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Lo inevitable

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Existe un recurso infalible para quienes declinan afrontar cualquier reto: apelar a su inevitabilidad. Esa renuncia a desafiar hasta el más doméstico asunto por este motivo se torna en los grandes dilemas en toda una quimera.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Existe un recurso infalible para quienes declinan afrontar cualquier reto: apelar a su inevitabilidad. Esa renuncia a desafiar hasta el más doméstico asunto por este motivo se torna en los grandes dilemas en toda una quimera. Si es irremediable que un hijo sucumba tarde o temprano a las modas calamitosas que le llevarán al pozo, para qué preocuparse por su educación. Si determinada ideología es disparatada pero sospechamos que alcanzará de todas todas el poder, qué razón puede haber para impedir que lo logre. Y de ahí a los demás temas.

                Sin embargo, en aquellas cuestiones que sí son irremisibles, no hacemos más que ensayar los más sofisticados remedios para sortearlas. Piénsese en las serpientes de verano que cada dos por tres nos advierten de riesgos por el consumo de determinados alimentos. O de los avisos de poderosas ciclogénesis explosivas, antaño denominadas tormentas o tempestades de mayor o menor calibre. Aquello que indefectiblemente va a suceder nos provoca con inusual ansiedad, mientras que lo trascendental, lo que puede o no acontecer dependiendo de nuestra verdadera determinación, lo dejamos por imposible.

Vivimos inmersos en una sociedad miope. Atendemos primorosamente lo que tenemos delante de nuestras narices, considerando que ese es el único universo existente, mientras dejamos inexplorado lo principal. Ese problema de refracción es ante todo mental. Y es potenciado además desde los modernos canales de comunicación social. El titular se reserva a diario para el producto que pueda comprometer nuestra salud aunque se carezca de las completas certidumbres científicas, la borrasca que amenaza con el diluvio universal o un virus llamado a asolar la faz de la tierra, mientras que un denso manto de silencio cubre los nocivos efectos de una mala formación de los niños o jóvenes, las tóxicas consecuencias de un mundo del ocio ligado al alcohol o los estupefacientes, la falta de atención hacia los beneficios indudables en todos los órdenes de la vida familiar, o, en fin, el desarrollo de opciones políticas inmaduras o lo que es peor, con indisimulado propósito de despertar espantajos bien sepultados por la historia y que no han traído más que desgracias. Angustia en lo secundario e indolencia en lo fundamental. Ni un segundo para tratar de evitar lo evitable, y todo el tiempo del mundo para hacerlo con lo verdaderamente inevitable.

                Desde luego que es un gran acierto seguir los consejos de protección civil o de las autoridades sanitarias, aunque es seguro que la borrasca hará finalmente de las suyas y nuestra salud se resentirá queramos o no, porque vivir mata bastante.

                Sin embargo, siempre es mucho más aconsejable emplearse a fondo con aquello que no es inevitable sino que depende de nuestra sabia decisión, además de contribuir a mejorar nuestra breve travesía por esta tierra, haciéndola más habitable para los que la heredarán.        


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