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Tribuna libre

El himno de España: adèu Espanya

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Vázquez Montalbán dejó escrito que «las masas empiezan perdiendo la fe en la Copa del Rey y acaban perdiéndola también en la Constitución».

Lo mismo convendría no tomar a broma al humorista Javier Coronas cuando dice, muy en serio, que Los pajaritos debería ser el himno de España, en lugar del inaguantable chimpun-chimpun iletrado que retruena por la megafonía de los estadios cada vez que juega la selección de fútbol del Estado español, y cuyos acordes nos retrotraen de manera inevitable a la imagen costumbrista de Manolo el del Bombo y al viejo estribillo sarcástico de “Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer (doña Carmen Polo) lo lava con Ariel…”.

Todavía hoy, el ex secretario de Estado para el Deporte, el pepero Juan Antonio Gómez-Angulo, predecesor del inconmensurable sociata Jaime Lissavetzky, confiesa no haber sido capaz de superar del todo su estado de perplejidad cuando alguien que le quiere mal o que sencillamente tiene ganas de broma le recuerda con maledicencia lo que sucedió en Melbourne en noviembre de 2003, cuando en plena ceremonia inaugural de la final de la Copa Davis de tenis entre Australia y España, ante la sorpresa y el estupor de los presentes, por la megafonía del Rod Laver Arena sonó el Himo de Riego, o sea, el himno oficial de la Primera República, en lugar de la Marcha Real heredada de Franco.

A punto estuvo el trompetista James Morrison de tragarse de un trompazo el instrumento, y con él la dentadura postiza, pues Angulo y José Ramón Barañano (el embajador de España en Canberra, con “c”, que no con “g”, aunque para una ocasión tan pintoresca hubiera sido sin duda más apropiado), saltaron de su asiento en el palco como un muelle que se sale del resorte del colchón Flex, hechos unos basiliscos, con cara de ofendidos desencajada hasta decir basta –pues no era para menos-. Se pusieron más dramáticos que el recordado Pavarotti en la piel de Calaf de Turandot. Mientras, los jugadores, pasmados como El rey pasmado de Torrente Ballester, sólo acertaban a cruzarse una mirada cómplice de estupefacción como diciéndose el uno al otro «Mí no entender nada».

Todavía hoy nadie sabe si el anecdótico incidente de Melbourne fue una casualidad; una revancha de los australianos de mal perder, por su derrota en la lucha por la Ensaladera del año 2000, consumada en el Palau Sant Jordi de Barcelona; o si se trató de una sonora broma orquestada por el hijo de algún exiliado republicano que se introdujo de tapado en la organización, o superó indemne todos los controles de seguridad escondido dentro de la bolsa de un canguro, para regocijo de rojeras y escarnio de monárquicos.

…Y en estas que ahora se busca letra para el himno nacional, pero según parece no hay manera de dar con cuatro estrofas pegadizas que sustituyan al lo-lolo-lolo. Reconforta recordar que tampoco lo consiguió Pío Baroja, cuando convocó en el Café de Oriente a una manada de irredentos escritores para que, aprovechando el momento culmen del cocimiento etílico, le ayudaran a ponerle letra española a La Internacional.

«A mí España es que me pone», confesó en cierta ocasión el populista presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla. A algunos políticos, como a la pobre anchoa del Golfo de Vizcaya, les vendría muy bien un paro biológico. ¿España? ¿Y eso qué es lo que es? (…) España, como dejó escrito Umbral, es ese pueblo que está a mitad de camino entre Napoleón y Manolita Malasaña, la novia de Velarde; entre Goya y Esquilache; entre el Barroco y el misticismo; entre Churriguera y Juan de Herrera.

¡Pobre España! «Pueblo de sublevaciones y toros», que dijo Silvela. ¡Pobre España! capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de parir eminentes talentos y a un tiempo locos de atar como el chiflado coronel Maciá, aquel personaje rocambolesco que tuvo la disparatada ocurrencia de invadir España desde Francia.

Mientras el 12 de octubre sigan desfilando por el Paseo de la Castellana veteranos de la Columna Leclerc y de la División Azul, falangistas y republicanos, franquistas y maquis, seguiremos teniendo una España de cada bando, lanzándose trabucazos con el Ebro de por medio, con la asignatura de la reconciliación nacional pendiente desde el 56, sujeta a un nuevo revisionismo.

Claro que siempre nos quedará la irreverente cabra de la Legión, dispuesta a mearse irrespetuosamente a los pies del catalafalco de autoridades de la madrileña Plaza de Colón al cierre del desfile marcial del aciago Día de la Hispanidad. Cualquier cosa menos desenfundar de nuevo el espadón y exhumar el cadáver de Espartero.

Por eso, lo mismo incurrimos en la ligereza de tomar a broma en lugar de haberlo tomado muy en serio a Alfonso Guerra cuando, sacando a pasear su vena ácida, frívola y socarrona, anunció de manera premonitoria, corriendo el año 1981, «Cuando gobernemos, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió».

Raúl del Pozo da por cumplida la premonición: «Nos van a follar. Pero a mí como si quieren llamar a Cataluña Imperio Mediterráneo con capital en Atenas. Ya he tirado la toalla». Y Albert Boadella mucho se teme que lo mismo estamos asistiendo, y nosotros sin saberlo, a la Tragicomedia de España. ¡Mater dolorosa! (Álvarez Junco) ¡Pobre España!

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