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Tribuna libre

De la gaita a la vuvuzela

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José Blanco los fines de semana se transforma. No digo yo que en vampiro político, pero algo parecido. Durante la semana se constituye de ministro, guarda las formas, besa a Esperanza Aguirre y se pone en plan estadista, algunos dicen que para ‘cuando se cumplan las previsiones sucesorias’.

Pero llega el fin de semana y le sale el político de partido mitinesco que lleva dentro. Se crece ante un público enfebrecido y comienza a desgranar frases que, casualmente, siempre incluyen el nombre de Mariano Rajoy. Debe de ser una fijación de sus tiempos de niño socialista en Galicia, pero lo cierto es que no hay fin de semana en el que José Blanco no pronuncie los dos vocablos, Mariano Rajoy, varias veces. 

Este último fin de semana ha estado ingenioso, y muy acorde con la modernidad que predica el Partido Socialista se ha ‘arrimado’ a la modernidad de la vuvuzela, ese insoportable ruido que suena en los partidos del mundial de forma repetitiva. O sea, como Blanco los fines de semana, insoportable y repetitivo. 

Con la de cosas que podría decir a los españoles el ministro de Fomento del Gobierno de España. Con la de propuestas que podría hacer el número dos del PSOE a los votantes de fuera y de dentro. Con la de anuncios que un responsable de las obras públicas podría hacer a quienes se han quedado en el paro por el paro de las obras públicas. 

Pues no, José Blanco ha pasado de la gaita a la vuvuzela sin despeinarse, simplemente quitándose la chaqueta y la corbata. Y una vez despojado de tan burguesas prendas ha dicho la frase: ‘Rajoy se ha convertido en la vuvuzela de la crisis’. Pues tampoco es verdad. Si Rajoy hiciera el ruido de los que ven en directo los partidos del mundial, al menos no tendríamos la capacidad de escuchar los mítines de fin de semana con que nos obsequian unos y otros 

Y eso es lo que hay. Eso es lo que tenemos. Frases más o menos ingeniosas para uso y consumo de mítines de fin de semana, para luego, el lunes, ya con la corbata y la chaqueta bien ajustadas y en el coche oficial, entre taconazos de ujieres ministeriales, volver a ser el hombre de Estado que, según dicen las malas lenguas, espera con discreción ‘las previsiones sucesorias’. 

Si es que las hay.

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