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Tribuna libre

La inquietante evolución de la Rusia de Vladimir Putin

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Muchas regiones del mundo no pasan en paz estos días navideños, tampoco en países de Oriente en que hasta ahora habían convivido serenamente cristianos y musulmanes.

Muchas regiones del mundo no pasan en paz estos días navideños, tampoco en países de Oriente en que hasta ahora habían convivido serenamente cristianos y musulmanes (y lo siguen haciendo, como en Líbano, a falta de locos radicales fanáticos).

Justamente la influencia de Rusia, muy especial en el conflicto de Siria, me ha movido a pensar en el futuro de ese gran país. También porque la semana pasada el presidente ruso, Vladimir Putin, ofreció una conferencia de prensa nada menos que delante de 1.200 periodistas, con amplia repercusión en la prensa internacional.

En realidad, quería transmitir al mundo razones que justifican sus políticas, con los correspondientes ataques a la oposición interna y una crítica más que ritual a los Estados Unidos. Venía a ser una especie de aperitivo fuerte para la cumbre UE-Rusia en Bruselas. Desde luego, en la cima del poder ruso –con la ayuda de Medvedev y el juego de mutuas sustituciones periódicas para obviar los límites legales de la duración de mandatos‑, Putin está siendo cada día más fiel a sí mismo, con un estilo que recuerda los viejos tiempos, no precisamente gloriosos.

De momento, está por ver la eficacia de las amplias medidas demográficas que se han ido promulgando, para cortar la sangría determinada por el progresivo descenso de la población rusa. Salvo que fallen las predicciones estadísticas, bajaría a unos 107 millones de habitantes en el 2050. Con esas previsiones, no se comprende cómo Putin podrá llevar adelante su plan de aumentar la fecha de la jubilación, ya muy baja en comparación con la UE, para situarla en los 60 años para los varones y 55 para las mujeres. No parece cómo pueda ser compatible esa política con la tremenda caída de la natalidad y la creciente mortalidad.

Al mismo tiempo, no es fácil aceptar el declive de los derechos civiles en Rusia, manifestado en los límites al derecho de reunión y el aumento –también legal‑ del control de los medios de comunicación y de la administración de justicia; aparte de la muy insuficiente regulación de la libertad religiosa, que padecen, por ejemplo, ONG y organizaciones sin fines de lucro, que deben registrarse como "agentes extranjeros'' que trabajan en el país.

Como suele suceder, Moscú rechaza las injerencias externas: así, cuando el Parlamento europeo aprueba con amplia mayoría resoluciones que piden el final de investigaciones, arrestos y detenciones por motivos políticos. La comisión de derechos de la Eurocámara va más allá de las querellas con Bruselas sobre política de visados, prácticas comerciales heterodoxas o discrepancias en materia de energía.

Para algún diario europeo, como La Stampa (21‑12‑2012), la ostensible exaltación de la nueva Rusia hecha por Vladimir Putin en la rueda de prensa del día anterior, recuerda demasiado a la Unión Soviética: "Un Putin seguro y confiado en la certeza de su poder, ha encomiado los envidiables datos económicos rusos sobre el crecimiento del PIB y la reducción del desempleo. Por paradoja, precisamente la certeza demostrativa, casi insolente, exhibida por Putin, permite rememorar que la historia reciente de Rusia está principalmente marcada por su presencia en el poder: primero, primer ministro de Boris Yeltsin, luego presidente durante dos mandatos, después primer ministro de nuevo con Medvedev en la presidencia, hasta volver a ser ahora número uno del Kremlin". El carácter de su leadership, a juicio del diario de Turín, "subraya la continuidad entre la antigua Unión Soviética y la Rusia de hoy".

De momento, aunque crezcan las muestras de oposicion, aumenta también la represión y la consiguiente fuerza del Régimen. Si Putin es capaz de contener a más de mil periodistas durante más de cuatro horas y media en una sala de prensa en Moscú, no le será difícil mantenerse una década más en el poder. Pero, señala The Guardian (21‑12‑2012), "se ha hecho rehén de su propia suerte": un segundo Kursk u otro desastre nacional, le podría hacer perder su primacía. Está en juego el bien de Rusia y de sus zonas de máxima influencia en el mundo, sobre todo, en Oriente Medio.

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