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Yo, yo mismo y Feuerbach

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Ludwig Feuerbach, padre del humanismo ateo contemporáneo, sentenció que no hay más Dios que el que engendra la mente del hombre.

Cartel de 'Yo, Feuerbach'. Cartel de 'Yo, Feuerbach'.

Un artículo de...

Marian Viñas
Marian Viñas

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Que es la criatura la que dibuja al Ser supremo y no al contrario, y que por esta misma razón lo viste de una especie de “yo mismo” enajenado que puede todo lo que él no.

Feuerbach habló de todo esto mucho antes que Nietzsche o Freud aunque lo cierto es que ellos dos nos suenan bastante más. Sin embargo, hoy se me ocurren pocas teorías filosóficas con más reclutas entusiastas en mi timeline.

Desde el instante en que el hombre decide proyectarse al infinito para erigirse en su propio dios, el delirio se instala. No queda sitio para nada más. Solo para la sed, siempre insaciable, de uno mismo.

Todavía tienen alguna oportunidad de disfrutar en el madrileño Teatro de la Abadía de la representación de Yo, Feuerbach del dramaturgo alemán Tankred Dorst, dirigida por Antonio Simón y protagonizada por el cada día más inmenso Pedro Casablanc.

No es, sin embargo -también les aviso- obra de fácil digestión por cuanto tiene de retrato descarnado de nuestro tiempo, de detector quirúrgico de sus miserias y vaciedades -también las de cada uno- para hurgarlas luego sin compasión durante hora y media.

Nuestro protagonista, una vieja gloria de la interpretación venida a menos, acude puntual a su cita para una audición en la esperanza de encauzar, quizá por última vez, su carrera. Nada más llegar se le apagan las luces. ¿Hay alguien ahí?. Sin respuesta.

Luego la luz regresa y tiene ante sí a un joven que afirma ser el ayudante del director. Su audición va con retraso.

Así arranca un viaje poliédrico al que se puede acceder por infinidad de puertas. Dorst plantea un primer nivel de conflicto: el de la dura vida del actor, siempre sometida al viento de los gustos o a la inconstante querencia de un director, en el mejor de los casos. Es, por extensión, el drama del artista que no puede dar salida a su torrente creativo; y más allá, la asfixia terrible de quien no encuentra un trabajo para mirarse al espejo y ver a un hombre.

Luego está la interesante relación que se entabla entre el actor y el ayudante. El viejo mata la espera relatando su pasado glorioso al joven, insistiéndole en que debe sonarle su nombre después de tantas interpretaciones formidables. Petulancia del mayor y altivez del chico que admite sin sonrojo no haber oído jamás hablar de Feuerbach (¡ni de Shakespeare!) y no tener el menor interés en enmendar la laguna. Más bien al contrario, le divierte ignorarlo.

De algún modo es el exacto conflicto intergeneracional que empapa hoy cada resquicio de nuestro tiempo sea éste social, político o institucional; y que cala hasta las paredes mismas de las relaciones personales y afectivas. Es el choque definitivo con la posmodernidad. El ocaso de lo plúmbeo y la emergencia de lo líquido y lo fragmentario.

El esfuerzo, la humildad, la dedicación diaria, la responsabilidad, el espíritu de superación: son valores proscritos y reemplazados ya por el dictado de la inmediatez, lo epidérmico, la fatuidad y el adanismo.

Ahora el maestro tiene que jugar en clase como el político montar en globo, el periodista dar bien en cámara o el actor “terminar cada verso de Goethe con una pirueta”.

Quien ama también debe saber que es un intenso.

El texto, al menos la adaptación de Jordi Casanovas -todavía no sé leer en alemán- desprende, después de todo, cierta voluntad conciliadora entre ambos mundos.

El protagonista convierte la sala de espera en un improvisado escenario donde despliega ante la mirada -descreída, primero; extasiada, después- del ayudante el arrollador catálogo de histrionismo del que es capaz y al que ha dedicado toda su vida. Una bandada de pájaros cruza la estancia en una escena mágica con la potencia abrumadora del crescendo de Ravel.

De pronto, el viejo actor trasnochado es una montaña formidable y el insolente auxiliar, un pobre chico con un trabajo precario. Se abrazan.

Es quizá la moraleja más redonda y contundente de la obra. Feuerbach (que no se llama así por casualidad) reclama sin descanso una audición que, asegura, se le debe y que se demora sin remedio. Mientras espera, surge lo auténtico. Es feliz. Pero lo olvida tan pronto se le brinda la ocasión de regresar al examen complaciente de su propio ego.

“¿Por qué no hizo lo de los pájaros?” -pregunta el ayudante.


No responde. Tampoco el director en la sombra. El dios de Feuerbach.


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