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Tribuna libre

La mofa

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No siempre lo grotesco merece ser objeto de mofa. Esta tiene sus reglas tácitas y sutiles. Cuando se incumplen, la presunta gracia acaba despeñándose por los cantiles de la crueldad.

No siempre lo grotesco merece ser objeto de mofa. Esta tiene sus reglas tácitas y sutiles. Cuando se incumplen, la presunta gracia acaba despeñándose por los cantiles de la crueldad. Es lo que está ocurriendo con la estela de comentarios y montajes provocados por la restauración del ecce homo de Borja que emprendió Cecilia Giménez. El resultado de su tarea se califica por sí solo, hasta el punto de que incluso puede estar justificada su difusión en medios internacionales, como ha ocurrido. No había por qué hacer más sangre una vez conocidas las circunstancias. Pero cómo las redes sociales de arrastre iban a dejar escapar una captura tan sabrosa. Los ocurrentes de oficio se han aplicado con delectación a sus jaimitadas, o sea, a sus tuits la leche de inspirados, a sus grupetes en Facebook con enunciados hilarantes, a sus imágenes del Cristo con la cara del personaje más disparatado, de Paquirrín a Chewbacca. Qué deshueve, ¿eh, chicos? Como se le ha ido la olla a la vieja…

Pues a mí no me hace gracia. Y no por falta de sentido del humor, sino porque creo que aquí se está errando completamente el tiro. La mofa tiene sus reglas, decía. No figuran en ningún código. Las dicta el sentido común, o el buen gusto, o la simple compasión, qué sé yo. En el caso de Cecilia Jiménez no observo ningún aspecto risible más allá de la estampa final del Cristo, que sí, que vale. Es una señora de edad, que al haberse dedicado durante muchos años a la pintura ha querido colaborar desinteresadamente en el retoque del mural de una iglesia de su pueblo. Y además lo ha hecho sin ocultarse, a la vista de todos. Para que la burla fuese legítima ─y entonces yo mismo sería el primero en celebrarla con las risotadas más sonoras─, habría debido aparecer en el proceso alguna intención aviesa, alguna incuria imperdonable, o algún tipo de fatuidad.

Sería para partirse de risa, aunque no como contribuyente, claro, que la administración se hubiera gastado una millonada en contratar a un restaurador de prestigio, y que el resultado fuera el consabido. Si se debiese a una corruptela ─el coste presupuestado se repartió entre varios políticos, y se endosó la faena a la suegra, corsetera jubilada, de uno de ellos─, o si respondiese a la idiosincrasia inauguradora de este país nuestro ─había que terminar cuanto antes la pintura, daba igual cómo, para que estuviese lista el día del patrón, o dos semanas antes de las elecciones municipales─, o si estuviese motivada por el esnobismo ─se encagó a un artista actual una reinterpretación semifigurativa y elíptica de las facciones del Mesías─, la cosa tendría miga para untar en el más espeso de los escarnios. Me parecería fenomenal toda la donosa mala baba que se está escanciando en los medios y en las redes sociales. Como no es el caso ni de lejos, creo que tanta mofa gratuita está de más, y que retrata moralmente a quien la ejerce.

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