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Nada es lo que era

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En Cataluña ha comenzado el ataque directo a la Fiesta mientras en el resto de España algunos taurinos la dejan morir de aburrimiento.

Corría el año 1997 cuando el gobierno de José María Aznar compró los derechos de la Marcha Real para el Estado. Como en España el Himno Nacional no lo oyen -y eso entre tapas- más que los aficionados al deporte, casi nadie se dio cuenta de la ralentización de la música. Pero desde entonces sufrimos, en lugar de la marcha militar que nos legó Carlos III, la fúnebre tonadilla que tan bien representa esta triste democracia. No es por ello tontería la propuesta tan repetida por Fernando Sánchez Dragó de que el himno español deba ser, precisamente, el pasodoble “Suspiros de España”.

Existen heroínas de novela con himnos de Haendel y Beethoven y hasta patrias gloriosas con tendencia a la piratería que no tuvieron reparos en tomar músicas de compositores extranjeros para convertirlas en su santo y seña. Pero eso fue hace tiempo, y hoy la diosa Europa reniega de Marianne –tan bella y campesina, tan eternamente joven- y ridiculiza benditas músicas corales cuyo origen los infantes de Occidente nunca conocerán. En lo que respecta a los suelos patrios, siempre es menos vergonzoso, por discreto, oír a Boccherini en pretendido himno madrileño que algo parecido a la banda sonora de una película balcánica, como hacen a veces en La Rioja mientras se airea el vino.

No es casual la cita, como tampoco lo son el placer y la tranquilidad que da poder seguir bebiendo de López Heredia, Muga o La Rioja Alta. La región se ha extendido mucho –casi tanto como los nuevos bebedores, muy asidos ellos al talle de su copa— pero sigue quedando un paladar clásico que, como los franceses con sus quesos, no permitirá la ruina de esos pocos venerables empeñados en seguir ofreciendo lo que se bebía hace veinte años.

A Francia, entre otros lugares, tendrán que ir muchos catalanes para ver una corrida de toros. Además de la batalla artística y moral, se perderá una de las plazas de toros más bellas de España y un aliciente máximo para volver a esa diversión gozosa que sigue siendo Barcelona.

En Cataluña ha comenzado el ataque directo a la Fiesta mientras en el resto de España algunos taurinos la dejan morir de aburrimiento. Miuras afeitados, premios por volteretas en plazas de primera, carteles vulgares por doquier. Volvemos a la anarquía taurina que tanto amaba el arte decimonónico pero adulterándola con animales tontos, destoreo de arrimón y orejas regaladas como aplausos de concierto. Algunos críticos de notable experiencia llegan a confundir, no sé si adrede, la casta buena de un toro manso con la bravura que no necesita adjetivo para ser auténtica. ¡Cuántos animales abantos de salida, huidizos en el caballo y sueltos tras cada muletazo han tenido el poder suficiente para crecerse en la muleta y la clase para embestir y han sido calificados, sin pudor ni rubor, como bravos! La falta de rigor a menudo logra acabar con la pureza, pero me consuelo convencido de que aún hay ganaderos que, como viticultores o maestros del queso, luchan por extraer lo mejor de la naturaleza.

Los nombres propios, sin embargo, yacen como un Marat en pos de la modernidad. El ABC ya no es mi periódico, y no por lo que en él se lee. Reconozco que en un principio no me dí cuenta del cambio de portada, pero el aparente cambio de tamaño me avisó. Cada vez parece más grande; terminarán quitando las grapas. Hojeándolo, creí por tres veces estar leyendo un ejemplar de 'Público' que tiraba más bien a la derecha. El periódico que, como cada mañana, encontré el viernes en el felpudo seguía diciendo lo mismo, pero ya no se parecía en nada al ABC. Se me quitaron, en un desayuno, las ganas de leerlo. Por lo demás, se acabarán sustituyendo –yo lo veré- las sevillanas por el house en la Feria de Abril y los gastos y gustos modernos podrán con los sastres y las corbatas. Invito a los lectores a que añadan en los comentarios otras cosas que a su juicio ya no son lo que eran o predicciones mortuorias de amores que se extinguirán.

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