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Tribuna libre

“Estoy harto de los españoles”…El secreto desvelado.

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Por fin ha quedado resuelto el misterio sobre el que versaba la campaña que, soportada en vallas publicitarias, presentaba a unos extranjeros “hartos de los españoles”.

Un artículo de...

Santiago Ávila
Santiago Ávila

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La respuesta, previa demora temporal encaminada a provocar al personal, no era otra que presentar el fastidio evocado en el resto de ciudadanos del mundo por tener que habérselas de forma habitual con  españoles que por condición tenían -y tienen- la de ser más talentosos.

Si bien, tal afirmación no resulta menos engañosa que  la simétricamente contraria (la habitual en el último tramo de nuestra historia), nuestros desempeños se muestran siempre inferiores a los de los demás, sí que alienta en nuestra mente la necesidad de hacernos justicia  en lo que somos y representamos.

Hasta no hace demasiado tiempo, el hecho de ser español suponía aparejado un complejo de inferioridad colectivo del cual prácticamente resultaba imposible zafarse. La furia, como único atributo al que acogerse  en el ámbito deportivo (no vencíamos en ningún torneo, tanto individual como de equipo), se manifestaba huérfana de compañía en otros espectros de nuestra vida en sociedad (empresarial, académica, militar, etc.). A lo sumo, una exclamación plañidera y recurrente que acababa concretándose en sentencias de carácter lapidario como: que buen desempeño para medios tan escasos o no pudo ser pese al coraje demostrado.

Implícita, se esbozaba la filosofía de que con más recursos resultaríamos imparables. Las circunstancias, obrando en nuestra contra, impedían que luciéramos más que el sol. Coletilla, que nos acomodaba a la idea de que, dada la escasez de medios, el reto no formaba parte de nuestro ideario. Todo lo suplíamos con imaginación, con empeño y coraje, pero paralelamente nos mecíamos tanto en la comodidad de la banal justificación como del pesado lastre del complejo.

Tal parecía el guion  de un alumno que, no habiendo estudiado lo suficiente, se dirigía a sus padres y amigos tratando de dejar a salvo su honra y brillantez intelectual: y eso que casi no estudié, que si no hubiera sacado mucha mejor nota.

En la actualidad ya no es así, superada la miseria anímica y moral, los complejos, y todo tipo de engañifas actitudinales, el español corretea por el mundo sin ningún otro tipo de minusvalías que no sean las que  con carácter anecdótico y particular le acompañen a título personal.

He vivido, y conocido, en primera persona -los tengo por amigos-, la maestría con la que se emplean algunos conciudadanos al frente de multinacionales de distintos sectores. Luis, Santiago, Antonio, Gloria… son sus nombres, y se manifiestan como un claro referente de lo que somos capaces de hacer: inteligentes y entregados en el trabajo, firmes y corteses en la defensa de su gente, muy dotados emocionalmente, y  poco dados a la soberbia, aunque la excepción a la regla también nos acompañe.

Pero no abandonemos en el baúl de los recuerdos a nuestra industria  del videojuego, a las grandes constructoras, a parte de nuestro sector financiero, a nuestras ingenierías, a…

¿Y el deporte? Superado aquel tipo de individuo al que la fuerza de la gravedad impedía, dada la grandeza de sus atributos, alcanzar mayores registros de altura, nos identificamos con referentes  como: Carolina, Rafa, Mireia, Alonso, Gasol, Valero…imposible acotar la lista. Quién no ha escuchado o tal vez leído: “hola soy española a qué quieres que te gane”

¡Qué decir de la milicia!  Día sí, y día también, dan muestra de la grandeza de su condición, de su nivel de entrega, preparación, y compromiso, con lo que para ellos es su razón principal de ser: España como nación, como concepto, como historia, como realidad. Teo, Quique, Paco, Miguel, Manfredo… su enumeración otra imposibilidad más.

¡Fuera complejos y chauvinismos! Jamás debiéramos cobijarnos en los triunfos colectivos para hacer más llevadera nuestra particular miseria. Centrados en lo común, apartadas nuestras eternas mediocridades y egoísmos, debiéramos zanjar de una vez por todas  lo que, con acierto,  dijo de nosotros el mariscal Otto Von Bismark:

''Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”.

 

Santiago Ávila Vila

Socio-Director en Executives On Go



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