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La ira, una guía para la excelencia

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Seguramente usted tenga experiencia de situaciones que le enfadan, indignan y de que esta sensación de disgusto se alarga en el tiempo y se hace extensible a otras situaciones o personas que nada tienen que ver con la que originó tal desagrado. ¡Es la ira!

                Seguramente usted tenga experiencia de situaciones que le enfadan, indignan y de que esta sensación de disgusto se alarga en el tiempo y se hace extensible a otras situaciones o personas que nada tienen que ver con la que originó tal desagrado. ¡Es la ira!

                Tenemos en la memoria la reacción de Aznar ante los insultos de unos estudiantes o la del jugador del Real Madrid, Pepe, que le arreó tal patada al defensa que consiguió cinco partidos de sanción.

                A bote pronto parece que es una emoción negativa e incluso hay quien la relaciona directamente con un pecado capital o una pasión desordenada. No olvidemos que el mismo Jesucristo se enfada con los fariseos, con Herodes, con los vendedores del Templo y también con sus queridos apóstoles.

                La ira es una de las emociones básicas, útil para la supervivencia y también para la excelencia. Es una alarma que enciende un piloto rojo en nuestro cuadro de mandos y solicita que atendamos a algún ámbito de nuestra vida. Cómo lo atendamos nos puede ayudar a enriquecernos o a perder los papeles.

                También tendrá usted experiencia de que la ira puede tener muchos efectos colaterales. Por ejemplo se limita la atención y se atiende sólo a la situación que nos enfada, se piensa de manera reiterada en lo que nos ha enfadado, se activan y recuerdan otras situaciones que nos enfadaron, se imaginan situaciones futuras que nos llenarán de ira otra vez. Incluso puede anular el recto juicio y hacer que actuemos de una manera que nunca haríamos en estado sereno: se me fue la olla.

                La ira es un mensajero que nos trae información. A veces una cartita, otras un sobre gordo o quizá un pesado paquete. Puede ser más beneficioso no matar al mensajero, sino despedirle con una amable sonrisa y quedarse con la información que nos trae para actuar en consecuencia.

                Antes de actuar podemos considerar si esa irritabilidad tiene su origen en factores biológicos como haber dormido mal, que sean los días previos a la menstruación o estar más cansados físicamente. O si es debida a la influencia de factores como la luminosidad o la temperatura del día, la presión atmosférica, o a comidas o bebidas que me excitan o me ponen más susceptible. Si es así, nos vamos conociendo mejor y le damos la solución oportuna: descansar, dormir o esperar unos días para ver ese asunto con una mirada más nítida.

                No hay que olvidar que la hostilidad o presencia de rabia poco controlable puede avisarnos de la presencia de una enfermedad, como la irritabilidad de la depresión o de la ansiedad, o el Trastorno del Control de los Impulsos que dificulta controlar la ira, como Antonio que le daba puñetazos a las paredes y puertas y que le grita a su novia, porque las cosas no salen como él espera. Para solucionarlo podemos consultar con un médico.

                Si no hay nada de esto y la ira se produce en un estado basal habitual, vale la pena el esfuerzo de frenar, no escandalizarnos de su presencia en nuestro corazón y escuchar a ver qué mensaje nos trae. Responderemos según las diferentes situaciones, pero siempre podremos hacerlo con seguridad y optimismo. Para llegar a esta realidad hemos de educarnos, aprender, enriquecernos nosotros mismos y desarrollar competencias en la escuela de la ira. Siempre tenemos la oportunidad de sacar provecho a la ira y que nunca nos robe la paz ni la serenidad interior.

                Ante una situación que nos genera queja, disgusto, amargura puede ser beneficioso no responder inmediatamente, sino separarnos del problema, coger perspectiva y hacerlo relativo a las circunstancias que lo envuelven. La pregunta es: ¿Por qué esto me enfada, me indigna, me genera rabia, me fastidia o me molesta? La respuesta nos aportará información en cuatro tipos de situaciones.

                En primer lugar puede que me indigne porque algo es malo en sí o es injusto. Así le pasó a Jaime que al ver que la Guardia Civil no hacía las cosas como debía se bajó del coche y se encaró con ellos, llevaba razón, pero en el modo de hacerlo llevaba las de perder. A veces es precisamente gracias a la ira por lo que intervenimos y solucionamos los asuntos. Ante situaciones así, puedo plantearme qué puedo hacer yo por arreglarlo y hacerlo. Si no puedo hacer nada, no vale la pena darle vueltas. Solemos ser más efectivos y hacer las cosas mejor cuando estamos serenos que cuando actuamos movidos por la ira.

                En segundo lugar puedo sentir la cólera que me indica que eso no es provechoso para una persona a la que quiero. Puedo pensar cómo ayudarle, y ofrecer la ayuda desde el cariño, que es un lenguaje que todo el mundo entiende, en vez de enfadarme con él, juzgarle y chillarle, acciones que probablemente generen el rechazo a mi ayuda, por muy bienintencionada que esté.

                En tercer lugar puede ser que el enfado me avise de algo malo para mí, y me ayudará a responder alejándome de aquello, para no perder o no ser dañado. Pero con la alegría de que libremente nos alejamos de algo que nos puede robar la paz y la serenidad, sin dejar que sea la ira lo que me amargue el día.

                En cuarto lugar tenemos las situaciones más enriquecedoras, aquellas en las que las cosas me molestan a mí sin más, pero sin daño o maldad. Por ejemplo cómo va vestido alguien, su tono de voz, el modo de hacer las cosas que no comparto, un proyecto que no me gusta, que me recuerda a otra historia que me enfadó y me genera desprecio, repulsión, exasperación o desagrado. Aquí puedo ganar en paciencia, aguante, capacidad de espera, fortaleza, resistencia, tolerar el malestar, respeto a los demás y en cómo quererles mejor.

                Así, la ira me puede dar muchos frutos buenos: conocerme mejor, tanto fisiológicamente como en el plano cognitivo y emocional; desarrollar capacidad de reflexión y análisis de situaciones que requieren una intervención; diseñar esa intervención contando con la realidad sobre la que intervengo y con mi realidad personal desde la que intervengo y aumentar mis competencias en las relaciones interpersonales.

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