en sus desempeños, apreciables en los Índices de Desarrollo Humano publicados por las Naciones Unidas. No sólo han logrado cotas muy elevadas del PIB por habitante, sino también niveles admirables de seguridad  y justicia social, libertad, tolerancia, transparencia y probidad. La mayoría de ellos constituyen ejemplos de solidaridad con las naciones pobres.  

En cierta forma 2008 se equipara con lo sucedido en 1989 con la Caída del Muro de Berlín, y el fracaso de la concepción totalitaria-estatista aplicada durante decenios en parte de Europa, Asia y Cuba, asentada en una fuerte centralización burocrática de la economía y la sociedad, y la supresión de las libertades, con la sistemática violación de los derechos humanos. El fundamentalismo que negó el mercado y frustró la iniciativa individual terminó en  crisis total, lo que probó su inviabilidad. Igualmente sucede ahora con las concepciones fundamentalistas neoliberales. Se demuestra que la inflexibilidad y los dogmas conducen irremediablemente al fiasco.

Por supuesto, el desastre en el Este de Europa y el descrédito resultante de la planificación llevada al extremo no pueden conducir a la negación de una regulación flexible y constructiva, que sirva de guía a la sociedad mediante métodos continuamente perfectibles y mecanismos de prognosis para fijar con determinado grado de probabilidad el futuro de la economía, la tecnología y el avance social. Igualmente sería un error craso sacar la conclusión de que los excesos del neoliberalismo deben llevar a prohibiciones que impidan el normal funcionamiento del mercado, limitaciones absurdas a la propiedad privada, la competencia, la inversión extranjera, las transferencias de tecnología y otros elementos sumamente útiles si se emplean racionalmente.

Hoy las regulaciones son más importantes que nunca en el mundo globalizado. Los problemas surgidos en una nación, no sólo de carácter económico, como lo indican una variedad de fenómenos actuales, afectan todo el entorno internacional. Ejemplo de esto son las migraciones, la droga, los problemas medio-ambientales y, sobre todo, el hambre y la miseria existente en muchos países. Por ello, en el Siglo XXI los organismos internacionales deberán tener un mayor peso y poder de decisión.  Incluso los asuntos económicos, sociales y políticos que antiguamente se observaban como problemas internos, adquieren connotaciones mundiales en las presentes condiciones. Es el caso de la actual crisis iniciada con los famosos créditos hipotecarios subprime, que sin garantías suficientes se dieron masivamente en Estados Unidos.  

Si efectivamente 2008 será identificado como el año del inicio de la primera crisis económica   internacional del Siglo XXI, también podría marcar una nueva era de  cambios positivos a nivel mundial a través de políticas más consecuentes y acordes con el proceso de globalización que afecta a toda la humanidad.    

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