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Tribuna libre

La guerra ideológica del lenguaje: el nombre de las cosas

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En el libro del Génesis se relata el mandato divino a Adán de elegir un nombre para los animales del campo y las aves del cielo, “de modo que cada ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto”.


Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Nombrar supone una participación humana en la acción creadora. Y, a lo largo de los tiempos, los poderosos de la tierra han influido decisivamente en la sociedad también a través del lenguaje. Realmente, George Orwell resultó profético en la descripción de la neolengua.

Más allá de la actual crisis sobre la veracidad de las informaciones, crece el debate lingüístico en la vida pública y en los medios de comunicación. En cierto modo, comenzó con las pugnas universitarias americanas contra la guerra del Vietnam, especialmente vivas en movimientos de Berkeley, pocos años antes del mítico “mayo francés”, que, por cierto, este año cumplirá el cincuentenario. También Allan Bloom, en su Cierre de la mente americana, describió hace treinta años una realidad que entonces pudo parecer exagerada y hoy se queda corta.

Pero no deseo referirme al empobrecimiento universitario derivado de lo políticamente impuesto (antes “correcto”). Sino a medidas que adoptan los gobiernos para tratar de imponer el lenguaje que mejor convenga a sus intereses. El Estado se erige en maestro de moral y, además, establece modos de decir, confiere desde el poder jurídico coactivo viejos o nuevos sentidos a las palabras.

El sábado pasado caminé con algunos amigos por el bosque de La Jarosa, en medio de una buena nevada. A media mañana, nos refugiamos en una de las estaciones del viacrucis del Valle de Cuelgamuros. Sobre una lona que protegía la entrada, el sello de los bomberos de la Comunidad de Madrid, con su lema salus populi suprema lex, de raíz ciceroniana. Me acordé de un informe sobre modernización del lenguaje jurídico en una referencia del Consejo de Ministros español de 2011. Entre otras ideas peregrinas, proponía sustituir las locuciones latinas por su significado en castellano o, en su defecto, incorporar su traducción entre paréntesis. Algo bastante superfluo, de ordinario. Pero la comisión quería ir más allá de la pura ortografía: pretendía “crear el marco institucional idóneo para devolver la relevancia que el uso del lenguaje nunca debió de perder” (de pasada: uso incorrecto de la preposición "de" con el verbo "deber").

Más en serio, el presidente Donald Trump no se limita a pontificar de todo y contra todos en sus continuamente citados tweets; además, impulsa una tarea creativa en materia de lenguaje administrativo. Su administración habría pedido a los CDC (Centers for Disease Control and Prevention), el organismo de control más importante de la salud pública estadounidense, que dejen de usar algunas palabras en los documentos oficiales relacionados con los presupuestos anuales. La lista negra contiene términos y expresiones como "transexual", "feto", "diversidad", "vulnerable", "derecho", "basado en la evidencia", "basado en la ciencia". El trasfondo no puede ser más ideológico. Al cabo, solía decirse que “el estilo es el hombre”. Y, frente a las pretensiones del nominalismo, las palabras reflejan el pensamiento, la visión del mundo, de las personas y de las cosas. No sé si Trump pretende instaurar un control ideológico sobre la investigación médica y científica. De momento, sólo han desaparecido de la Web presidencial las páginas dedicadas al calentamiento global... Otros braman contra expresiones que no les gustan y promueven procesos penales, como el sufrido por la antigua ministra francesa Christine Boutin, por una frase supuestamente homofóbica: ha tenido que llegar hasta el Tribunal de Casación, que anuló las precedentes sentencias condenatorias.

El fenómeno se advierte también estos días en los debates entre las diversas tendencias feministas ante una condena del machismo, que se aproximaría a cierto varonicidio. Recuerda la pugna por el lenguaje inclusivo, como si la gramática, heredera en esto del latín, fuera sexista. Hasta el punto de que, en Francia –donde por cierto existe una agencia editora especializada en escritura inclusiva-, una circular del primer ministro, publicada en el diario oficial, la excluye expresamente en los textos jurídicos administrativos, así como la concordancia de proximidad en los adjetivos de sujetos de ambos géneros. En esto, coincide con el criterio del secretario perpetuo de la Academie, Hélène Carrère d’Encausse (se niega a feminizar su cargo). Al cabo, no faltan lingüistas que describen una forma neutra del masculino... Y la Gramática de la Academia Española, de 1931, describía los géneros masculino, femenino, neutro, epiceno, común y ambiguo. No me manejo bien con la nueva, aunque reconoce al masculino como “género no marcado”.

Más grave es, sin duda, lo que C.S. Lewis designó en 1960 con un neologismo: el verbicidio, asesinato de una palabra, por el cambio de su significado con un uso distinto del sentido anterior. Así está sucediendo, por ejemplo, con el término matrimonio, que se utiliza para realidades distintas a las del viejo y sabio derecho romano.

Se increpaba a los políticos con el res, non verba. Pareciera que hoy, a falta de hechos, se empeñasen en imponer palabras.

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