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Tribuna libre

Los himnos, las banderas y el mundial

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Siempre sorprenderá que un monarca tan benéfico como nuestro piadoso rey Carlos III, capaz de impulsar tantas obras que combinan la monumentalidad y la gracia, nos dejara como himno una melodía cuya principal virtud sigue radicando en que es silbable

La vida de las naciones conoce paradojas y melancolías. Italia pudo tener como himno el “va pensiero” y finalmente se quedó con el “fratelli d’Italia”, sorprendente invocación a la hermandad en un país caracterizado por su individualismo impetuoso. Esa es la parte de las paradojas. En la parte de las melancolías, figura con eminencia la divisa –indivisibiliter ac inseparabiliter- de Austria-Hungría.

Con el mundial, estos días escucharemos muchos himnos. Con gran frecuencia, se trata de canciones nacidas en momentos carismáticos de una nación, y es otra paradoja que, con el paso del tiempo, lo que fue un cántico nuevo sirva para exaltar a la masa de hooligans aturdidos por alcohol barato que lo canta a voz en cuello. España tal vez no ha tenido mucha suerte en materia de himnos nacionales, no ya por el nuestro, sino por haber acumulado no pocos himnos escritos en contra –en Holanda y en Hispanoamérica-, donde los reyes de la vieja patria figuran en calidad de yugo. Por supuesto, siempre sorprenderá que un monarca tan benéfico como nuestro piadoso rey Carlos III, capaz de impulsar tantas obras que combinan la monumentalidad y la gracia, nos dejara como himno una melodía cuya principal virtud sigue radicando en que es silbable. De todas maneras, uno cree que no se debe criticar el himno de la propia nación, del mismo modo que uno no discute si su madre es fea o es guapa: en estas cuestiones, hay que estar a lo que toca. Curiosamente, no hemos sabido sacar partido a un dato de tanto chic como el que nuestro himno no tenga letra, cuestión digna de esnobearse por completo cuando tener letra está al alcance de cualquier nación recién llegada. Al fin y al cabo, el tarareo es un dato antropológicamente anterior a la articulación del canto. Por lo demás, en un país como España, nos ahorramos que haya quien no quiera cantarlo.

Posiblemente un himno no deba ser demasiado bonito: es lo que ocurre con el himno alemán, rebosante de exaltación serena y clasicismo en sazón. Un impacto sentimental sin demasiadas complicaciones suele ser más efectivo. Ahí está un himno de natural encanallado y demagógico como La Marsellesa, pura revolución descamisada (recuérdese a la Libertad en top-less), con el que a uno le dan ganas de salir al balcón a gritar “¡Viva Coblenza!” Y ahí está el otro gran himno, el himno por antonomasia, el himno a secas, el God Save the Queen, cantado en tantos dominios de la Commonwealth, con la solemnidad del barroco inglés y una letra políticamente ejemplar: a tanto llega el prurito que se le pide a Dios que proteja a la reina en tanto esta defienda las leyes de su reino. El God Save the Queen nos hace pensar en reinados míticamente felices, en una edad de oro, y en las glorias de un admirable sistema constitucional. Por lo demás, es un himno que tiene no poca competición con otras admirables músicas interpretadas asimismo en clave nacional: el Rule Britannia, por ejemplo, o dos piezas aún más interesantes, a saber, la marcha de pompa y circunstancia de Elgar, esplendor de autoestima eduardiana compuesto por un católico, y también Jerusalem, cantado con emoción no igualada. Jerusalem toma su letra –su letra milagrosa- de un poema profético de Blake que recurre a la vieja leyenda de que Jesús llegó a hollar con sus salvadoras plantas “las amenas pasturas de Inglaterra”. Jerusalem es, en realidad, un himno religioso, una visión teológica de Inglaterra que llega al hondón de lo que se suele tener por una tierra de tenderos. Es muy de notar el venablo que, precisamente, Blake envía a los comerciantes, al hablar no ya de las nubladas colinas del país sino de los “satánicos telares” de Manchester. En fin, en favor del God Save the Queen puede alegarse que hay quien lo considera de origen jacobita. Es harto conveniente que la historia de los himnos se pierda, también, en las nubladas colinas del tiempo.

Los ingleses bien podrían alternar –como ya alternan, en ocasiones- estas piezas, para así animarnos a nosotros a ir alternando nuestro himno con músicas que reverberan no menos en la conciencia nacional. Ahí está Suspiros de España, nacida de un incidente poco patriótico pero ejemplar por ser de un género tan propio como el pasodoble. Ahí está Asturias, patria querida, con un sentido ascensional, una mítica figura femenina, una punta de nostalgia, el entronque con un lugar de origen también mítico y la enorme ventaja de ser canción recurrente en plena borrachera. La jota de la Dolores nos daría la vertiente aragonesa-catalana-mediterránea de la nación, algo muy adecuado para nuestro actual Estado de las Autonomías. La zarzuela nos brinda otra buena cantidad de piezas regionalistas que servirían para la alternancia –pienso ahora mismo en En una Dehesa de mi Extremadura-, y hay un abundante repertorio folklórico de músicas poco sofisticadas –como el himno valenciano- para ir cambiando de canción según la temporada. Estos cambios también se han propuesto para las banderas nacionales, por cierto: perdidas las enseñas prístinas o barrocas del Antiguo Régimen, las banderas-diagrama podrían combinarse con piezas ad-hoc destinadas a mostrar al mundo lo mejor del diseño o la artesanía de un país; por supuesto, pensar en una bandera diseñada por Mariscal es ya un motivo para optar por el exilio, pero no estaría mal una bandera de encaje de bolillos gallego o confeccionada con el selecto merino de nuestros campos. Los vexilólogos tendrían así todo un nuevo aliciente para su afición.

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