Martes 16/01/2018. Actualizado 18:59h

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Tribuna libre

Todo funciona razonablemente mal

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Hay días en que uno no está para nada más que para elevar los ojos al cielo, hacer un pase torero, y firmar a pie de página.

Al tibio sol de una de las últimas mañanas otoñales, leo la prensa. Ahora le llaman periódico a cualquier cosa que salga todos los días. Desecho los folletos publicitarios y recojo de cada diario cuatro noticias entre montañas de propaganda. El periodismo consiste en contar lo que se supone que nadie debería saber. La línea editorial y los columnistas están para interpretarlo y para lucirse, respectivamente. No veo en ese juego el hueco para el programa de ningún partido en las páginas de un diario nacional. Dicho esto: acepto. La crisis es la crisis. Y el 20-N está a la vuelta de la esquina. Además, no están los tiempos como para escribir lo que uno realmente piensa. Sí. Eso sólo podemos permitírnoslo los periodistas pobres y los millonarios.

Degusto un maravilloso botellín de agua de color amarillo, con burbujitas y espuma blanca, al tiempo que me debato entre el pincho de tortilla y las aceitunas. La prensa está para llorar. La gente pasa rozando mi mesa y un perro hace el amago de robarme una aceituna. Me está poniendo nervioso. Estira la lengua y roza el platito. Su dueña está al móvil, hablando con la perrera, supongo. El chucho vuelve una y otra vez a por la aceituna. Al quinto intento se la doy, con la esperanza de que se atragante con el hueso. Una esperanza que demuestra que mis conocimientos sobre las costumbres caninas cuentan aún con un amplio margen de mejora, como diría el portavoz del gobierno para describir la situación del paro en España.

Escucho las conversaciones de la calle. Las señoras hablan de la crisis de Grecia con la misma familiaridad con que yo podría recibir en casa a los Obama e invitarles a una paellita. “Y al fondo, señores, tenemos la habitación de la hiena. La llamamos así porque allí tiramos a los invitados que nos caen gordos. Es broma. Spanish joke, my friend…”. O esas señoras saben más de economía que Velarde, Montoro y Recarte juntos, o se creen que el referéndum de Grecia es como el Plan Ibarretxe pero más cremoso.

Comida. Café. Busco sin éxito en el Marca alguna alusión al Caso Campeón y salto a la tarde. La vida me lleva a las puertas del quirófano. Nada grave. Lo lamento por mis enemigos. Allí las cosas van a otro ritmo. Un hombre llega a urgencias con el brazo embutido en una enorme venda improvisada. A pesar de la sangre, sonríe y habla pausadamente sobre Ronaldo, por lo cual deduzco que el trozo de brazo que no se ve está realmente debajo de la venda. No creo que lo lleve en la mochila. A saber. Las señoras de la limpieza comentan las últimas hazañas de la prensa rosa, mientras recogen los restos de una intervención quirúrgica. Los pelos como escarpias. Un paciente nada paciente grita desde otra sala. Me sudan las manos y el cuello. Sudor frío. Con la tensión, pasa una enfermera y le pido una cerveza. Cuando puedas, si eres tan amable. Me mira raro y hace el amago de lanzarme un bote de Betadine a la cabeza. Pasan las camillas de urgencias y los enfermeros hacen bromas sobre derrapar con el suelo mojado. Total, ya tiene la cadera rota, pensarán. Se acaba la espera. Señor Díaz, al calabozo.

Tan ambientado todo, me tiemblan las canillas, por decirlo de una manera que no comprometa mi exquisita reputación literaria. Y compruebo que el quirófano es todo lo contrario al Parlamento. Luz y más luz. Imposible esconder un maletín con dinero o explosivos, con la única excepción de las armas blancas, que campan a sus anchas por toda la estancia. Eso sí. Todo limpio y esterilizado. Allí los tejidos infectados se retiran, y las heridas se cosen. Lo dicho, todo lo contrario que en el Congreso. Pasan los minutos. Pienso que el doctor que me da conversación, bisturí en mano, podría ser Gaspar Llamazares y doy gracias al cielo por Izquierda Unida. En la recta final, la conversación ahora está tan entretenida que casi me apetece que me vuelva a abrir y seguir de cháchara. Lo sugiero y me echan del quirófano.

De vuelta a casa, todo parece diferente. La noche anterior había diez pingüinos viendo Punto Pelota en el salón y ahora, en cambio, me voy a la cama empapado en sudor. La calefacción es un invento de interés geográfico. En Etiopía no se recibe con el mismo entusiasmo que en el Polo Norte. Y hoy, mi casa está más cerca de Etiopía. Así me voy a dormir, pensando en lo bien que le iría al Amazonas y a la capa de Ozono, si alguien en este edificio pudiera regular cada día la temperatura según las cambiantes condiciones atmosféricas. Para qué. Estoy negro y me siento verde.

De mañana, vuelvo a la terraza. Llueve. Celebro los festivos acumulando artículos, que a su vez realizo en otros festivos. Un bucle. Pienso en qué contarles a mis amigos de El Confidencial Digital. Me invade el vértigo. Hay días tontos, en que parece que todos los artículos ya están escritos. Y es mentira, pero me sirve para justificar este psicoanálisis. Además, lo único que quería decir hoy es que en España todo funciona razonablemente mal. Y me doy cuenta ahora de que es precisamente lo único que no he escrito. Creo que podemos asumir alegremente nuestra incompetencia, pero por suerte no me queda espacio para defender esta tesis.

Hay días en que uno no está para nada más que para elevar los ojos al cielo, hacer un pase torero, y firmar a pie de página. Hoy. Un punto final a tiempo es una victoria.

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