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La indiferencia

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La indiferencia sobrevenida, el frío que en algún momento fue calor, el desdén que sucede a las atenciones anteriores, ¿cómo y por qué se gesta? ¿Hartazgo? ¿Maduración?

En realidad, hay dos indiferencias diferentes. Está la que se siente por lo que aún no ha llegado a interesarnos o a importarnos —que no es lo mismo: en el primer caso puede haber simple curiosidad exploratoria, pero en el segundo existe ya una implicación emocional—, y está esa que se siente por lo que ya ha dejado de interesarnos o importarnos. Esta última indiferencia, viniendo de donde viene, de un apego o incluso de un entusiasmo extinto, es la que me intriga.

Porque la otra, la indiferencia ante lo que nunca nos ha inmutado, se comprende bien. Por el motivo que sea —sobre todo por desconocimiento, falta de dedicación o porque los gustos llevan derrotero distinto—, hay un montón de aspectos de la realidad que no nos producen frío ni calor. A mí en concreto, por citar tres, el bacará, la marquetería como pasatiempo y las películas de Bruce Lee. Puede que mañana mismo descubra sus encantos respectivos y me aficione, o puede —no es improbable— que jamás llegue ese día. Pues vale, no pasa nada.

Pero la indiferencia sobrevenida, el frío que en algún momento fue calor, el desdén que sucede a las atenciones anteriores, ¿cómo y por qué se gesta? ¿Hartazgo? ¿Maduración? Veinte años atrás acaparaba con afán todo lo que caía en mis manos relacionado con los Beatles. Hace unas semanas pusieron en La 2 Magical Mystery Tour, película que tengo en VHS porque la compré, por aquella época apasionada, con terrible ansia de posesión. No recuerdo cuántas veces llegué a verla. El otro día, cuando me encontré con ella en televisión saltando de un canal a otro, la dejé un rato, suficiente para permitirme una añoranza fugaz de la adolescencia, y continué con el zapeo. Hay que ver lo que se cambia.

Una manera de escribir nuestras biografías podría ser el recuento de estas desleales indiferencias. Toda la reflexión anterior tuvo su origen en un centro comercial. Durante una espera ensimismada, sumido en una nebulosa de pensamientos dispersos, fueron definiéndose poco a poco ante mi vista unos colores vivos que comenzaron a cobrar formas de animales en una superficie circular. Era un pequeño tiovivo de interior. Casi tuve que esforzarme para verlo, y lo tenía delante. De niño solo hubiese percibido vaguedad de gente y tiendas alrededor de unos caballos que giraban. Puede, en fin, que la indiferencia se reduzca a una cuestión de prioridades.

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