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Tribuna libre

De libros y piscinas – Sushicostumbrismo – Un diario en alpargatas

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…un diario de prosa relajada y veraniega, al hilo de las copas y las letras, con ‘cosas vistas’ y cosas leídas, y un cierto afán de hedonismo asistemático…

‘No tenía razón para llorar porque estaba feliz de esperarlo’. Primera nieve en el monte Fuji.

Han sido tantos meses de decir que no y hacer Pilates que su llegada a la piscina de la ‘urba’ sólo podría disimularse si se pudiera disimular un terremoto. Hay mil maneras de recogerse el pelo por casualidad y ella supo encontrar la más hiriente. Avanza hacia la sombrilla como quien toma el poder, y hay ahí tantas adolescencias detenidas, tantos padres de familia que -de pronto- recuerdan. Todo el mundo aprende lo que va del pareo al contoneo, incluso la vecina que le detecta celulitis. El movimiento culmina en apogeo. Las gafas de sol le sirven aún como misterio, mientras se suelta el pelo y asistimos a una publicidad nueva o a una mitología antigua. Media piscina querría invitarla a una coca cola mientras ella se aplica loción Piz Buin, resistente al agua y los moscones.

La generosidad intelectual es un deber, entre otras cosas porque es la base de la crítica. También se nota que es un deber en que a veces cuesta.

Mi barrio se ha degradado tanto que estos últimos años han abierto –de nuevo o de viejo- cuatro librerías. Digo que el barrio se ha degradado porque de ir bien hubieran abierto cuatro coffe lounges o cuatro tiendas de tangas, etc.

¿Por qué no hay algo así como un politono Garcilaso? En los móviles hay todas las músicas, de las insinuaciones tropicales a los galopes wagnerianos. También podrían sonar poemas recitados: ‘Hermosas ninfas, que en el río metidas…’, o bien ‘Faltar pudo a su patria el grande Osuna…’ Sería bonito. Bastaría con un par de buenos versos para entrar en el instante de la voz humana, de la evocación poética a la mitad de una reunión: ‘compadre, vengo sangrando / desde los puertos de Cabra’.

Sólo sabía ser o fuego o hielo.

En Ríos Rosas, Bichobola quiere ser una casa de comidas actualizada y logra serlo sin la pijez que cabría esperar. Hay incluso un toque ‘old Madrid’, aunque en las casas de comidas no es común que suene Leonard Cohen o que las frascas de agua sean italianas o que haya curry o –si nos ponemos- garnacha del Montsant. Otro signo de los tiempos es que se llame Bichobola y no Casa Juani: al principio tuve mis dudas con el nombre –el bichobola o cochinilla es un artrópodo no comestible- pero cualquiera que haya sido niño en un jardín se hizo amigo de los bichos-bola para siempre de modo que hay algo así como un grado de ternura. Hay que decir cuanto antes que Bichobola es uno de los sitios donde mejor se come en Madrid por menos dinero: por supuesto, hay lugares donde tomar una ensalada anémica pero en Bichobola hablamos de comer con vino y postre y relajación. A mediodía tienen un menú de doce euros que los está aupando mucho pero se puede comer de carta a precios de 1999 y los vinos están bien elegidos y poco gravados. La cocina tiene algún altibajo cierto pero sorprende hasta qué punto han atinado hasta hacer, en efecto, una casa de comidas. Ahí incluso se entiende lo del curry, comida popular, en una ciudad que, efectivamente, está más hecha al curry londinense que a la porra antequerana. El lugar tiene sustancia, como me demostró el rape con verduritas, al alcance de una tía abuela solterona de las de antes. Lo lleva gente con buena educación y eso redunda en el servicio.

Tiene una voluntad admirable en conseguir cuanto no le conviene.

Desde el viejo Lucifer, todo orgullo busca un abismo por el que despeñarse.

Con un poco de suerte, saber exactamente dónde vamos a terminar tal vez ayude a no terminar ahí.

