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Tribuna libre

El hombre de los silencios

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La mejor virtud de Sabino Fernández Campo como hombre público fue la de saber administrar sus silencios y dosificar sus palabras.

Fue uno de los personajes más decisivos en dos de las décadas cruciales de la reciente historia de España. Sabino Fernández Campo fue ejemplo de muchas cosas y atesoró virtudes castrenses de lealtad, fortaleza, valentía y sinceridad y supo trasladarlas con absoluta naturalidad a la vida civil siguiendo en el servicio a España y concretándolo en el servicio a la Corona.

Pero quizás su mejor virtud como hombre público fue la de saber administrar sus silencios y dosificar sus palabras. Siempre medido, siempre prudente y siempre diciendo lo que tenía que decir. Incluso en su salida de La Zarzuela, que dio lugar a más especulaciones de las que hubieran sido deseables, mantuvo la misma tónica de respeto al Rey y de discreción absoluta.

Esa discreción y ese respeto no le impidieron en ningún momento cumplir con dureza algunos de los cometidos de su puesto, que no siempre eran agradables por muy diversas circunstancias. Fernández Campo decía lo que tenía que decir, a quien se lo tenía que decir y cuando lo tenía que decir sin que en ningún momento le temblara el pulso.

Ese fue el mejor servicio que hizo a España y, por ende, a la Corona.

Se ha hablado mucho sobre su actuación en el 23 F e incluso de sus relaciones con Alfonso Armada. Hay cosas que Fernández Campo se ha llevado la tumba y que posiblemente sólo Don Juan Carlos conozca, pero es evidente que su actuación aquella noche fue importante, si no decisiva, para el futuro de la democracia en España.

Hay cosas que sólo el Rey y el mismo Fernández Campo podrían contar. Por razones obvias, ni uno las va a desvelar ni otro hizo en vida la menor alusión que pudiera dar pistas. Los únicos indicios de la actuación del Conde de Latores en las dos décadas que estuvo en la Casa son los resultados y sus relaciones personales y profesionales con infinidad de políticos, militares y mandatarios extranjeros.

No es de extrañar que hoy la Casa Real, y muy concretamente el Rey, estén de luto.

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