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Dylan consiguió con “Like a Rolling Stone” el mayor éxito de su carrera. Aún hoy es considerada como la mejor canción de todos los tiempos, pese a no tratarse precisamente de un tema de amor.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Su áspera letra, parte de un extenso poema calificado por el propio Nobel como un vómito destinado a sacar de quicio, constituye una lección insuperable e intemporal sobre el mal de altura que aflige con tanta frecuencia a determinadas personas.

El de Minnesota describe con crudeza el sino de una atorrante procedente de una próspera familia. De la elegancia y desprecio al vagabundo, o de la indiferencia a las advertencias de caída y las risas altaneras, la protagonista pasa de pronto a tener que hablar en voz baja, a mostrarse desnuda de orgullo y a mendigar su próxima comida. De disfrutar del mejor colegio en el que de vez en cuando se cogía una buena cogorza, a verse viviendo en la calle y tratando con indigentes. De estar rodeada de gentes guapas que solo buscaban robarle y mantenerla como una princesa en su palacio, de fiesta en fiesta al considerar que ya lo tenía todo hecho, a descubrir de repente que no le queda más remedio que empeñar su anillo de diamantes y que debe compartir espacio con un harapiento que nada tiene que perder porque nada tiene, y que es invisible porque ya no cuenta con secretos que esconder.

“¿Cómo se siente estar ahora sin un hogar y sin rumbo, como una pordiosera desconocida, como una bala perdida?”, se pregunta una y otra vez un ácido Bob Dylan en el estribillo de este icónico tema.

No hay más crítica aquí que la merecida a los que se creen por encima del bien y del mal y confían que jamás conocerán la hora del ocaso. El pagado de sí mismo, que se considera indemne a la desdicha, y que por eso acostumbra a menospreciar especialmente a aquellos situados en peor condición. Los que nunca han escuchado a sus padres, como yo he tenido la dicha de escuchar, que torres más altas cayeron.

Dejar de ver en la cima los abismos y despeñaderos que la circundan no sólo es cuestión de carácter, sino de simple majadería. Si cualquier pequeño infortunio es capaz de devolvernos a la casilla de salida, resulta francamente estúpido destinar el tiempo en la cumbre a mirarse el ombligo, en lugar de intentar comportarse con esa sencillez y naturalidad que huye de la afectación y la suficiencia.

En mi vida profesional o académica he conocido a algunos maestros. Todos ellos, además de ser pozos de ciencia, acumulan altas dosis de normalidad en el trato, incluso de buen humor. Los distingo de los demás justamente por esos rasgos, que no suelen ser comunes en un contexto de tanta petulancia injustificada. Cuando culminan sus trayectorias, el hueco que dejan resulta difícil de llenar, porque desde arriba han ayudado generosamente a los de abajo sin mirarles por encima del hombro.

Por eso hace bien Dylan al preguntar con insistencia a la señorita solitaria cómo lleva su ruina. Y por eso cuando se alcanzan posiciones de relieve, siempre temporales, no cabe más que comportarse con sentido común e ir preparándose para el día después, en el que nadie te pueda echar en cara lo que despiadadamente cuenta el gran intérprete y poeta estadounidense.


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