En Estados Unidos, son abortados el ochenta por ciento de los niños con síndrome de Down. Poco a poco se va instaurando la perfección como requisito necesario para nacer. Es curioso porque la mayor parte de la gente con síndrome de Down tiene los mismos estímulos e intereses vitales que el noventa por ciento de sus perfectos compatriotas: leer las páginas de deporte, bailar si suena música, ver el equivalente de OT. Es muy de notar el contraste con ese viejo cristianismo que los institucionalizaba, los vestía muy guapos y muy limpios, les enseñaba el catecismo y les daba trabajo en un taller.

A propósito de esto, se lanza en ética el ‘factor puajh’, ‘the yuck factor’, en realidad un iusnaturalismo no por emotivo menos humano, es decir, la constante de repugnancia que tiene cualquier individuo estándar al cargarse a niños subnormales, pagarle a un desconocido tantos cambios de sexo como requiera para sentirse bien, o provocar sordera al niño porque uno es sordo. El impulsor del proyecto Gran Simio, en trámite de aprobación en España, postula directamente el infanticidio durante el primer mes si el niño es defectuoso, esto es, si nace enfermo o con los ojos de color marrón mediocre. El Washington Post publica un largo artículo, muy crítico, sobre la aprobación parlamentaria del proyecto Gran Simio en España. Aquí el problema va a ser que tenemos cuatrocientos monos en los zoos y no podrán estar ahí en cuanto accedan a la plenitud de unos derechos humanos ‘que no han de restringirse a nuestra especie’. Me imagino que habrá quien quiera que los monos voten pero otros pediremos que paguen impuestos.

La casa, ‘un gran corazón de piedra’, según Lamartine.

Noche de camaradería, con voces y guitarras, como si estuviéramos en un tablao. Improvisaciones virtuosas, afinado sin ensayo. En un momento dado, es crítico sustituir la ginebra por cerveza. Salimos y ahí está el alba enemiga: la alegría le puede al malestar pero de pronto uno no sabe qué hacer con tanto día por delante, como si hubiera que elegir entre la derrota de dormir o la derrota de seguir despierto.

Dos viernes seguidos en D. B., derrumbadero de todas las esperanzas. De pronto, me veo a mí mismo en diez años: gordo, mal vestido, cínico, embrutecido, egoísta, abandonado de mí mismo, inseparable de las copas, hablador de tonterías, perdida toda seriedad, ‘bailando con lobas’, reptando por la vida. Y no sé si esto es una vanitas o un Dorian Gray a la inversa o si debiera ser aquello que sintió un Borja ante el sepulcro. Recuerdo el mandato de Rilke, abrupto, por sorpresa: Du muss dein Leben ändern. Debes cambiar tu vida.

69 Pétalos, Alberto Alcocer. De pronto parece que sólo se hubieran ido los hombres de vacaciones. Las hijas de militares no son lo que eran. Pagarse unas vacaciones en Madrid debe de ser de las cosas más caras de la tierra.

‘La ascética posee un valor sobrepersonal’, dice Jünger en La Tijera.

Por cierto, que en la biblioteca hay un grillo por la noche y le he llamado Jünger. Barajo otros nombres por si aparece una rata.

Pedirle a Dios el don de los buenos sueños.

Una poetisa americana marca las reglas: ‘stop, if your car is going ‘clunk’, / don’t answer emails when you’re drunk’.

Hay una hora triste en las piscinas, cuando cayó la tarde y la atmósfera es de color azul marino y el último bañista sale del agua con los labios morados y el viento levanta las toallas de las tumbonas y hay vasos sin recoger y las mujeres se están secando el pelo en sus cuartos y las luces no se han encendido y no suena la música y los camareros, los camareros, esperan en la barra todavía…

Agua primordial, como si nos bañáramos en líquido amniótico. La alegría del agua.

Ejercicios de traducción festiva:

Sarandongue!

Nous allons manger,

Sarandongue!

Un ris à la morue,

Koushi-biri, koushi-biri…

Por el centro de Madrid, turbas de gentes, elegancias enfáticas, carteles con causas, pintadas de pacifismo agresivo, noches de aspecto balcánico. ‘Báratro espantoso’. No me ocurre nunca pero de pronto echo de menos una ciudad más suiza, con parterres, con macizos de filadelfos, con porteros con gorra y niños en uniforme de colegio, camiones de basura con silenciador, arquitecturas discretas, carteros que no te atracan y panaderas que dan los buenos días. Una ciudad con temperaturas razonables, con nubes y claros y estudiantes de Derecho de derechas.

