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La luz

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Últimamente no se nos cae de la boca la luz, la subida de la luz, el encarecimiento de la luz; llevamos la luz prendida entre los dientes a regañadientes.

Últimamente no se nos cae de la boca la luz, la subida de la luz, el encarecimiento de la luz; llevamos la luz prendida entre los dientes a regañadientes. Maniatados por la crisis, parece como si sostuviéramos con los maxilares una de esas linternitas que usan los médicos, y escrutásemos los negrores del futuro con una luz vacilante convertida también en dolencia. Pero ¿cuándo enfermó la luz?

La luz, de siempre, ha sido dádiva. Ha bajado de lo alto y, figuradamente, ha surgido desde dentro, como claridad y como conciencia. Por esa doble condición, lo luminoso se ha transformado a menudo en numinoso: «(El alma vuelve al cuerpo, / Se dirige a los ojos / Y choca.) ¡Luz! Me invade / Todo mi ser. ¡Asombro!», escribe Jorge Guillén. Enemiga del caos, ordenadora de formas, fijadora de contornos, la luz se ha derramado desde el origen del mundo como un aliento benéfico que lo ha provisto de color, de calor y hasta de sentido. ¿Cuándo enfermó, pues?

La luz comenzó a desmejorar cuando se hizo doméstica, es decir, casera. Cuando se quiso que la luz natural, que de suyo no podía penetrar más allá de unos palmos de la entrada, lamiese los rincones más profundos de la cueva, e iluminase y calentase a sus ateridos moradores. Entonces, como apéndice o como suplemento de lo que el cielo no podía suministrar, se empleó el fuego, dádiva también, aunque más arcana y con secreto de por medio. En esta luz de interiores, compartimentada, multiplicada, se halla el germen remoto del achaque de la luz.

La luz, andando el tiempo desde esa época lejana, será mucho más que la luz sencilla y diáfana: será la energía eléctrica. Y hoy, relegado el uso del fuego incluso en el caso de los afortunados que tienen hogar -no en sentido amplio, sino restrictivo: lugar donde se enciende la lumbre-, tenemos la cueva infestada de interruptores y de enchufes, con sus correspondientes regletas y ladrones. Ahora la luz son los halógenos, las lámparas, los flexos, pero también algo tan poco luminoso como el secador, el microondas, el frigorífico (aunque los dos tengan bombilla dentro) o el cargador del móvil. Y, sin embargo, seguimos refiriéndonos al recibo de la luz.

El recibo de la luz es poco de recibo si lo comparamos con aquella luz de la que hablábamos al principio, la luz cósmica, primigenia, la luz que desciende de unas alturas dadivosas, o la luz interior, metafórica, del entendimiento. Esta que nos sirven en casa, ni muchas veces es propiamente luz, sino corriente, ni es graciable, ni hay nada menos estimulante para la efusión del verso que el desglose de la factura en potencia contratada, consumo eléctrico, coste por el alquiler del equipo, IVA y demás. ¿Por qué seguimos llamando, entonces, luz a lo que apenas es luz? Si nos referimos todavía a la luz, a la subida de la luz, al encarecimiento de la luz, será por simplificar, pero quizá haya también un poso de melancolía por el tiempo en que la luz era, en todos sus aspectos, saludable, y nadie la llevaba prendida entre los dientes a regañadientes.

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