Sábado 21/10/2017. Actualizado 21:31h

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Tribuna libre

Los interrogantes y las sospechas van a estar de actualidad hasta que se aclare completamente la tragedia de Barajas

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La necesidad de tener respuestas rápidas es incompatible con el trabajo de los investigadores. No es fácil evitar las especulaciones y las sospechas, pero llegar a saber la verdad, es una exigencia a la que la sociedad española no puede renunciar.

Se ha dicho, y es verdad, que el mayor consuelo que pueden tener las familias de las víctimas, es conocer la verdad sobre lo que ocurrió en Barajas. La verdad está muy lejos de las especulaciones pero las especulaciones son inevitables.

Nos quedan días, meses, de preguntas. Cuando apenas habían transcurrido 24 horas del accidente comenzaron a salir a la luz hipotéticos trapos sucios de Spanair en relación con las relaciones laborales en la compañía, excesivos ahorros en costes de mantenimiento, presiones al personal de cabina etc. Todo eso es inevitable. Como es inevitable que las familias se desesperen por la falta de información y acusen a la aerolínea de ocultar hechos y situaciones.

Es en una situación como esta, cuando los poderes públicos, los medios de comunicación y los ciudadanos, deben de mantener la calma sin ceder un ápice en el derecho de lograr que se esclarezca lo que ocurrió. Pero para eso hay que dejar que la investigación siga su curso al ritmo necesario, sin ningún tipo de prisa ni, por supuesto, de retrasos innecesarios.

Como ocurre siempre, se aprovechará la tragedia par extremar las medidas de precaución, se activarán al máximo los protocolos de revisión y mantenimiento y los responsables de la navegación aérea escaparán por un tiempo de la rutina diaria. Que sea para bien.

En ciertos casos, la rutina es buena y los protocolos a seguir, plausibles. Pero siempre y cuando sean mínimamente razonables y tengan la suficiente flexibilidad como para atender situaciones inesperadas que suponen una tragedia colectiva.

Lejos de lo razonable ha estado la actuación del Comité Olímpico Internacional con sus rutinas y sus protocolos. Aplicar sin el menor miramiento una norma que no se sabe muy bien ni por qué existe ni de dónde sale es, cuando menos, irracional. No es pensable que una sola delegación de las que están en Pekín hubiera esbozado la más mínima queja porque los deportistas españoles compitieran con brazaletes negros o porque la bandera española ondeara a media asta.

Los directivos del deporte, en este caso el COI, que constantemente son protagonistas de injusticias, cacicadas y arbitrariedades sin cuento -y de las que solamente ellos saben el beneficio que obtienen- han ofendido la sensibilidad española y, seguramente, la de otros muchos países. El argumento de lo que se ha hecho siempre o del agravio comparativo, es pobre, falaz e hipócrita.

Y pobre ha sido la respuesta del Comité Olímpico Español que -tras acatar como no podía ser de otra manera la decisión- estaba obligado a patentizar, de forma mucho más  explícita y enérgica, su desacuerdo que es el desacuerdo de todos y cada uno de los españoles.

Ya sólo queda esperar y ayudar a las familias de las víctimas en todo lo posible. Es de suponer que el apresuramiento de los políticos por no quedarse atrás en las muestras de solidaridad y condolencia, no sea fruto de la efervescencia de un día, sino el convencimiento de que hay que estar ahí en todo momento y en cualquier circunstancia.

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