Leo no sé en dónde un artículo poco serio sobre los libros y el dating: los libros por los que nos apartaríamos de alguien o nos engancharíamos. Hay cuatrocientas opiniones en el foro de debate, en parte porque Inglaterra es país raro y lector. Cuando conocí a T, ella llevaba un libro de artículos de Carandell bajo el brazo. Luego ha hecho la tesis sobre María Teresa León. Pese a ser filóloga, era guapa, educada y normal, pero la influencia profesoral suele ser destructiva hacia la instintividad lectora así que a estas alturas no hay esperanzas. Me han regalado libros de Henning Mankell y de Selma Lagerlöf. Bien por Lagerlöf. Por mi parte, he regalado a veces algunos de mis libros preferidos, o he intercambiado sin salir perdiendo de un modo absoluto. Lo más heroico que he conocido es a lectoras de Zola o de Bioy Casares pero la de Bioy se quería literata, Dios nos asista, y me sorprendió que una chica me dijera que Lolita –una épica del mal- era su libro favorito, quizá porque no había leído el Quijote. Ahora, si de pronto viera a una moza en una cafetería leyendo con avidez las Oraciones Fúnebres de Bossuet o el Tirante el Blanco o las Cartas de Keats o Nuestro Padre San Daniel o Riofrío: un pueblecito de Ávila, o si se riera con Lichtenberg en alemán o pasara las últimas páginas del segundo volumen de los diarios de Morand o el In search of lost roses o a Édouard Dujardin, me quedaría primero atónito y luego escéptico; primero pensaría que es una extranjera haciendo una tesis; si no, que es un error. El argumento no es machista sino tan empírico como que no he visto nada de eso, de la misma manera que un hombre no gusta porque pase las noches leyendo algo sensible y exquisitísimo, no sé, una mezcla de Baruch Spinoza y Kenneth Clark. Por lo demás, las conversaciones sobre libros son una especie de bromuro fulminante. A Inglaterra le pega que las cosas sean distintas.

El catolicismo es más que un club.

Me he montado en un taxi-mercedes… ¡con tapicería de cuero!

Las cosas van muy bien si uno se pone a tararear con el taxista.

‘La raza de los taxistas tiene el don de adivinar lo que puede decir y a quién’, C. Milosz.

Cena en Shikku. Shikku, no confundir con Sepukku, bien puede hacer de Kabuki B, sin que medien más de cien metros de uno a otro restaurante. Abrió hace un suspiro y está dando mucho que hablar, en la medida en que está llenando cada noche. No todo lo que da que hablar es para bien pero creo que habría que ser indulgentes de modo generalizado con los restaurantes que abren pues tienden a abrir a medio gas y me imagino que es a la hora de abrir cuando el cocinero se parte una clavícula o hay una plaga de cucarachas en el barrio. El mismo Kabuki estuvo el pasado mes de agosto dando menú hasta completar el rodaje. Los menús de Shikku están mal cuadrados –lo reconoció la chica- y se insiste mucho en el Wag Yu pero pedimos de todo y avisamos de que comemos como reclutas y nos entienden milagrosamente bien, y los platos también llegan bien sincronizados, y hay en el servicio –conozco al maître, sobrio profesional- algo así como una alegría laboriosa; ‘todos limpios, todos diligentes y todos contentos’, por decirlo con Cervantes. El ‘black cod’, en principio, no tiene nada que ver con el bacalao, pero a mí me recordó al bacalao y me entusiasmó menos que este. Quizá estoy siendo injusto pero es que esperaba una apoteosis. En fin, marinados sutiles, juegos de cítricos, la frescura clave de lo japonés recién hecho, un par de buenos rieslings y un novísimo vino –Cuatro Kilos- mallorquín, del que aún me cuesta formarme una opinión. La sala está recubierta de una especie de telaraña de plástico de la que, en cambio, sí tengo opinión.

