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Tribuna libre

Sobre el liderazgo que, no siéndolo, muchos piensan que sí lo es

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¿Calificarías de líder a quien tiene por bandera hacer el mal? ¿Cómo te sentirías al saber que tu hijo (en el caso de que lo tuvieras) colabora al servicio  de un líder (¿líder?) mafioso, deshonesto y asesino? Si la primera respuesta fue sí, quizás con la segunda te afloren dudas. 


Un artículo de...

Santiago Ávila
Santiago Ávila

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[Cuarta entrega (de las seis anunciadas) sobre: En busca del Compromiso Perdido]

¡Comprométete! 

¿Calificarías de líder a quien tiene por bandera hacer el mal? ¿Cómo te sentirías al saber que tu hijo (en el caso de que lo tuvieras) colabora al servicio  de un líder (¿líder?) mafioso, deshonesto y asesino? Si la primera respuesta fue sí, quizás con la segunda te afloren dudas. 

Liderar, implica elegir, y elegir bien, esto es con criterio ético. Al liderazgo se asciende por los escalones del desarrollo comprometido con nuestras potencialidades (debemos hacer justicia a las mismas): intelectuales (saber); emocionales (sentir); de coraje (ejecución); y, por último, de criterio ético (principios).

Se asocia liderazgo con jefatura a pesar de que en el primero se adivinan dimensiones que nada tienen que ver con la segunda. El término jefe, como evocador de personas y desempeños autoritarios, se ha apartado de nuestra habitual expresión en beneficio del vocablo líder.

Y así, todo aquel que se emplee en labores de jefatura, acabará calificado de líder por el mero hecho de que la denominación primera (la de jefe)  “suena mal”, “no es guay”. Como derivada consecuente, y en la sobreactuación habitual en la que nos encontramos sumidos, el concepto de líder se ha impregnado de una serie de sinónimos  tales como: primero, puntero, mejor y, sobre todo, eficaz. El término, por fin, corrompido. Quien se emplea eficaz, al margen de cualquier tipo de escrúpulo, quedará encumbrado en los altares del liderazgo.

Un matiz clarificador -del cual no resulta habitual hacerse eco- consiste en evocar la simple diferencia de que el jefe lo es en la medida  que ocupa una posición directiva en una organización (si no la ocupa ya se sabe: no hay jefatura posible). Por el contrario, el líder lo es como expresión de un todo integrador de su genuina forma de ser. Un todo integrador que no admite  discontinuidad alguna. Lo es siempre, en cualquier  momento, lugar y circunstancia; no requiere de posición formal para mostrarse como tal.

 Liderar implica emplearse de forma inspiradora en todas las dimensiones vitales de la persona (familiar, social, y laboral). Y supone  hacer bien el bien. Esto es, con criterio ético.

Habitualmente, y de forma recurrente, se describe al liderazgo  en atención a lo puramente eficaz, dejando de lado a los aspectos éticos de la conducta. Es por ello  que, y sin rubor alguno, se consideran líderes a personajes como Hitler, Al Capone… y toda suerte de individuos que en su capacidad de aglutinar voluntades  pasan a ser considerados como tal.

Liderar es comprometerse con el bien. El liderazgo, para que pueda ser  así calificado, se debe a la ética, alcanzando a todos los roles posibles en la persona. Inspirar a los demás no conoce de cargos formales.

 Quien busca la objetividad se compromete con la verdad. ¡Comprométete con ella!

Próxima entrega: Las Sesiones Motivacionales y el soma de Aldous Huxley en “Un Mundo Feliz”

Santiago Ávila

Socio Director de Executives On Go.

Autor de “La gestión emocional” y “Aprendiendo a liderar” de la Editorial Pearson


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