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De muerte

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La muerte puede llegar en cualquier momento y no siempre es culpa del muerto. Es cierto que algunos muertos se lo buscan, como los que se divierten en Mallorca cada verano emborrachándose.

Lo que es inadmisible es morirse sin avisar. Desde que los periódicos han reducido su espacio dedicado a la muerte, las almas vuelan de este mundo sin decir esta boca es mía, y así es imposible organizarse. Cada vez menos obituarios y menos esquelas. Cada vez menos oraciones por su alma. Cada menos sus tíos, padrinos y hermanos agradecen a Dios que se lo haya llevado pronto; sus acreedores, no tanto. Cada vez menos homenajes póstumos y odas de exaltación al finado.

La muerte puede llegar en cualquier momento y no siempre es culpa del muerto. Es cierto que algunos muertos se lo buscan, como los que se divierten en Mallorca cada verano emborrachándose y lanzándose a la piscina desde el balcón de la habitación más alta del hotel, que es como intentar encestar un cacahuete en la boca de un periquito a cincuenta metros de distancia, con los ojos vendados, y sin abrir la bolsa de cacahuetes.

Para un cristiano el trámite a la otra vida es más llevadero. Quizá por eso se marcha sin hacer mucho ruido, porque sabe que lo que deja atrás se desplomará tras sus pasos tarde o temprano. Es misión de los demás recuperar su memoria, o reivindicar su obra. A menudo, quienes no han descubierto la fe, organizan grandes fiestas de despedida antes de morirse, como si fuera posible pasar de la vida a la nada, por la gracia de la cerrazón humana ante el resplandor inquietante del misterioso sentido de la vida.

Como sea, con fe o sin ella, la gente últimamente se muere demasiado, y demasiado rápido, y los periódicos no alcanzan a despedirlos como debieran. A eso se le suma que el lector medio está embobado por la entelequia hedonista, ha decidido que la muerte no existe, y salta cualquier página que le recuerde que en polvo se convertirá. Así no hay forma de enterarse de quién vive y quién no y, como pasa con esos amigos que dejan a sus novias sin avisar a nadie, cambian de teléfono, y no convocan una juerga para anunciarlo, uno se dispone a llamarlos para tomar un café y salta el contestador automático en el mejor de los casos. Ciertamente, no es agradable.

Algo de esto ha debido de pensar la organización de los juegos Olímpicos Londres 2012, que buscaba un golpe de efecto para la clausura de su espectáculo deportivo. Y apuntaron bien alto, tratando de contratar a Keith Moon, sublime batería del grupo británico The Who. Para lograrlo se pusieron en contacto con Bill Curbishley, manager del emblemático grupo. Bill recibió la oferta y respondió de inmediato por correo electrónico, muy amablemente: “Keith reside ahora en el crematorio de Golders Green”. En principio eso no resultaba un inconveniente para la organización. Supongo que podrían enviarle un chófer a la puerta del Golders Green. El verdadero problema es que Keith Moon murió en septiembre de 1978. En 34 años alguien podría habérselo contado a los chicos de la organización de Londres 2012.

Desconozco cómo han terminado las negociaciones. Quizá al final hayan logrado convencer al manager de Keith Moon y la actuación del difunto batería de The Who asombre al mundo en la clausura de Londres 2012, demostrando así que tenían alguna razón de peso para birlarnos la sede olímpica a los españoles.

Lo he estado meditando toda la noche y, para que realmente la clausura sea un espectáculo de muerte, creo que la organización de las próximas Olimpiadas debería combinar el concierto de Keith Moon con una actuación de Elvis Presley, tal vez en un dueto con Michael Jackson, y el show de los Blues Brothers originales. Prometo que si John Belushi actúa en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, me traslado a vivir a Inglaterra para siempre, me hago del Manchester United, y me nacionalizo británico, aunque en adelante tenga que firmar mis columnas en el idioma universal del Pato Donald, especializándome, por supuesto, en la ciencia siempre inexacta de los obituarios.

Mientras tanto, alguien debería explicarles que es mentira. Lo de que los viejos rockeros nunca mueren.

Itxu Díaz es periodista y escritor. Desde el 21 de marzo está a la venta su libro «Yo maté a un gurú de Internet». Sígalo en Twitter en @itxudiaz

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