‘Caballeros enamorados y valientes’ de Cervantes. Cervantes también sabía que las pasiones masculinas suelen gestarse a favor del propio narcisismo.

Me proponen ir a comprar garrochas de fibra de vidrio.

Leo en algún lugar que Dios nos dio memoria para tener rosas en invierno.

Es curioso ser juzgado por lo que uno puede hacer y no por lo que hace, como si no existiera la posibilidad de que uno hace lo que puede hacer.

La placidez es la hermana guapa del tedio.

Un tipo muy específico de hombre: el peluche de la oficina.

Una de las cosas que hay que agradecer a Proust es que ya fuera proustiano por nosotros.

‘El orden da luz a la memoria’, dice Cicerón, pero eso será cuando no alumbra la manía. Aprender a convivir con un cierto desorden es como descubrir que la maleta tenía ruedas.

En la literatura a algunos les tocó ser gorriones y a Mauriac le tocó ser alcotán. Es una envergadura de poder, quizá el último de los grandes estilos, por pura grandeza de alma. Vive en las cumbres. Como en otros casos, Mauriac se pone a escribir y es como si se pusiera a escribir toda la literatura. La prosa también es una brega pero hay algo infuso o inspirado en su coordenada de inteligencia y aspiración, de exigencia y sensibilidad, un soplo superior. Viejo paradigma del escritor con vocación de ejemplaridad solitaria. Nos sigue pareciendo apolíneo pero no ha fosilizado en absoluto. Si evita la declamación –como evita la ternura-, tampoco cae en la condescendencia. Es una potencia concentrada, inmóvil, de alta doma, como los caballos que galopan sobre el sitio: esa elegancia del vigor sólo se consigue tras mucha fusta y mucha espuela. Es muy posible que pocos hayan tenido una consideración de la escritura de tanta nobleza y de tanta responsabilidad, de tanta convicción: no porque se quisiera una voz en el desierto sino porque parecía escribir ante un alto tribunal, más el de su conciencia que el de la literatura. Es de notar que triunfara tanta libertad de creación, en alguien que en absoluto es un intelectual a la francesa sino una planta crecida a la sombra de Pascal. Casi nunca tiene destellos porque no tiene altibajos, como la solidez más deseable. Es curioso que Francia la dulce haya criado escritores de sensualidad tan rígida. Mauriac como el frío de la inteligencia aplicado a las cosas, Mauriac en su altura inalcanzable. ‘Ha llegado la hora de renunciar a la complicidad de las tinieblas’.

Hay algo absoluto en la mañana que –desde primera hora- tiene una intensidad azul y arena. No hay persianas para tanto reverbero. El café del desayuno se alarga en la lectura del periódico y la hora se hace tardía de modo imperceptible. El paso de los años correlata la felicidad del niño en la playa con la felicidad del adulto que escribe frente al mar, como una libertad gozosa. El teléfono no suena. El infinito ante los ojos y la brisa entre los dedos de los pies.

Que al menos nadie diga que el autoservicio en las gasolineras es un progreso. Querer hacer la vida del todo autónoma implica deshumanizarla. No creo que a nadie hubiera que recordarle que el mozo de la gasolinera es nuestro igual. Hacía un trabajo útil y digno, como bien sé cada vez que voy a repostar, con el añadido de aligerarnos con dos palabras de conversación. Se le daba una propina, y la propina ha sido siempre código de estima y cortesía, y el gesto más fácil para la liberalidad. Menos sentimentalismo publicitario y más mozos con la riñonera para el cambio.

Leo que los ojos tienen sus raíces en el corazón, y aquí hay como para meditar un año entero.

