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Tribuna libre

La juvenalización de la sociedad actual

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A pesar de sus carencias, limitaciones y contradicciones, la juventud actual está considerada como un valor en sí misma.

Un artículo de...

Gerardo Castillo Ceballos
Gerardo Castillo Ceballos

Profesor emérito de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

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Su influencia social es mayor que en épocas anteriores, como lo prueba que es noticia diaria en los medios de comunicación. Últimamente impone sus gustos, aficiones, forma de hablar y de vestir, etc. a personas de otras edades. Además, sus demandas tienen mucho eco (aunque no siempre sean atendidas). Hoy ser joven es un valor que se vende muy bien. En todos los grandes almacenes existe una “sección joven”, en la que se puede comprar ropa joven, mueble joven, música joven…

La creciente influencia social de la juventud sería una buena noticia si significara que los mayores son jóvenes de espíritu y obran en función de ideales. Pero no suele ser así. Muchos adultos se sienten incómodos ante la fuerza social de los jóvenes, hasta el punto de ceder en sus propios principios y costumbres. Aceptan dócilmente el lema de vivir para sí mismos y divertirse a tope. Esta conducta está fomentada por las ideologías del “nuevo individualismo”, que promueve la “moral de la tolerancia”, según la cual la bondad de los actos se fundamentaría en el deseo y no en la norma moral.

Para presentar de forma atrayente los nuevos “valores” el individualismo recurre a la manipulación del lenguaje. Las debilidades y defectos más primarios del ser humano se disfrazan con eufemismos. Por ejemplo, el egoísmo es “autorrealización”, mientras que el impudor es “sinceridad”. Y si se prueba que algún comportamiento es realmente un error o un defecto, se atribuye a un “déficit de autoestima” o a una dificultad de “adaptación”. Las conductas inmorales serían “desajustes psicológicos”. La psicología sustituye a la ética; por eso algunas personas están cambiando el confesor por el psicólogo.

Todo esto refleja que la sociedad vive actualmente un proceso de juvenilización. Consiste en que los mayores copian el comportamiento de los jóvenes, tanto porque se ha puesto de moda como porque no se resignan a vivir en su edad. Naturalmente, se exponen a hacer el ridículo, como, por ejemplo, cuando pretenden practicar deporte de alta montaña con más de 65 años.

En algunos anuncios dirigidos a la “tercera edad” se les intenta vender un auto deportivo descapotable con dos plazas (en el que no caben los nietos) con este slogan: “lo que siempre quisiste tener; te lo mereces”. Otro ejemplo: se les ofrece un carísimo viaje para jubilados en el que por fin tendrán la oportunidad y el privilegio de bailar con la música y el ritmo de los jóvenes de ahora.

La pretensión de vivir como los jóvenes está provocando que aflore en los mayores la personalidad de Peter Pan, el niño egocéntrico y narcisista que permanece oculto dentro de nosotros mismos y se resiste a decirnos adiós.

El infantilismo y la mentalidad adolescente de muchos adultos se suele observar incluso en algunas fiestas familiares, en las que tanto los hijos como los padres están más pendientes de los móviles que de conversar entre sí.

Hoy conviene recordar unas palabras de Paul Claudel: “la juventud no se hizo para el placer, sino para el heroísmo”. Y otras de Gustav Thibon: “la juventud tiene su verdad y su belleza mientras dura. Si se intenta estirarla más allá de sus límites, se hace crónica, como algunas enfermedades. Al querer agarrarse demasiado al fugitivo brillo de la juventud se corre el riesgo de caer en un estado semineurótico, el de la fijación del pasado. Y de ahí a no saber acoger los preciosos dones de la madurez y de la vejez”.

La situación en la que viven los “peterpanes” mayores suele provocarles alteraciones emocionales, como la ansiedad y la depresión. Además, al no asumir compromisos y responsabilidades, tampoco obtienen logros personales, lo que afecta negativamente a su autoestima.

Uno de los candidatos a ser “peterpan” vitalicio es el adolescente que pasa de ser sobreprotegido y mimado por su madre a serlo por su esposa. Se le reconoce por estos síntomas: mucha necesidad de ser atendido; centrado en sí mismo; culpar a otros de sus propios errores.

Otro candidato es el que tuvo una infancia muy feliz o, por el contrario muy infeliz. En el primer caso la función del síndrome de Peter Pan es perpetuar esa infancia dichosa; en el segundo caso es recuperar la infancia que le fue robada.

La inversión de valores en la sociedad actual, colocando en la cúspide de la pirámide axiológica la utilidad y el placer es una fuente de desesperanza. Lo diré con unas palabras de A. Llano: “el hombre no sólo tiene hambre de pan o de poder: tiene, sobre todo, hambre de sentido” (A. Llano).

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