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En la muerte de Víctor Barrio

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Muchos de los suicidas de la velocidad, del alcohol, de las drogas o del ‘balconing’, ponen el grito en el cielo por la muerte de un torero en la plaza de Teruel.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Por mucho que se empeñen los antitaurinos y los que cubren sus desnudeces con sangre de guardarropía, el toreo es un arte y el torero el artista que lo crea, poniendo su vida en riesgo. Un riesgo consciente, calculado y medido en el que se pone a contribución toda una técnica, una geometría de los espacios y las distancias, el cálculo de los tiempos y hasta el conocimiento de las reacciones imprevisibles de un animal que, por su propia naturaleza, embiste, se defiende y al que se le dan todas las opciones en una pelea noble.

Pero el riesgo existe, el riesgo es la verdad del toreo y es parte de su grandeza.

El pasado sábado día 9 un toro corneaba mortalmente a Víctor Barrio. 29 años y no demasiados años de alternativa. Un torero de los llamados del montón, con pocas corridas a sus espaldas y no demasiados años como matador de toros, pero un hombre en toda la extensión de la palabra que salió a la plaza turolense a crear arte arriesgando su vida.

Ante la hombría y la honradez profesional de Victor Barrio puede haber muchas reacciones. Muchos de los suicidas de la velocidad, del alcohol, de las drogas o del ‘balconing’, pondrán el grito en el cielo por la muerte de un torero.

Los buenos aficionados, los que entienden de toros y, por supuesto, los profesionales, pasan por momentos amargos y recuerdan a toreros poderosos, grandes figuras que, en plenitud de dominio, de arte y de técnica, ‘sabiéndoselas todas’, también perdieron la vida. Y surgen en tertulias y comentarios, los nombres, entre otros, de Joselito, Manolete o El Yiyo.

Y está habiendo otras reacciones. Son las de los energúmenos que hablan y escriben de ‘que le está bien empleado’ y que así deberían acabar todos los que se dedican a maltratar animales indefensos. Ni una sola línea de repulsa ni un solo razonamiento –hay muchos- para rebatir sus argumentos merecen los tales. Sus palabras y lo que escriben los retratan a la perfección.

En estas ocasiones, más que nunca, por sus obras los conoceréis.

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