Oven 180 ha sido el restaurante social del año. Restaurante social es aquel donde un tipo de gente va a buscar la afirmación placentera de ser quienes son: es curioso que la gente vaya a comer para consolidar su status y no para hacer una buena comida pero creo que esto tiene que ver tanto con un cierto narcisismo como con mecánicas de dependencia. Por supuesto, hay que hacer amigos –como recomendaba Virgilio- entre los iguales pero si uno quiere comida china tendrá que irse no ya al chino del Palace sino a un par de comedores con mesas de formica por Puente de Vallecas. Bien, el cliente medio de Oven 180 se quiere pijo-intelectual y con dinero y el ambiente los refleja. El restaurante es de la hija de M. L. Barreiros y casi siempre hay algún vip comiendo ahí, además de la Barreiros. La decoración es de G. Vinuesa y el encargado, por supuesto, no hace más que escarnecerla. Oven 180 tiene esa curiosa desgracia de los restaurantes que triunfan sólo con un plato –la hamburguesa, en su caso- mientras el resto de la carta languidece. La hamburguesa es de ternera blanca picada a cuchillo pero ni me enardece el plato ni me deja indiferente el precio: por el equivalente de treinta y tantos dólares, me temo que en el país de las hamburguesas puede uno ‘tripitir’. Es más, la hamburguesa de Oven me gusta menos que la humilísima de Peggy Sue’s, servida por una camarera con chanclas recién llegada de Kiev. El tataki de buey de Oven, en cambio, era cosa hermosa, las croquetas en verdad cum laude y todo tan bueno como se espera de los nuevos postulados de la informalidad ennoblecida y sin manteles. Creo que la gerencia del restaurante sabe lo que tiene con un servicio en sala espléndido: un señor que estuvo en Alatriste y un chico extremeño de muy buen carácter, además de una asiática con la abnegación que se espera. En la carta de vinos intentan vender el Comenge de la dueña pero hay cosas como el Habla, ese vino que alababan como ‘el vega sicilia’ de Extremadura, muy para mi espanto, y al que hay que reconocer gran perfección.

El chino del Palace, refiero con alegría, se ha ido consolidando como la institución requiere. La decoración funciona. El servicio y la cocina han mejorado. Creo que los viernes y los sábados por la noche está lleno de secretarias pero a diario, a mediodía, es lugar de encuentros fascinantes. ¿Dónde están los novelistas que sabían insinuarlo todo?

Hay que adelgazar como sea o buscarse en la piscina el rincón de las morsas. Mes de sushi y –en consecuencia- de sushicostumbrismo. Hablan mal de Summa pero ceno fenomenal -tan fenomenal que hasta me invitan. En Pink Sushiman ya pasamos al sushi para el pueblo. Nada que oponer, salvo que el sushi no está en lo que antaño se llamaba precios populares y es de una calidad decepcionante. Decoración postpopera, todos en camiseta, todo muy happy, atractivo japo-americano de la cocina automática en la que uno puede tomar lo que quiera y a la hora que quiera.

Someterse a la humillación de escribir de joven para ver si escribimos bien de viejos.

Salgo a comprar discos para el verano y un par de libros que ando buscando. Es sábado por la tarde y no me hago la ilusión de que estén abiertos Harmonia Mundi, Altair y Marcial Pons. Mejor ahorrarse el taxi. La Casa del Libro de Gran Vía es superior a la de Goya pero sigue siendo un hangar de decepción. Adiós a las librerías con fondo. Las lagunas son totales: busco en la sección de viajes y parece que el género humano no hubiese escrito más que guías turísticas. La de Goya, insisto, es particularmente horrible, además de causar el horror librorum por tanta cantidad que nos pone en el compromiso de saberlo todo y morir de asfixia o de retirarse al desierto de la casa. Por otra parte, ¿cómo demonios ponen hilo musical? Se supone que uno apetece el silencio y que tiene que concentrarse al buscar libros aunque ahora recuerdo que en Hiperión también hay hilo musical pero ahí todo se reclama más selecto. Desde luego, no haré el elogio de las pequeñas librerías: cuanto más grandes mejor, y hoy las mejores librerías son Amazon e Iberlibro. Dato indicativo: cuatrocientos millones de hispanohablantes y no hay un Amazon en español porque no hay mercado. De la FNAC ya ni hablo porque creo que es el peor mal que nos aflige y que habría que fumigar de agua bendita el edificio y aun su zona de influencia, para luego sembrarlo de sal y esperar al cumplimiento de los términos de purificación que indica el Levítico y sólo después erigir una iglesia a modo de reparación. Pese a todo, entro allí, con la esperanza de que la cultura de lo guay de alguna manera aliente la presencia de discos de jazz. Nada. No hay nada. Salgo de la FNAC sacudiéndome el polvo de los guccis, camino a El Corte Inglés, sólida empresa que encarna los valores de una burguesía razonable, donde las mujeres compran los blazers azul marino a sus maridos. Como esperaba, encuentro ahí un buen filón, igual que pasa con los vinos en el Club del Gourmet: hay razones complejas para explicar que estas cosas ocurran pero en ningún caso ocurren sin razones. Compro una barbaridad de discos y –de retirada-, aún veo otro par apetecible y una compilación de esas Parisiennes que musicó Claude Bolling. La cajera, a Dios gracias, parece no creerse de ningún olimpo cultural y, en consecuencia, atiende muy bien, exactamente como si me hubiese despachado medio kilo de melocotones.

