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Un mundo sin bobinas

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Nunca existió un antónimo convincente para el verbo ‘rebobinar’, que es tanto como retroceder en el tiempo. Visto con perspectiva, maliciamos que por algo sería.

En su ensayo Soñando América, el norteamericano Russell Banks no llama capítulos a los capítulos, sino bobinas. Ello parece deberse a una influencia cinematográfica por partida doble: en principio, las reflexiones sobre el ser de su país no iban a verterse en libro, sino en un documental para el canal francés Arte, y se tendría en cuenta además, según el propio autor, el enfoque de los mitos nacionales instituidos por películas que van de El nacimiento de una nación a Black Hawk derribado.

Pero ahora no nos desviemos con lo importante. Vayamos a lo accesorio. Bobinas. Inopinadamente, uno se encuentra con un término desplazado para nombrar una unidad discreta que corresponde a otro lenguaje, y ese leve desconcierto le alumbra una inmediata intuición: nos encaminamos hacia un mundo sin bobinas. Y esa intuición primera engendra una subsiguiente, de más fuste: un mundo que desecha sus bobinas porque no las necesita no es que esté arrumbando un simple mecanismo, un mero cachivache, es que sencillamente está cambiando de era.

Era digital. Ya nos hemos habituado a ella y asumimos sus implicaciones, pero quizá nos falte el ejercicio de revisar, punto por punto, cómo va afectando al territorio físico y hasta sentimental de nuestros objetos cotidianos. Los soportes de la comunicación en un mundo sin bobinas son más limpios, más raudos, más eficientes, más integrados entre sí para multiplicar la difusión de los mensajes. No obstante, esta insulsa pulcritud también nos va privando de materialidades que, por serlo, por su precariedad, dejaban más espacio al rasgo humano.

 Mediante bobinas funcionaban las casetes, y con ellas aprendimos una modalidad de la paciencia cuando era preciso devolver la cinta a su cajetín, introduciendo un lápiz en una de sus ruedecillas dentadas, y girarlo y girarlo hasta que los prolijos intestinos magnéticos regresaban a su vientre de plástico. El CD y los mp3 más tarde acabaron con ellas. Mediante bobinas avanzaban también las cintas de vídeo. El DVD las hizo periclitar, y si alguien rueda una película a la altura de 2008 con el título Be kind, rewind, ambientada en un videoclub –como hizo Michel Gondry–, solo puede ser un ejercicio de nostalgia.

Por seguir con el celuloide, los carretes de fotos avanzaban entre dos bobinas, y también la película en las cámaras de cine. Hoy la tecnología digital ha terminado casi con los primeros, y va teniendo importancia cada vez mayor en la producción fílmica. Tras rodar Inland Empire en este formato, Lynch comparó los 35mm con un dinosaurio en un pozo de alquitrán. Y en cuanto a los proyectores, entre bobinas evolucionan las bobinas con el metraje, pero las salas van desapareciendo porque el espectador lo es de forma creciente en el salón de su casa.      

Las palabras dejaron de salir de las dos bobinas entre las cuales discurría la cinta entintada de las máquinas de escribir, con el folio mecido en esa especie de bobina morosa al ritmo de la línea que era el rodillo ensamblado en el carro. Los procesadores de textos acabaron con su vigencia. Incluso el concepto de impresión está en entredicho, claramente en el caso de la prensa escrita, que sale de las rotativas –y por tanto de las bobinas enloquecidas –, y que está en cuarto menguante desde que ha surgido el periodismo inmediato de la Red.

El mundo definitivamente sin bobinas será menos artesanal, menos menesteroso, menos falible. Estamos en transición, en un periodo de simultaneidad entre pasado y futuro como lo fue hace un siglo la convivencia de espuela y acelerador, pero la tendencia ya es bien clara. Nunca existió un antónimo convincente para el verbo ‘rebobinar’, que es tanto como retroceder en el tiempo. Visto con perspectiva, maliciamos que por algo sería. 

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