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Tribuna libre

El matrimonio gay no es culpa del Constitucional, es culpa de todos

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Un amigo mío, profesor de Derecho matrimonial, me dijo una vez que el matrimonio había dado su primer paso hacia el desastre cuando se eliminó el impedimento de impotencia.

Un amigo mío, profesor de Derecho matrimonial, me dijo una vez que el matrimonio había dado su primer paso hacia el desastre cuando se eliminó el impedimento de impotencia. Con este impedimento, el sujeto incapaz de realizar el acto sexual no podía casarse. El significado profundo de dicha eliminación fue enorme, ya que era la primera vez que la voluntad del individuo se hacía primar sobre el bien de la institución y, por ende, de la sociedad que la institución protegía. "Si quieren casarse, que se casen, ¿qué importa que no puedan hacer el amor?" El matrimonio pasaba de ser algo de todos, para ser algo sólo de dos o, si me apuran, sólo de uno, porque luego vendría la reforma del divorcio y, no menos importante, la legalización de los anticonceptivos y abortivos.

En cuanto a esto último, se puede ver claramente cómo, sin ser una reforma del matrimonio propiamente dicha, sí fue una consecuencia del cambio de mentalidad en cuanto al matrimonio. Éste ya no se veía como un mecanismo para proteger la sociedad, trayendo al mundo y educando nuevos ciudadanos. La virtualidad procreativa del matrimonio pasaba a ser algo completamente sujeto a la elección de los progenitores. El hecho de que una sociedad necesite sangre joven para perpetuarse fue apartado a favor de la autonomía de la voluntad: yo tengo hijos si me da la gana, faltaría más. El alarmante descenso de la población en algunos países, que pone en peligro el necesario relevo generacional (¿quién va a pagar nuestras pensiones cuando seamos viejos?) ha hecho que ciertos Gobiernos y partidos políticos organicen verdaderas campañas animando a tener hijos, pero aquí no. Aquí, un anuncio publicitario promoviendo la natalidad sería visto como una intromisión en nuestra individualidad, olvidando que donde hay sexo no hay individualidad, hay dos, tres y más personas involucradas: los que practican el sexo, el ser humano que estos crean y todos las demás que se benefician de que un nuevo compañero esté en nuestro mundo.

La llegada del divorcio y, luego, del divorcio express, reforzó esta concepción individualista del matrimonio. En primer lugar, el matrimonio de una pareja dejó de ser algo que nos interesaba a todos y pasó a ser algo que interesaba sólo a la pareja. El matrimonio ya no era el núcleo de la familia y, ésta, el núcleo de la sociedad. El matrimonio era una opción más de vivir la vida y nadie se debía meter en la vida de los demás. Con el divorcio express, el matrimonio ya no era siquiera cosa de dos, sino de uno, pues cualquiera de los dos miembros de la pareja, por cualquier causa y a toda pastilla, podía romper el vínculo. El individuo, en su soledad, se había hecho soberano. Varias reformas más afectaron a la institución de la que hablamos, pero la que ha dado la puntilla es la posibilidad de contraer matrimonio con independencia del sexo de los contrayentes. Los homosexuales siempre han tenido derecho a casarse, incluso con otros homosexuales. Sólo se pedía que el sexo de ambos fuera diferente, pues ése era el único medio de concebir hijos y los hijos eran la razón fundamental por la que el Derecho regulaba el matrimonio, ya que si los efectos de éste se quedaran únicamente en el individuo o incluso en la pareja, las razones para hacer entrar al Estado en esa relación eran mínimas. La constitucionalidad del matrimonio gay viene a decir que el matrimonio está vacío de cualquier significado ético, como no sea el de que los dos miembros de la pareja se han de ayudar mutuamente, pero eso es lo que ocurre también en una relación de amistad y los gobernantes estarían locos si quisieran regular la amistad.

El matrimonio estaría vacío, repito, y quien tendría que darle contenido, quien tendría que darle el significado que no tiene, son los individuos, nunca la sociedad. Tras esto, apenas quedan argumentos para oponerse a nuevas reformas como la poligamia: matrimonios de tres, de cuatro, de más personas. El argumento de que la poligamia subyuga a la mujer no es válido porque la reforma que la traería permitiría, lógicamente, tanto la unión de uno con muchas como la unión de una con muchos y así la necesaria virtud de la igualdad estaría asegurada. Por todo ello, el matrimonio gay no es un paso de gigante. Es un paso más en un largo camino, que hemos recorrido todos, para deshacer el matrimonio. El único consuelo que queda es ver cómo ha arraigado la expresión "matrimonio gay", que indica cómo todos vemos que ese tipo de unión no es un matrimonio clásico, es gay.

Nicolás Zambrana Tévar es profesor de Derecho Internacional Privado de la Universidad de Navarra.

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