Si me preguntase por qué ando, no andaría.

Añoranza de los tiempos en que uno tenía su columnista y no se le pasaba el día en que leerlo, siempre como una iluminación parcial, como cinco minutos de agradecimiento. El vínculo era exactamente de agradecimiento. Hoy estamos en los blogueros de referencia. Desde luego, a David Brooks le mandaría un jamón si no fuera judío, o le remitiría mil dólares si me sobraran dólares: ‘no baje usted a comprar el pan, por favor, siga escribiendo’.

Estamos tres en un bar. A se va al baño y B aprovecha para hablar mal y murmurar. Pasan diez minutos. B se va al baño y A aprovecha para hablar mal y murmurar. Pasan otros diez minutos y me levanto al baño a ver si hay suerte y hablan un poquito mal de mí.

El Cardenal George habla de cómo la religión ha pasado de ser ‘an organizer of life’ a ser un ‘personal motivator’.

De alguna manera hemos sobrestimado el valor del catolicismo popular y unánime, la campana que suena en medio del valle, las casas filialmente en torno de la iglesia, hablar de los santos y no de los días. Sin duda era maravilloso pero cabe pensar que toda sociedad cerrada encuentra sus costumbres sabias. De sociedad cerrada a sociedad abierta, nos ha sorprendido la debilidad de la raigambre del catolicismo español. Aun quejándose, Milosz explica muy bien la vocación popular del catolicismo incluso como sistema –digamos- de reflejos virtuosos. Ahí constatamos una pérdida. El árbol se ha agitado y ha perdido muchas hojas. Sigue vivo, claro. Aun así, quizá habría que dejar de comportarse como si llenáramos cada semana las iglesias.

‘La institución familiar es decisiva no sólo a la hora de determinar si una persona es capaz de amar a otro individuo sino, en un sentido social más amplio, si dicha persona es capaz de amar colectivamente a sus iguales. El conjunto de la sociedad se apoya en el fundamento de la familia para la estabilidad, el entendimiento y la paz social’. Family and Nation.

En la muerte de Brinkley, el elogio póstumo: ‘qué sereno, casi podríamos decir qué orgulloso, Brinkley afrontaba su propia conversión en un anacronismo’.

Evelyn Waugh, en Scott-King’s Modern Europe, al hablar con el director de un colegio sobre unos padres que quieren preparar a sus hijos para el mundo moderno: ‘No les podemos culpar por eso, ¿verdad?’ ‘Claro que se les puede culpar, y yo les culpo. Pienso que sería verdaderamente muy malvado hacer cualquier cosa para preparar a los chicos para el mundo moderno’.

Tentación de la poesía moderna de confundir lo pequeño y lo exquisito. En mala hora llegaron los haikus a Uruguay.

Quizá cada uno necesite sus propios rituales. Yo apenas tengo. Pero cada vez que vuelvo aquí sé precisamente que tengo un lugar para decir ‘yo’ y ‘aquí’, un pasado que retorna para significar. El ritual es la necesidad de pasar por cada habitación, por cada cuarto, abrir cada puerta como un reconocimiento. Ahí siempre ha habido el mayor gozo, cinco minutos de soledad. Hace no tantos años, me gustaba ver cambios: un cuadro aquí, una lámpara nueva allá, alguien que corrió un mueble, una remesa de vino recién traída. Ahora lo que me gusta es que no haya cambiado nada. 

