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En la muerte de Tadeusz Mazowiecki, un luchador por la libertad

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La providencia tiene cosas sorprendentes: llamó a su presencia a un creyente polaco, Tadeusz Mazowiecki, justamente el 28 de octubre.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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La providencia tiene cosas sorprendentes: llamó a su presencia a un creyente polaco, Tadeusz Mazowiecki, justamente el 28 de octubre, en que la Iglesia celebra la fiesta de los apóstoles Simón y Judas Tadeo. Moría una figura estelar del siglo XX europeo. No puedo dejar de recordarlo aquí, saliendo del tono habitual de mis columnas, pues pasará a la historia junto con otros grandes cristianos que forjaron la reciente historia de Europa, como De Gasperi, Schuman o Adenauer.

Se ha destacado estos días que Mazowiecki fue el primer jefe de gobierno no comunista en un país del bloque soviético, símbolo de la transformación democrática de Polonia: abrió el camino a las revoluciones pacíficas de 1989, sinterizadas en la caída del Muro de Berlín. Luchó también incansablemente por la integración de Polonia en una Europa unida, una de las causas más apasionantes del siglo XX. En ese contexto, resultó crucial su papel en la reconciliación entre Polonia y Alemania después de 1989.

Ante todo, demostró una particular coherencia personal, como intelectual católico siempre al lado de los trabajadores, gran valedor del sindicato Solidaridad y amigo del Papa Juan Pablo II. Su nombre comenzó a conocerse fuera de Polonia en agosto de 1980, durante la huelga en los astilleros Lenin de Gdansk. Trabajaba como periodista, director del mensual católico Wiez.

Los trabajadores estaban unidos y decididos, pero eran débiles frente a la poderosa maquinaria del Partido Comunista. Para superar las dificultades, fue decisiva la alianza de intelectuales y obreros en torno al sindicato: se comprometieron varias decenas de asesores de nivel, expertos en historia, derecho, economía, ciencia política. Fue la gran misión realizada por Tadeusz Mazowiecki y su gran amigo, el profesor universitario Bronislaw Geremek, fallecido hace cinco años.

Tadeusz acabaría presidiendo ese comité de expertos que apoyaría a Lech Walesa en sus difíciles negociaciones con el poder. Había sido miembro del Znack, movimiento católico capaz de enviar a algunos representantes al Parlamento polaco desde finales de los años cincuenta. Su compromiso cultural y social le llevó a intervenir a fondo en el sindicato libre, hasta convertirse en editor del semanario Solidarnosc.

Tadeusz Mazowiecki era un hombre tranquilo y modesto, un intelectual de fuertes convicciones, que expresaba de modo sereno y dialogante. Arrestado y encarcelado en 1981, cuando Jaruzelski proclamó la ley marcial, no perdió la esperanza en el futuro de Solidarnosc. Tras las elecciones de 1989, llegó a primer ministro, y causó el asombro general al dirigirse a un parlamento dominado todavía por los comunistas, invocando sincera y sentidamente "la ayuda de Dios". En poco tiempo, promovió reformas audaces que encaminaron a Polonia hacia la democracia, el Estado de derecho y la economía de mercado. Mazowiecki representaba una tendencia humanista y liberal, frente a planteamientos más radicales y nacionalistas protagonizados en su momento por los hermanos Kaczynski. Pero pronto surgieron las divisiones dentro del sindicato. Sería batido por Lech Walesa en la carrera hacia la presidencia de la República.

Después, en 1992, asumió el gran reto de ser Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en Yugoslavia. Ante las masacres de los Balcanes, denunció la "falta de valentía" de las grandes potencias ante la "trágica odisea" de los musulmanes de Srebrenica, y se negó a "participar en un proceso ficticio de defensa de los derechos humanos”. Dimitió en 1995, después de abrir caminos para la solución del conflicto.

Fue un hombre de principios hasta el final de su vida. Hoy se le rinde homenaje por parte de todos, como cristiano coherente, y como intelectual y político capaz de contribuir a la normalización democrática de Polonia, sin pretender nada para sí mismo. Ha muerto rodeado del respeto general, del reconocimiento de su gran autoridad moral en un país renacido de sus cenizas, gracias en gran medida a la inspiración cristiana de fondo de la gran aventura social y política de Solidarnosc.

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