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El fugitivo

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Ocurra lo que ocurra en el itinerario jurídico que aún queda por delante, Puigdemont ha viajado, en muy pocos días, de las páginas de información política a las de sucesos.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Aunque en la política española y, menos aún, con los políticos que soportamos, nunca se sabe, Carlos Puigdemont es alguien (algo) que pertenece al pasado, alguien que ha pasado a la historia en el peor sentido de la frase, alguien de quien hay que hablar en pretérito. Puigdemont pasó, de forma penosa e indigna, pero pasó.

Ocurra lo que ocurra en el itinerario jurídico, farragoso y dilatado en el tiempo, que aún nos queda por recorrer, Puigdemont ha viajado, en muy pocos días, de las páginas de información política a las de sucesos.

Por mucho que mienta y por mucho que tergiverse, aunque internacionalice su situación y lo haga en varios idiomas, Carlos Puigdemont es un ciudadano que, según un fiscal, ha cometido delitos graves y al que un juez ha llamado a declarar. Y ese ciudadano está en fuga permanente, haciendo viajes de película, intentando despistar y recurriendo a todas las triquiñuelas procesales de que es sabedor un abogado especializado -por lo que a España se refiere- en defender terroristas.

Además ese ciudadano, por azares de la política, de las listas electorales y con el apoyo de formaciones antisistema, llegó a ocupar un puesto relevante en la política española y desde ese puesto ha intentado destruir el sistema que le había aupado, del que cobra y del que vive.

Por si fuera poco, en su huida, va dejando un rastro obsceno de desprestigio de España, de su democracia, de sus poderes ejecutivo, legislativo y judicial y haciendo de sus intervenciones públicas un insulto permanente a todos los españoles.

Un ciudadano cuya gestión al frente de la Generalidad de Cataluña ha sido ineficaz, nula y perjudicial para aquella autonomía. En lo político, sus delirios independentistas, le han llevado al más sonoro de los fracasos y al más grande de los ridículos que se conocen en la vida española. En lo personal, no deja de ser un vulgar engañador que ha dejado en la estacada a sus colaboradores y a las gentes que con mejor o peor intención le han apoyado.

‘Cagón’, le llamó Joaquín Leguina en la radio. Un buen calificativo para quien desde hace tiempo ha sido y es un fugitivo; un fugitivo de las ideas, de las lealtades, de la verdad y de la decencia política.

Puigdemont, salió de Cataluña, engañando y a escondidas, con un bagaje escasito de dignidad, pero en Bélgica la ha perdido totalmente.

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