Como cada cumpleaños, me desean por carta ‘que se cumplan todos tus deseos’. Líbreme Dios.

Me entero con retraso de la muerte de Tony Snow, portavoz de la Casa Blanca tras el felón McLellan. Muerte por cáncer. Meses atrás dejó el puesto a Dana Perino, pálido fuego, guapa hasta el desaliento. Con la muerte de Snow muere otro periodista hondamente católico, alegre y bien dispuesto, a un mes de la partida de Tim Russert. Snow ha dejado un testimonio sobre su enfermedad, con más intención de verdad que de emoción. Le gustaba tocar canciones de Steely Dan y hacer rabiar a esa periodista octogenaria y revolucionaria que lleva en la Casa Blanca desde Kennedy. Le dio un corte memorable: ‘gracias por darnos la visión de Hezbolá’. Detrás de estos hombres de alegría suele haber, creo, hombres de humildad.

Ante el tartar de ‘toro’ de atún, en verdad excelente, pienso en los barcos españoles que van a pescarlo a Somalia, es decir, a quitárselo a los somalíes, dolorosos ciudadanos del segundo país más pobre del mundo. Dicen que lo primero que piden los piratas es que les den comida. Me imagino al montón de negros armados, desarmados más tarde, después de un marmitako.

El sentimiento no es el de vivir una época fuerte.

No sé cuánto dinero se habrá dejado en publicidad la marca Gant para luego aparecer ante el mundo en la camiseta de Karadzic.

El gato tiene más maullidos que el hombre paciencia.

Hay muy poca distancia entre tipo interesante y señor inquietante.

Echar a escribir.

‘En el fondo, el retrato es un género periodístico, completamente destrozado por la entrevista –yo hablo, tú tomas nota- y la cámara fotográfica’. Valentí Puig, Cien días de Milenio.

Del mismo: ‘la confusión entre humor y banalidad tiene el diagnóstico previsible del desuso de la inteligencia’.

La música, para gustarnos, tiene que sernos música de antaño.

F dice que el estatus en España lo da tener piscina o no tener piscina. Hay otros indicadores: tener o no un porsche cayenne, la ingesta per cápita de carabineros.

Cuatro artículos, cuatro, sobre la desaparición del pub en Inglaterra; sobre su mala salud, al menos. Se bebe un tercio menos de cerveza que hace treinta años. Eso no es que la gente se haya convertido al zumo de piña sino a otras cosas. Hay una crítica a los pubs actuales, por los añadidos a la ortodoxia primaria, menos en decoración que en trato y manera de estar. Ahora, por ejemplo, se sirven comidas, naturalmente detestables. El pub también tiene sus pastiches, y estos años ha sido curioso –por cierto- ver apedrear McDonald’s, tan apreciado además por los desfavorecidos, y no los restaurantes chinos o los pubs anglo-irlandeses, de los que hay más que McDonald’s. En el Londres del alto management y la bolsa, todavía llenan los pubs al salir de la oficina, todos de cabeza a la ‘hora feliz’. Por la noche, esa vitalidad se vuelve peligro y mucha bronca. En todo caso, uno tiene aún su pub como tiene su peluquero. En España, somos más bien de hacer la ronda y de ir al bar al mediodía y a la noche.

Otra visita a Becara, la tienda donde encontrar todo lo que necesita tu porche en El Plantío. Su éxito me sorprende precisamente porque luego no hay tantas casas en El Plantío. Exotismo adaptado al easy livin’. Hace tiempo que me obsesiona una langosta de bronce que tienen ahí. Ahora me obsesiona una cabeza de carnero, radicalmente maléfica, ideal para manosearla en la mesa del despacho para inquietar a las visitas. Por lo demás, en Becara hay tanto bicho que se ha convertido en el único enlace posible entre Anita Aznar y el señor Jünger.

Bar recóndito del Adler, como un búnker de caoba en ese desfile que es Goya. Botillería de altura. Secretos de la hora de la siesta. El placer de las cosas que se oyen y se dicen en voz baja.

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